La cultura de la “Navarra recortada” en los años sesenta sdel siglo XX

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Esta información-reflexión, necesariamente breve por exigencia del encargo recibido, sobre la cultura en la Navarra de los años sesenta, descansa sobre tres parámetros: la Navarra en realidad derrotada al revés de lo que sostenía la versión oficial, el paroxismo del nacionalismo español rampante y las pésimas condiciones en que nuestra cultura nacional difícilmente resistía.

Todavía es preciso recordar a algunos que la Navarra hoy resultante o “Navarra recortada”, no es más que el resto del territorio que quedó tras las conquistas que padeció el Estado europeo configurado por la Navarra entera, en fechas concretas  de los siglos XII, XVI y XVII a manos de lo que actualmente son los Estados español y francés, perpetrando un profundo nacionicidio que continuamos padeciendo.

Tras el fallido paréntesis, que supuso el leve resurgimiento cultural entre los años 1.864 a 1.922, promovido por los “euskaros” y su acertada idea de Navarra, vista como la nación política por antonomasia del pueblo vasco, vino a continuación la supremacía del nacionalismo de Sabino Arana que erróneamente se consideraba fundacional y único y no contemplaba la preexistencia del verdadero Estado nacional propio de los vascos que es Navarra.

Divergencia interna de consecuencias trágicas, que ha favorecido la configuración en la actualidad de dos escenarios aparentemente opuestos. Mientras en el territorio navarro occidental, que hoy es la Comunidad Autónoma Vasca, se dan como originarias y naturales las divisiones territoriales que en realidad son efecto de las conquistas padecidas por la “Nafarroa osoa”, y se reduce el hecho nacional fundamentalmente a una identidad cultural casi exclusivamente lingüística; en el territorio oriental, hoy la Navarra residual, especialmente en boca del nacionalismo español, se sostiene que Navarra sólo es la actual, cuya personalidad se funda, según ellos, en un falso estereotipo de “reyno medieval hispano”, donde, perpetuando el lingüicidio, pretenden que el euskera no existe o que es marginal. Ambos modelos, mal llamados “vascongado” y “navarrista”, se contraponen, pero partidistamente se complementan, favoreciendo la división nacional e impidiendo la normalización política y cultural del conjunto.

No obstante, el impulso de los “euskaros”, prolongado a través de la Comisión de Monumentos y su Boletín, así como su decidida actividad en la fundación y funcionamiento de Eusko Ikaskuntza y Euskaltzandia, llega hasta la guerra de 1.936-39. A partir de dicho suceso bélico se produce desde los centros de poder controlados por el aparato estatal español, absolutamente beligerante y de ninguna manera neutral, ni entonces ni ahora, un aniquilamiento programado de la cultura nacional euskara y una manipulación historicista, españolista, de la nación política navarra.

Después de exponer estos antecedentes, ciertamente pertinentes para poder entender lo que aconteció concretamente en esta década, vamos  a hacer un recorrido por las gentes, que salvando las dificultades sin cuento que entonces existían, realizaron su labor de auténticos resistentes en defensa de nuestra cultura.

Los supervivientes de nuestro holocausto (1936-1939), que contabilizó el doble de asesinatos que en la dictadura pinochetista de  Chile para una población global varias veces inferior, quedaron muy marcados física y anímicamente, pero a pesar de todo con la entereza suficiente, en aquellos años, como para pasar el testigo. Así Leoncio Urabayen (1.888-1968), Javier Ciga (1885-1959), José Agerre (1.889-1962), José María Iribarren (1.906-1.971), Luis Oroz Zabaleta (1.885-1.962), Juan Santamaría Ansa (1.896-1.973), Angel Irigaray (1.899-1.984), Dámaso de Inza (1886-1986), Jorge de Riezu (1894-1992), etc.

Sin embargo, en esta década de los sesenta, se produjo un acontecimiento que iba a influir de manera importante en el alborear de un difícil renacimiento. La actividad política,  económica y cultural, favorecida e impulsada por dos personalidades desde la Diputación, Miguel Javier Urmeneta y Felix Huarte, que con gran visión de futuro volcaron los esfuerzos y recursos disponibles en la modernización y en el desarrollo económico y cultural de Navarra. Programaron planes de desarrollo a nivel de Navarra que fueron capaces de llevar a cabo, en gran medida, sin pararse ante las dificultades. Ellos, a la cabeza de entusiastas equipos, dieron la vuelta a la tortilla, económicamente hablando, consiguiendo en escasos diez años transformar una sociedad donde predominaba lo  rural en otra plenamente industrial. Al objeto de frenar el despoblamiento del país, como ocurrió en otros territorios de Aragón y Castilla, se creó una red de polígonos industriales esparcidos por Navarra, así como centros de formación profesional y concentraciones escolares.

En lo que respecta propiamente a la cultura desde la Diputación Foral se creó la Sección de Vascuence de Príncipe de Viana y una revista en euskara, apoyo a los concursos de bersolaris, las Cátedras de Euskera y Antropología vasca en la Universidad de Navarra, impartida esta segunda por José Miguel Barandiaran. Martín Larrayoz infundía la historia y la cultura navarra entre sus alumnos del entonces abarrotado Seminario diocesano.

En el campo del Derecho Civil, fue Juan Santamaría Ansa, con el respaldo de Luis Oroz Zabaleta, quien retomando la labor de los que habían trabajado desde la Asociación Euskara y Eusko Ikaskuntza, creó e impulsó la Comisión Compiladora del Derecho Civil de Navarra, donde investigaron un puñado de juristas navarros,  y a los que animó y dirigió en la publicación de diversas monografías sobre las diferentes  instituciones del derecho civil navarro, como trabajo previo que serviría después para redactar y definir los preceptos normativos del anteproyecto de la Compilación. Juristas entre los que destacaron  Francisco Salinas Quijada, José Joaquin Montoro Sagasti, Eugenio Fernández Asiain, José Miguel Arriaga Sagarra y Jesús Luis Iribarren Rodríguez. Después alrededor de la Universidad de Navarra se creó otro grupo al que acabó por unirse parte del anterior. Con estos trabajos y proyectos se redactó la vigente Compilación del Derecho Civil de Navarra, promulgada el año 1973. En el Derecho Público la figura de Luis Oroz Zabaleta  continuaba siendo omnipresente a través de su recopilación de la Legislación Administrativa y Fiscal y su Reglamento para la Administración Municipal.

En el área del euskera el movimiento de ikastolas, retomando el de las ikastolas de la preguerra, Pamplona (1932), Estella (1.932), Elizondo (1935), inició la nueva andadura el año 1963 en Pamplona, aunque la verdadera progresión es de los setenta, dió por resultado San Fermín y Paz de Ziganda, con el empuje, entre otros de Javier Cunchillos, Jorge Cortes Izal, Fernando Acha, Miguel Javier Urmeneta, Carlos Garaikoetxea y otros muchos.

En el bersolarismo resalta el entusiasmo organizador del pamplonés  Pedro Diez de Ulzurrun que a mitades de los sesenta sacó adelante varios concursos anuales. Marcelino Garde  dirigió el suplemento en euskera de la Revista Príncipe de Viana, que se repartía entre las familias vascoparlantes.

En este minirenacimiento surgieron revistas científicas dentro de la Institución Príncipe de Viana de la Diputación, independientes de su Revista por antonomasía, con el impulso de José Mª Satrústegui, José Miguel de Barandiaran, José Cruchaga, Julio Caro Baroja y otros muchos, así “Cuadernos de etnografía y etnología de Navarra” y “Fontes linguae Vasconum studia et documenta”.

José Mª Satrústegui tuvo presencia relevante en Euskaltzaindia, así como Dámaso de Inza, fundador y director de “zeruko argia” Pamplona (1916) y miembro fundador de Euskaltzaindia, junto con otros navarros orientales participaron en la Asamblea de Aranzazu de 1.968  sobre el batua.

La Sociedad de Amigos del País, dirigida por José Luis Garcia Falces, Carlos Clavería, Joaquín Olcoz y José Estornés,  impartía clases de euskera y allí se creó el movimiento juvenil Eusko Basterra y se editó la revista Axular, en la que publiqué mi primer  artículo, en defensa del euskera, con el seudónimo de Gregorio Larralde.

En el campo de la etnografía estaba por un lado Julio Caro Baroja, con un método básicamente descriptivo bibliográfico y documental, y por otro lado José Miguel Barandiaran, que a través de los grupos “etniker”, creados por él, daba la primacia a la labor de campo, para evitar la pérdida irremediable de información básicamente oral sobre la cultura tradicional, a través de la aplicación en las diferentes zonas de la meticulosa encuesta etnográfica confeccionada por el etnógrafo de Ataun. Estos trabajos se publicaban en los ya citados “Cuadernos de etnología y etnografía de Navarra”. Entre los etnógrafos de aquella época que también fueron colaboradores de José Miguel Barandiaran, cabe citar a José Cruchaga, José Mª Satrustegui, Angel  Larrayoz, Tomás López Selles, Luciano Lapuente y José Mª Jimeno Jurio. Tuve el privilegio de compartir el ambiente entusiasta y laborioso en que se desarrollaba las reuniones de etniker. Un día José Mª Satrústegui cuando nos dirigíamos a la reunión le dijo a José Miguel Barandiaran, Tomás Urzainqui puede profundizar en la encuesta desde el Derecho que es un campo poco trabajado. Barandiaran también me animó a ello.

Hacia el año 1.969, recuerdo que estando yo hablando con José Mª Jimeno Jurio dijo éste en voz alta: ¡Vamos a ver que dicen los vascofilos!, refiriéndose a José Miguel Barandiaran y José Mª Satrústegui, que estaban conversando a escasa distancia nuestra en la puerta del Museo de Navarra.

En el campo de la historiografía se dibujan dos tendencias la navarra y la españolista, esta última equivocadamente llamada por algunos navarrista, entre las que en aquellos años se observa el definitivo alejamiento. La escuela iniciada por los miembros de la Asociación Euskara, retomando lo mejor de la tradición historiográfica de José Moret y Arnaldo Oyhenart, desarrollada por Arturo Campión y otros, fue continuada por José Mª Lacarra, Antonio Ubieto Arteta, José Goñi Gaztambide, Pierre Narbaitz, etc. Pero, a la sombra del franquismo, fue tomando cuerpo la impostura del “viejo reyno hispano” filial del discurso historiográfico español de Rafael Menéndez  Pidal, Eduardo Hinojosa, Claudio Sánchez Albornoz, Justo Pérez  Urbel, etc. corifeos de los cuales, tácitos o confesos, desde la recién creada Universidad de Navarra, fueron Angel Martín Duque, y sus discípulos, realizando su reinterpretación de la historia de Navarra, en una labor de readaptación y relectura interesada desde la historiografía nacional española.

La importancia de esta escuela española en Navarra fue aumentando al convertirse con el tiempo en el soporte ideológico del mal llamado navarrismo, que enmascara  la gran impostura de la interesada y falsa versión histórica española de Navarra. Esta escuela contaba con el práctico monopolio de la Universidad y el respaldo del aparato de Poder que la convirtió en la opinión oficial, la auténtica para el mundo mediático, docente y político, relegando a la historiografía navarra crítica y nacional a la marginación de lo periférico y  fuera de lo políticamente correcto. Esto les ha ocurrido a grandes historiadores como Mª Puy Huici Goñi, José Mª Jimeno Jurio, José Goñi Gaztambide y otros. No obstante, últimamente se observa una incipiente reacción crítica, con tesis doctorales que pueden desmontar la tergiversación histórica de dicha escuela.

Tomas URZAINQUI MINA