La España Cruzada

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La cruzada contra el moro es en realidad el verdadero origen y objetivo de la  llamada reconquista española, pero que en la práctica hizo posible la hegemonía castellana sobre otros Estados cristianos. Hay que tener en cuenta que  la primera gran cruzada europea a Tierra Santa comenzó en 1095, cuando el papa Urbano II la predicó en Clermont; para entonces ya había transcurrido un tercio de siglo del inicio de la cruzada europea a España, promulgada por el Papa Alejandro II el año 1063, que a su vez se inició trescientos cincuenta años tras la conquista musulmana del 711.

El providencialismo del pensamiento cruzado se vio reforzado en su vertiente étnica y expansionista cuando convergió con la historiografía neogoda, la cual pretendía que la monarquía leonesa era una realeza goda exiliada de Toledo, y así pudieron seguir haciendo la historia feudal y étnica del pueblo visigodo, repitiendo y continuando la ya escrita por San Isidoro de Sevilla.

Esta concepción a la vez mesiánica y étnica será adoptada por Castilla, lo que le proporcionará una supuesta legitimación histórica para invadir y dominar a otros Estados -como Navarra en los años 1200, 1512, 1841 y 1876- que ni eran ni se consideraban sucesores de los godos.

La historiografía castellana del siglo XV fue influida por Alfonso García de Santa María, obispo de Burgos como su padre Salomón Halevi que antes había sido gran rabino de Castilla, pues para él la historiografía era un instrumento para facilitar a Castilla su autoidentificación y confusión premeditada con España y garantizarle la hegemonía peninsular. Por ello insistía en la impostura de la unidad política de Hispania desde la antigüedad y la continuidad ininterrumpida de la monarquía hispana nada menos que desde la prehistoria hasta el presente, elevando la ascendencia de la casa real goda hasta Hércules y, como no, en la misión providencial de los españoles como soldados de Cristo frente a los moros.

En esta misma línea, el obispo castellano Rodrigo Sánchez Arevalo, escribió la «Compendiosa historia hispánica», hacia 1470, donde establece una concepción de la historiografía hispana que debía servir de modelo y programa de acción imperial de España (Castilla), cuyas directrices coinciden con el pensamiento político español puesto en práctica desde finales del XV y durante todo el siglo XVI. Esta concepción providencialista y cruzada de la historia de España vendrá a ser adaptada y reformulada por algunos renacentistas españoles, y servirá a Castilla, por la divina providencia, para lanzarse a una global aventura imperialista, bajo la bandera de la Monarquía católica universal.

La máquina militar del Estado feudal castellano, apoyada en el citado pensamiento político, se fue desarrollando durante siglos contra las demás realidades políticas vecinas y especialmente frente a los musulmanes españoles, desde 1063 a 1492. Una vez concluida la llamada “reconquista”, en realidad Cruzada contra el islam, no podían quedar ociosos y tuvieron que buscar un enemigo de recambio. Lo encontraron en los falsos conversos (judíos y moros), herejes y protestantes, pero también en los indígenas americanos que serían víctimas como una continuación del moro.

La Inquisición se encarga desde el siglo XV hasta el XIX de buscar a los nuevos enemigos de la así España permanentemente cruzada. El año 1498 Torquemada y otros dominicos pidieron a Fernando el Católico e Isabel que  solicitaran al papa poderes inquisitoriales. Rápidamente los católico reyes crean  y dotan de personal a la Primera Inquisición Real para Castilla, eligiendo a los inquisidores los propios monarcas y no el papa, dejando claro desde el primer momento que su objetivo era la fusión de la unidad religiosa, cultural y política. Tras la conquista de Navarra, dicha Inquisición tuvo un destacado papel de represor político. Así  condenó entre 1565 y 1592 a varias decenas de protestantes a las hogueras después de ser detenidos en Pamplona. El origen de la persecución está en la acusación de protestantismo a las personas que pudieran colaborar  con los reyes legítimos de Navarra, Juana de Labrit (1555-1572) y Enrique III (1572-1610).

La cruda realidad, como las derrotas españolas frente a Holanda e Inglaterra, puso de manifiesto la mentira de tal mesianismo, pero, sin embargo, no renunciaron a los falsos conceptos que les habían servido de base ideológica para la expansión imperial: la inventada existencia del «homo hispanicus» con su lengua el español, las «providenciales» fronteras naturales y el predeterminismo histórico, todo ello gracias a aquellos autores inventores del pasado.

Lo más preocupante es que desde finales del siglo XIX hasta hoy en día la historiografía española ha tomado de nuevo decididamente el testigo del carcomido mito de la Hispania visigoda, como  base para la legitimación de una supuesta unidad territorial, social, cultural y política de la península ibérica bajo la hegemonía castellana, excepción claro está de Portugal, Andorra y Gibraltar. A pesar de que, en la realidad, los visigodos no dominaron en Vasconia, ni prácticamente en el Sureste donde estaban los “romanos” de Bizancio ni en el Reino Suevo al Noroeste durante mucho tiempo.

El discurso ideológico contemporáneo en España no ha logrado zafarse del aparentemente sempiterno espíritu de cruzada. Al socaire de una supuesta adecuación historiográfica, espoleada por los vientos del Estado liberal constitucional, echaron mano de lo fundamental de la dogmática de cruzada para rehacer el armazón mental de la gran-nación.

Sin embargo, en la Europa de hoy estos credos hegemonistas difícilmente  van a tener cabida. Qué queda en la península escandinava de la dominación de alguno de sus pueblos sobre los demás, ya sean daneses, suecos, noruegos o finlandeses. Lo mismo ocurre en la península balcánica, en centro europa y ahora está ocurriendo ya en las islas británicas y  en la península ibérica.

El discurso uniforme de la España Cruzada es mucho más versátil y acomodaticio de lo que comúnmente se pueda suponer; la panoplia de enemigos de la España, una y grande, va desde los moros hasta los terroristas, pasando por herejes, judíos, protestantes, ateos, masones, comunistas, republicanos y soberanistas.

La España cruzada se ha construido sobre el montaje necesario para estar dispuesta al ataque contra unos enemigos interiores o exteriores siempre más inventados que reales. Dicha dogmática se sustenta en la firme y ya vieja convicción de ser los únicos posesores de la verdad, ya sea bajo forma católica o agnóstica, por lo que no tienen que buscar la realidad ocultada o negada por ellos mismos. Hoy el nacionalismo de la España Cruzada está también asentado en una sedicente izquierda, que no cuestiona las claves del pensamiento único, la monarquía hispana y su marco constitucional, ahora conformada en esta peculiar variante peninsular del fraudulento Estado liberal y de los decimonónicos jacobinismo y chauvinismo, importados de Francia.