No basta con Euskal Herria

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          Es muy penoso que, a pesar de todo lo que ha llovido, y de lo que todavía podrá caer, se siga insistiendo en concebir la nación fundamentada, por un lado, tan sólo con importantes elementos culturales ­lingüísticos, étnicos y folklóricos­ y, por otro, con estructuras administrativas foralizadas, pero viciadas desde su origen por la violenta dominación y la voluntad integradora de dos Estados extranjeros. Pues, testarudamente, continuamos en la ya centenaria ceguera de los fracasados esquemas y erróneos planteamientos.

          Mientras no se descubra la profunda, palpable y omnipresente Nación política, repito, no hay nada que hacer. Los Estados, tanto el español como el francés, lo tienen fácil. Seguirán con los orquestados y reiterados, hasta la saciedad, calificativos deslegitimadores y vejatorios, a través de sus poderosos aparatos de poder y mediáticos; como si se tratara no de lo que ciertamente es, un problema entre naciones, sino del conflicto interno causado por el desquiciamiento de un «sano regionalismo» o «particularismo identitario».

          En cambio, si descubrimos y asumimos la condición de que nos hallamos en una sociedad política, que tiene su propia estatalidad hibernada, los problemas que nos atenazan se solucionarán de forma ineludible por la vía en que realmente se plantean la resolución de los conflictos entre una nación dominante y otra nación dominada, o un Estado gran-nacional expansionista y un Estado nación ocupado.

          Seguir, con tozudez, la pretensión de repintar a la comunidad cultural de sociedad política, es un empeño patético y de estética autista, con carencia de resultados positivos, abundancia de trabajos estériles y colección de fracasos. Es continuar con la actitud de la avestruz ante un problema que es de naturaleza jurídico-política. No hay que tener ningún miedo a sumergirse y empaparse en la sociedad política del Estado nacional propio.

          Los puzzles y montajes de rompecabezas, sólo con las competencias institucionales de la Constitución española, no conducen a nada, como ya se ha comprobado repetidamente, son juegos de arquitectura que siempre conservan la situación de dominación. No se sale de la inanidad. A la postre el estatutismo y el autonomismo, caldo de cultivo para los oportunistas, consagran el estatus de minorización, dependencia y marginación.

          La calculada y estereotipada formulación de la supuesta división entre navarros y vascos, nacionalistas y no nacionalistas, vascos y españoles, es un planteamiento interesado, no real, y mucho menos integrador de la sociedad. Estos taimados supuestos lo que de verdad buscan es la desintegración de la sociedad política nacional dominada en beneficio único y exclusivo de las gran-nación dominantes, tanto española como francesa.

          Navarro y vasco son la misma cosa. Hacen referencia a la misma gente, a la misma sociedad, a la misma nación. Separarlos, o diferenciarlos, es tan ignorante e incoherente como distinguir a los alemanes de los germanos, a los franceses de los galos, a los portugueses de los lusitanos, a los húngaros de los magiares o a los suizos de los helvéticos. La ignorancia, fomentada y aleccionada mediante la falsedad y la ocultación hasta el paroxismo por los aparatos de los Estados gran-nacionales dominantes, comenzando por los educativos, es utilizada políticamente para partir, distorsionar y dividir a la sociedad de la nación dominada, debilitándola todo lo posible ante el fracaso de su buscada muerte.

          Hasta ahora no se ha salido del espejismo de la nación cultural, porque se confía únicamente en la cultura étnica, no dándose la importancia que tiene a la cultura política. Sin embargo, la sociedad política que conforma la nación, sí es realmente integradora, plural e intercultural; la única que con naturalidad ejerce la constitucionalización de su sistema jurídico en garantía de los derechos ciudadanos y la verdadera recuperación de su Estado nación soberano, que la protege.

          Todos los partidos políticos que se dicen más o menos soberanistas continúan sin asumir en sus discursos la verdadera cultura política de este país, ya que la confunden con un provincialismo sedicentemente foral que, en la realidad, es precisamente el fruto de la dominación política desde fuera. Hoy, los mitos de los «Estados vascos», de la «voluntaria entrega», del «pacto político» y de «los derechos históricos» evidentemente no son cultura política, sino crueles falsedades y trágicos errores, a descubrir y rechazar, cuyo objetivo en la práctica es la integración en el Estado español.

           La cultura de la sociedad política está articulada en el acervo de la estatalidad de Navarra. Los actuales territorios, llamados históricos ­Araba, Bizkaia, Gipuzkoa, Laburdi y Zuberoa­, son divisiones forzadas de la territorialidad política de la Navarra entera. Dichos territorios, ya desde antes de que se configuraran como tales, eran políticamente navarros. Sólo el proceso nacionalicida, a base de sucesivas conquistas militares, ha quebrado la territorialidad.

          En cualquier caso, la centralidad y la legitimidad histórica de la soberanía nacional se halla en Navarra. Es decir, estos territorios al igual que la Navarra reducida, tenían su propia centralidad navarra, por lo que cuando quedan bajo el dominio de otra centralidad ajena se convierten en periféricos, dependientes y marginales. En la geopolítica histórica europea, la centralidad política pirenaica se halla en el Reino de Pamplona, después llamado de Navarra. Los territorios con títulos condales y señoriales, o se hallan dentro de su centralidad navarra, o, violentamente arrancados de ella, son sometidos a la dependencia de la centralidad de otro Estado extranjero; pero a pesar de ello siempre conservan su derecho inalienable a rehabilitarse en su propia estatalidad navarra.

           El profesor inglés Adrian Hastings, en su reciente libro titulado “La Construcción de las Nacionalidades”, además de dejar sentado que las naciones europeas son anteriores a 1789 ­y en un buen número se constituyen desde la caída del Imperio Romano y a lo largo de la llamada Edad Media­ recuerda cómo en la Europa occidental, desde la Edad Moderna, existen dos naciones adormecidas que pueden despertar. Son Navarra y Escocia. Dos Estados que tienen su imprescriptible derecho a recuperarse y a que se respete su puesto en el tablero de ajedrez europeo. Por lo que, olvidar u obviar el propio Estado de la nación dominada hace imposible la solución del conflicto.