Aproximación al pensamiento político del reinado (1517-1555) de Enrique II (1503-1555)

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Sangüesa tiene el honor de ser la cuna del jefe del Estado navarro que supo organizar, tras la conquista de 1.512, al norte de los Pirineos, las instituciones, (Cortes y Estados Generales, Consejo Real, Cámara de Comptos y Tribunales de Justicia), la economía, la industria y la defensa. Pero ante todo Enrique II es un estadista de su tiempo cuya figura formó parte del pensamiento político de los navarros. Con motivo de su aniversario la Revista Zangotzarra le dedica este número.

Sumario

1.- La unidad territorial indivisible y perpetua del Estado pirenaico fue una manifiesta voluntad de los Estados Generales y de la propia monarquía.

2.- Enrique II y la recuperación de la unidad territorial de Navarra.

3.- El patriotismo navarro se ve reflejado en la persona de su rey Enrique II.

4.- Las libertades son anteriores al rey, formula constitucional promulgada por Enrique II.

5.- Aplicación de la ideología política monarcomaca.

6.- La idea de soberanía.

7.- Sobre la génesis de la soberanía nacional.

8.- La importancia dada a las lenguas nacionales.

9.- Teoría política y literatura

10.- Símbolo del Estado Pirenaico.

11.- Participación navarra en la lucha por las libertades en Europa.

1.- La unidad territorial indivisible y perpetua del Estado pirenaico fue una manifiesta voluntad de los Estados Generales y de la monarquía.

La definición que la Reina de Navarra, Catalina madre de Enrique II, formula sobre la unidad territorial del Estado pirenaico de Navarra con fecha 15 de diciembre de1496, es un paradigma de la soberanía territorial de la realeza navarra. Así, recibida la instrucción de los tres Estados de las Cortes de Navarra, a través del miembro del Consejo Real, Fernando de Egües, la Reina Catalina, que estaba entonces en Pau, entre otros temas se opone a la separación de los condados y bizcondados y otras tierras pirenaicas orientales de la Corona de Navarra que reclama el Señor de Narbona, apoyado por franceses y españoles, y manifiesta expresamente:

«que a ello no se debe dar lugar en ninguna manera, ni nos lo debemos querer, mirado que aquellos están unidos con todo nuestro reino y debajo de nuestra real corona e hecho por siempre indivisibles». Es decir, proclama la unidad territorial indivisible y perpetua del Estado pirenaico bajo la corona de Navarra.

«les direis que ciertamente tenemos tanta voluntad y más, pues tocante a unos más que a otra en la confirmación de nuestra Corona y Casa Real y querriamos menos que ninguno, dar lugar a alienación ni que fuese separado de aquella ningún miembro, ni parte de aquella y es nuestra voluntad y pensamiento siempre en aumentar el estado real y cobrar lo que de aquel está injustamente alienado y no permite en detraer ni dar lugar a la disminución de aquel». (Estos textos provienen de una copia generosamente cedida por Álvaro Adot Lerga y cuyo original encontró en el Archivo de Navarra).

La citada convicción de la madre de Enrique II, aparece asumida y confirmada por el acuerdo de los Estados de Bearne cuando el 1 de diciembre de 1568 celebraron una sesión extraordinaria en Pau, en la gran Sala de su Castillo, que todavía perdura –no como en el Palacio de Pamplona con su rico artesonado que ha sido recientemente destruida-, la causa de la misma era que el rey de Francia quería apoderarse de los condados de Foix, Armañac y Bigorra y Baja Navarra, todos ellos pertenecientes a la Corona de Navarra y gobernados entonces por la hija de Enrique II, reina de Navarra Juana de Labrit; ante ello por unanimidad acuerdan y redactan en gascón que se mantendrán unidos, fieles y leales para la conservación de su País, según el siguiente texto:

«Restat per los dits seignors que totz los, senhs augune differenci de religion, prometen thenir fe et leyautat a la dite dame per lo service de sa Majestat et conservation de son dit pays».

Manifiestan a los dichos señores (Juana de Labrit y Antonio de Borbón) que todos ellos, sin distinción de religión, prometen mantener la fidelidad y lealtad a la dicha señora (Juana de Labrit) por el servicio de su Majestad y conservación de su dicho país.

2.- Enrique II y la recuperación de la unidad territorial de Navarra

Tras las anteriores firmes posturas de los antecesores y sucesores de Enrique II, sobre la defensa de la unidad del Estado pirenaico de Navarra vamos a conocer los esfuerzos que éste realizó para ello.

Aparte de los intentos militares, Enrique II mantuvo conversaciones diplomáticas con Carlos I de España y V de Alemania, con motivo del proyecto de boda de su hija  Juana de Labrit, con el que sería Rey de España, Felipe II, mirando por la devolución de la Navarra ocupada por los españoles. Se habló de los daños causados en fortalezas y murallas de las ciudades, que se habían derribado por los conquistadores. Así como de la devolución de Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y la Rioja, incluida La Riojilla y los montes de Oca, hasta el holmo de Burgos (Atapuerca), recordando que en ciudades y lugares se han borrado como en Logroño recientemente los escudos de Navarra.

Enrique II Rey de Navarra formuló sus pretensiones concretas redactó un proyecto de tratado que fue trasladado a Bombalot. En el se establecía la devolución del reino de Navarra a Enrique II y una indemnización por las rentas del reino devengadas desde la usurpación. Asimismo se imponía al emperador la obligación de garantizar la nueva alianza con bienes en España para el caso de que a los Labrit les despojasen de sus Estados en Francia. Finalmente, se trataba de la evasión de la princesa Juana de Labrit, retenida por Francisco I de Francia.

Poco después de haberse anulado el vínculo matrimonial de Juana de Labrit, el primogénito de Carlos V, Felipe II, casado desde noviembre de 1543 con su prima carnal María de Portugal, quedó viudo de esta princesa, y tal circunstancia favoreció la reanudación de los contactos.

Así, durante el verano de 1545, el enviado navarro Ezcurra, que se hallaba en Madrid, pidió un retrato de la princesa navarra Juana de Labrit para presentarlo al príncipe de España. Dos meses después, el rey de Navarra Enrique II mandaba a Madrid a Miguel de Olite y al obispo de Lescar, Santiago de Foix, como embajadores para ofrecer la mano de Juana de Labrit al heredeo del trono español, Felipe. La proposición fue acogida con simpatía por Carlos I de España; pero la principal dificultad entre otras con que se tropezaba era, la oposición del rey de Francia y la imposibilidad de hacer salir a la princesa de su poder. Carlos V, en su testamento de 18 de enero de 1548, ofrece una prueba más de la atracción que para él tenía este enlace y señala a la princesa Juana de Labrit, «de exterior agradable, virtuosa y perfectamente educada», como posible esposa para su hijo.

La paz de Chateau-Cambresis entre España y Francia vino a poner fin a una guerra de casi cincuenta años. Al casamiento de Felipe II con la joven Isabel de Valois, siguieron otras alianzas hispano-francesas, principalmente dirigidas a mantener en Francia el predominio del Partido católico de los Guisa. Todo ello impidió que las gestiones navarras tuvieran éxito.

3.- El Patriotismo navarro de ve reflejado en la persona de  su rey Enrique II

En el Acta de 19 de mayo de 1521, tras la llegada del ejército libertador los representantes de la ciudad de Pamplona juran fidelidad a su Rey Enrique II de Navarra, tras ser salvados de la cautividad y servidumbre y restaurados en nuestra antigua franqueza y libertad:

«In Dei nomine. Amen. Sepan todos los que las presentes verán cómo, en el año 1521, el día 19 del mes de mayo, fiesta de Pentecostés, en la cual la clemencia y la bondad de Dios operaron tan grandes maravillas, plugo a este mismo Dios que había querido llenar de luces celestiales y elevar a la perfección a sus apóstoles y a sus amigos enviándoles al Espíritu Santo y a sus gracias, enviarnos en semejante día, por medio del rey cristianísimo de Francia, mensajeros de salvación que de la cautividad, de la servidumbre en que nosotros y todo el reino de Navarra habíamos caído, nos ha restaurado en nuestra antigua franqueza y libertad.

Por esto, nosotros, los diputados de la ciudad y del pueblo de Pamplona, reunidos en la casa de “Atarrabia” de Nuestra Señora de Roncesvalles, en la villa de Villava, presente en persona el muy ilustre señor don Andrés de Foix, señor de Asparros, conde de Monfort, hemos querido, provistos de poderes de nuestros conciudadanos, renovar, en su nombre, el juramento de fidelidad.

Y, a dicha hora, puestas las manos sobre el signo de la Cruz y sobre los Santos evangelios, el dicho lugarteniente del rey don Enrique, en nombre de dicho rey, ha jurado en presencia de los diputados y otras personas principales de la dicha villa, en gran número, guardar y mantener nuestros fueros, libertades, privilegios, usos y costumbres, tales como las guardaron el rey don Juan y la reina doña Catalina.

Y hecho esto, nosotros el alcalde … los jurados y otros diputados, arrodillados delante del dicho lugarteniente hemos, en sus manos, puesto las nuestras sobre la Cruz y los Santos evangelios, prometido y jurado ser buenos, leales y fieles súbditos de dicho rey Enrique nuestro soberano señor y guardar y defender su persona real con y contra todas las personas del mundo.

El juramento así prestado, hemos, como señal y primer acto de la dicha obediencia y fidelidad, ofrecido la entrada en la ciudad… «»

4.– Las  libertades son anteriores al rey, fórmula constitucional promulgada por Enrique II

En el Preámbulo del Fuero de Bearne de 1551, promulgado por el rey Enrique II, al igual que en el  proemio del Fuero Reducido de 1528, se percibe el sentido republicano de la elección del soberano, el cual es posterior a las libertades. Principio ideológico francamente monarcómaco. Evidentemente es el logro de todo un proceso que va cogiendo fuerza a lo largo de los siglos anteriores (XII al XV). Consentido por la monarquía navarra, quizás para poder apoyarse decididamente en los estados generales. Dicho planteamiento se constata con gran fuerza en la crisis de la pérdida de la independencia de Navarra.

La soberanía del Rey, y a la vez del Estado y de la nación, es sostenida fundamentalmente por las Universidades, Comunidades vecinales, el Pueblo, o Tercer Estado, en cambio la anexión a Castilla y posteriormente a Francia es más o menos mantenida en la práctica por ciertos sectores traidores de la nobleza feudalizante y luego absolutista.

De ahí que Enrique II de Navarra promulgara el Preámbulo del Fuero de Bearne de 1551, donde hace referencia a un origen electo, por el pueblo, del Soberano, y esto no por azar, o error, sino por consciente decisión política. Está en la línea del Fuero Antiguo de 1234, de la obra legislativa de 1511, del Fuero Reducido de 1511-1528, y del Fuero Moderno de Navarra (Baja Navarra 1511-1645). Después de la unilateral anexión a Francia, hasta la Revolución Francesa, los Estados Generales de Navarra siguieron recibiendo formalmente juramentos reales en garantía de la «Constitución navarra».

Con el nombre de «FORS ET COSTUMAS DEU ROYAUME DE NAVARRA, DECA PORTS», en idioma gascón, o romance vascón que todavía se habla desde las proximidades de Bayona hasta el Valle de Arán y desde este Valle hasta Burdeos –a pesar de que la población de la Baja Navarra era y es prácticamente vascófona- se imprimió en Orthez el texto legal elaborado a lo largo de un extenso período iniciado en el año 1511 en Olite.

La reforma del Fuero General tenía como finalidad poner en funcionamiento los nuevos medios de acción del Estado moderno, para la reforma de las competencias del Consejo Real y la unificación de la legislación, sobre todo en el dominio judicial, mediante la reforma de la estructura administrativa. El ejercicio del poder en Navarra era objeto de un contrato entre el Soberano y las Cortes o Estados Generales, no obstante la tendencia absolutista triunfante en Francia y España era la organización de un poder político centralizado, unificado, bajo el control exclusivo del Rey y de sus funcionarios.

A partir de 1525 con el establecimiento de la Cancillería en Saint Palais, por Enrique II, nacido en Sangüesa, siguiendo la organización del Consejo Real de Pamplona, la situación con respecto a las Cortes es la misma que bajo el reinado de Juan de Labrit, la voluntad de poner en práctica los nuevos medios de administración y de Gobierno.

La existencia de un pensamiento jurídico reformador la podemos encontrar en una pléyade de autores navarros contemporáneos de Enrique II  (Jaso, Masparrauta, Azpilicueta, Carranza, Juan Huarte, Margarita de Navarra, Echepare, Leizarraga, Pedro de Labrit, etc.)

5.- Aplicación de la ideología política monarcomaca.

Para los monarcomacos la vida política del país se regía por un doble contrato: uno entre el príncipe y su pueblo, y otro entre el pueblo y la asamblea encargada de representarle; en los dos casos el respeto de los Fueros era la base del contrato. El resultado de ello era que la legitimidad del Rey o de las Cortes, a los ojos del pueblo, dependía de su respeto de los Fueros.

Según esta teoría, defendida por los monarcomacos, el pueblo detentaba el poder, perno no podía ejercerlo más que por el intermedio de sus delegados agrupados en las asambleas (Estados Generales o Cortes). Las ideas políticas de las monarcomacos se encuentran en el funcionamiento de las instituciones y estados generales de todos los países del Estado pirenaico de Navarra-Bearne-Foix-Labrit (Bigorra, Coserans, Cominges, Domezan, Armagnac, Andorra, etc.) y ejercieron una influencia notable en los Países Bajos e Inglaterra, donde consiguieron triunfar definitivamente.

Contra el absolutismo se dirigieron los monarcomacos, que pusieron a punto las teorías favorables a la división de poderes. Navarra empleó tras las conquistas estas doctrinas en su lucha contra la plena absorción por los Estados absolutistas español y francés.

En el proemio del Fuero Reducido, redactado cuatro años después del armisticio del ejército navarro en Hondarribia y bajo la presión de la ocupación militar del ejército castellano, los condicionados representantes de las Cortes de Navarra tuvieron en 1.528 la entereza suficiente para reflejar por escrito los fundamentos políticos del Estado navarro, con la aparentemente ingenua pretensión de que fuesen confirmados por el Emperador Carlos V lo que evidentemente no consiguieron; pero gracias a dicho intento nos queda un valiosísimo testimonio de la voluntad de los dirigentes navarros  en la zona ocupada tras la reciente conquista de mantener en vigor los principios constitucionales de Navarra, aún en las peores circunstancias posibles. Así, por un lado, dejan bien asentado que el Emperador Carlos V es «rey de España y Navarra, de las dos Sicilias, de Cerdeña… », es decir, que Navarra era otro Reino diferente al de España. Y por otro comienzan aclarando que el Rey es elegido por la gente «porque no hay cosa más agradable ni semejante a Dios, que es el hombre de ánimo perfectamente bueno, como es razón lo sea el ánimo del rey. Y por esto los antiguos constituían por reyes aquellos que hallaban que eran más justos y adornados de mejores costumbres y de mayores virtudes, porque como la gente pobre fuese sojuzgada de los más poderosos, era forzado que hubiere recurso alguno que los librase de injuria. El cual era necesario que fuese más justo, más excelente en virtud que los otros que lo elegían, para que haciendo justicia guardase igualdad entre grandes y pequeños. Cuyo gobierno más propiamente fuese socorro y amparo a los que poco podían, que no imperio ni señorio de los pueblos».

Asímismo en el citado Fuero Reducido recogen una referencia indirecta a la reprobación de la conquista del Estado navarro: «y es de tanta fuerza la justicia y tan necesaria a todo género, que ella sola es llamada reina y señora de todas las virtudes, cuyos ministros fueron constituidos los reyes, a los cuales no se les demanda si allegaron grandes tesoros, ni si conquistaron muchos estados, ni si hicieron otras cosas semejantes, tras las cuales muchos sin consideración alguna corren desapoderadamente».

La introducción de la Reforma redobló la fuerza del «nacionalismo» pirenaico navarro-bearnés. Asimismo la Reina Margarita de Navarra (1527-1549) esposa de Enrique II convirtió a su Estado de Navarra (Foix-Bearne-Labrit) en un país de refugio de los intelectuales y para los perseguidos por las ideas. Una estrecha relación se estableció entre el mantenimiento de la independencia de Navarra y la defensa de la Reforma.

La intervención del Presidente de los Estados Generales de Bearne en 1621, el barón de Gabastón, fue preparada por un jurista bearnés, al parecer Juan Pablo Lescún. En ella se encuentran algunas de las ideas más queridas de los monarcomacos, según las cuales existía «un pacto mutuo entre el rey y los ciudadanos», lo que representaba la negación del absolutismo.

Para mejor señalar esta voluntad de resistencia, los Estados Generales de Bearne imprimieron el siguiente manifiesto, hecho por su síndico P. De Colom: «Y (los hijos de) esta pequeña nación de Bearne, os miran franceses con rostro firme, y manteniéndose en tierra soberana, separada de vuestro reino floreciente, levantada la cabeza, miran firmemente a los ojos, alzan sus cuerpos y salen de los flancos de su madre con esta divisa en su frente, Libertad o Muerte…». Como conclusión del debate, los Estados de Bearne en 1621, acordaron por unanimidad declarar «traidores a la patria» a todos los que aceptaran el edicto de unión a Francia.

6.– La idea de soberanía

En la Europa llamada medieval no existió, ni mucho menos, una homogeneidad jurídico-política entre los diversos países, reinos, naciones y núcleos de poder. De todos modos como demuestra Jacques Heers en su obra «La Edad Media, una impostura», se ha exagerado sobre esta supuesta época, oscureciéndola arbitrariamente para ensalzar el mundo clásico y una supuesta vuelta al modelo. Así mientras en unos territorios se desarrollaba un sistema más o menos sedicentemente feudal, en otros se fortalecían instituciones basadas en el poder compartido y pactado entre las comunidades ciudadanas y vecinales y el príncipe soberano. Sin embargo, esta importante distribución del poder acarreó trascendentales consecuencias en las convencionales épocas, del Renacimiento, Edad Moderna, o Reforma y Contrarreforma, europeas.      En Navarra se mantenía, a pesar del mayor o menor grado de poder del soberano, y aún de la nobleza, en la base política del regnum, a las universidades o comunidades vecinales. Las Juntas y Concejos de valles, municipales y vecinales, y la representación de las Cortes o Estados Generales a nivel territorial. Navarra era un Estado, auténtico edificio construido con paciencia y tenacidad durante siglos por la tensión y confluencia de los distintos estamentos sociales y sus instituciones.

El aplastamiento de esta cultura política vino como consecuencia de la pérdida de la soberanía de Navarra, el Estado pirenáico por antonomasia. En el siglo XVI esta misma sociedad europea, que había ya asumido plenamente el espíritu del denominado Renacimiento, se encuentra defendiendo su consolidación de la que vendrá la Reforma. Las ciudades del norte de Italia, con su régimen proto republicano, tras su emancipación del Sacro Imperio Romano Germánico, se ven constreñidas a enfrentarse a los nuevos Estados, neofeudales-absolutistas y expansionistas-de Francia y España.

El examen de la historia política y el de las ideas, nos dibujan la siguiente evolución. Al lado de las monarquías típicamente feudales como las de Castilla y Francia existen otros espacios geopolíticos, en los que el papel de las comunidades ciudadanas y vecinales tiene una alta relevancia política, Lombardía, Occitania, Gascuña, Navarra, Países Bajos. En ambos espacios se generan dinámicas sociopolíticas que resultan divergentes, condenadas a chocar periódicamente, con victorias y derrotas alternativas.    Desde Lombardia hasta el Golfo de Vizcaya o de Gascuña se desarrollaron sociedades, cuyas características principales fueron: la importancia de las instituciones vecinales y ciudadanas, alto desarrollo económico y una refinada cultura que utiliza como koiné la lengua de Oc; su desarrollo se efectuó entre los siglos XI y XV. La crisis, inducida desde fuera, de esta cultura, fue una de las causas que influyó de manera determinante en la pérdida de la soberanía en los países pirenaicos, y concretamente en su Estado de Navarra.

Son los poderes neofeudales y despóticos los que logran imponerse al final del proceso, que se cierra a principios del siglo XVII, con el triunfo de la contrarreforma y de su íntimo aliado el absolutismo.

Ejemplos de la idea de soberanía que tenían las instituciones ciudadanas, lo demuestran palpablemente los acuerdos de los Ayuntamientos de Pamplona, Estella y Tudela, en dramáticos momentos, entre el 19 de Mayo de 1521 y el 30 de Mayo de 1521, valorando la vuelta del rey legítimo Enrique II de Navarra, como la posibilidad de liberarse de la servidumbre y recuperar la libertad y la independencia. Lo mismo ocurre el 1 de Diciembre de 1568 en la gran Sala del Palacio de Pau, donde reunidos los Estados Generales de Bearne, acuerdan por unanimidad, sin distinción de creencias ni religión, defender los territorios del Estado pirenaico, gobernado por la hija de Enrique II, Reina de Navarra y Soberana de Bearne, Juana de Labrit, contra la anexión que pretendía el Rey de Francia.

7.- Sobre la génesis de la soberanía nacional

Aunque al menos desde Rousseau se da por sentado que la soberanía radica en el pueblo, y más en concreto en los ciudadanos, no por ello con anterioridad dejaba de existir la soberanía. Este concepto es definido por los juristas de las Universidades europeas del siglo XII, como el reino donde su soberano no reconoce superior, «superior non recognoscendum». Esta concepción de la soberanía se halla relacionada con una supuesta división de la autoridad y del poder, en lo espiritual y en lo temporal, entre el Papado y los reinos de Europa. Sin embargo, aunque esa era la interpretación general, no por ello dejaba de haber excepciones como en el Estado navarro, donde legalmente el Reino compartía la soberanía con el Rey. El Reino, encarnado en las Cortes, constituidas por los representantes de las universidades (comunidades vecinales o villas), los militares (nobleza) y los eclesiásticos. Gracias a la presencia permanente de estudiantes –becados por los reyes navarros- en las Universidades de Bolonia, Montpellier y París, entre otras, Navarra contaba desde el siglo XII con juristas y políticos de talla europea.

Autores norpirenaicos, como el bearnés Tucco-Chala, han querido atraer la atención sobre la cuestión navarra, cuyos reyes realizaron la obra de consolidación de una Nación-Estado pirenaica entre Francia y España. La accesión de los Príncipes pirenaicos de las casas de Foix y Labrit al trono de Navarra, al fin del siglo XV, aparece, según opinan estos autores gascones, como la culminación de un edificio, tras la dominación parcial inglesa, reconstruido con esfuerzo y tenacidad durante generaciones.

Sin hacer del todo abstracción de la importancia del Príncipe soberano, nos vamos a fijar en el papel de las instituciones y especialmente en el de las Cortes o Estados Generales.

Tucco Chala afirma que «ciertos juristas siguen los análisis de Jean Bodin -teórico absolutista–, creyendo anacrónica toda reflexión sobre la noción de soberanía antes del siglo XVI. Esto no es así, pues los estudios más recientes muestran que las palabras “soberano”, “soberanía” eran conocidas desde la mitad del siglo XII y de un empleo corriente en el siglo XIV». En el caso de Navarra, su status jurídico político de Reino, le otorgaba automáticamente la condición de soberano e independiente, ante los demás reinos y ante el Papado.

Según Tucco Chala, el estatuto de País soberano para Bearne, nace con Gastón Febus 1343-1391, contemporáneo del rey Carlos II de Navarra. Al finalizar la guerra de los Cien años los «Estados de Bearne» habían tomado en sus manos la dirección del país, seguros de una tradición secular, aprovecharon todas las ocasiones para conseguir el reconocimiento «de iure» de una situación de hecho. Al final del siglo XV encarnada en los Reyes de Navarra la «soberanía» del Bearne jamás se había manifestado con tanto vigor. En 1495 Jerónimo Münzer, viajero e informador del emperador Maximiliano de Hasburgo, compara el Estado pirenaico de Navarra-Bearne a Suiza. A comienzo del siglo XVI, el Bearne emparejado con Navarra es en los textos oficiales una «nación», una «patria».

Según Tucco-Chala «desde el principio del siglo XVI, mientras que la mayor parte de Navarra fue anexionada al reino de España; si el Bearne y la Baja Navarra no fue anexionado al reino de Francia hasta 1620, es sobre todo porque el protestantismo vino a dar un nuevo vigor a un “nacionalismo” apunto de sucumbir», por la acción de las potencias expansionistas de España y Francia.

La palabra «soberanía», toma con Jean Bodin un nuevo significado, así el hegemonismo de las grandes monarquías de Europa occidental se acompaña con una renovación de las doctrinas políticas. La idea de una soberanía monárquica sin límites, no cesa de desarrollarse, no dejando a los súbditos más que el derecho a obedecer. Por lo que el absolutismo destruyó poco a poco todas las teorías políticas preexistentes; el poder no compartido en provecho de uno sólo, se opone a la división de poderes que se había conocido anteriormente.

Se supo distinguir mejor, en los siglos anteriores a la época del Absolutismo, los dos aspectos principales de un mismo poder político, aspectos casi siempre confundidos a partir del siglo XVI: la autoritas, la autoridad suprema propiamente dicha, que rehusa toda injerencia, y la potestas, el simple ejercicio de la potencia política. Ciertos canonistas llevaran el análisis todavía más lejos, desdoblando la autoritas: de una parte la autoritas superlativa, la feudalidad –ella misma dividida en varias «edades» para retomar la expresión de Marc Bloch- ha dejado poco a poco el lugar a la monarquía absoluta. Es preciso pues reflexionar sobre la noción misma de «soberanía», colocándose desde puntos de vista diferentes según el país y la época estudiada.

8.- La importancia dada a las lenguas nacionales

El 1 de Mayo de 1533 los «Estados de Bearne», reunidos en Salvatierra de Bearne, «rehusaron tomar en consideración todo documento redactado en francés, lengua extranjera». En 1561, por el contrario, el Duque Manuel de Saboya, declaraba el francés lengua oficial del alpino Valle de Aosta.

La diferencia es clara, las Instituciones de los Estados pirenaicos del rey Enrique II de Navarra en el siglo XVI, así como él mismo, tenían claro el papel de las lenguas nacionales. El gascón era la lengua de la documentación oficial, pero el euskara literario se abría paso en los territorios donde era mayoritariamente hablado, como la Baja Navarra. En 1545 bajo los auspicios del citado Rey de Navarra se imprime el primer libro en euskara «Linguae vasconum primitiae», obra de Echepare. El euskara en el siglo XVI era la lengua más común y generalmente hablada en toda Navarra, con absoluta ventaja a cualquier otra.

Los primeros libros editados íntegramente en euskara, que han llegado hasta nosotros, se imprimen bajo el mandato de los Reyes de Navarra, Enrique II (1517-1555) y Juana de Labrit (1555-1576), entre 1545 y 1575, con una clara y rotunda determinación de convertir al euskara en lengua literaria, como primer paso, previo a ser lengua oficial de la Administración en los territorios donde ésta  era mayoritariamente hablada.

Pero el euskara no se convirtió en la lengua oficial de la Navarra peninsular en el siglo XVI, a pesar de ser la más utilizada, como se hizo con las lenguas nacionales en toda Europa, porque las Cortes de Navarra ya habían perdido la Soberanía y el conquistador español no lo permitía. Existen suficientes pruebas que así lo indican. Se prohibió expresamente la impresión de libros en euskara en Pamplona por el Virrey castellano. Fueron retirados en 1528 todos los términos euskéricos que figuraban en el Fuero General al redactar el Fuero Reducido en español, no en romance navarro, con la vana esperanza de que así sería más fácil que fuese aprobado por el Rey de España, lo que no ocurrió, pues en Madrid no les preocupaba solamente la imposición de su lengua oficial sino también su Derecho, buscando la plena absorción e integración.

En la Alta Navarra, conquistada y ocupada por el ejército español, lo único que permitieron publicar en euskara fueron contados textos religiosos para favorecer la Contrarreforma, como algunos catecismos, pero de ningún modo obras jurídicas, literarias, históricas o de pensamiento.

9.- Teoría política y literatura

Durante el tiempo de Enrique II, exactamente en 1545, Enrique Fay publicó las Poesías Vascas de Bernat Detxepare en Burdeos. El único ejemplar de la edición príncipe se encuentra, como era de esperar, en la Biblioteca Nacional de París, pues allí terminaron la mayor parte de los libros que se salvaron de las colecciones de la Corte de Navarra, al decretar Luis XIII que se disolviera la Corte y se trasladaran los tesoros reales a París. La obra de Detxepare se salvó, pero muchas se perdieron, y quizá, según Jon Oria, algunas de ellas en euskara. Las Poesías Vascas de Detxepare concuerdan en la temática con las ideas de las cortes humanísticas. Si bien el bardo euskaldun se queja de estar encarcelado, lo que supone que tuvo problemas, podemos asegurar que Margarita de Navarra era liberal y que deshacía los entuertos de su marido Enrique II y los de su hermano Francisco I, Rey de Francia, y con seguridad le habría ayudado. Su Corte era el refugio seguro de todos los intelectuales que acudían a Navarra, ortodoxos y reformadores.

En todo caso, la colección de los primeros poemas vascos impresos, de Detxepare, según Jon Oria, se atiene a la temática de obras compuestas en la Corte de Navarra, particularmente las escritas por Margarita mujer de Enrique II; aunque por otras razones, ella también se queja en sus Prisiones de estar encarcelada, jugando con el artificio platónico de los retóricos de su tiempo; el resto de las Poesías Vascas de Detxepare está formado por una colección de poemas en honor de la Virgen y una sección, muy típica en las cortes humanísticas, de discusiones sobre las mujeres y el amor humano; la obra se completa con una arenga oratoria, al modo de Marot y Rabelais, y de poetas como J. Du Bellay, a que el Euskara abra las puertas al mundo con alegría, sin tener miedo a expresar sus grandezas:

Etay lelori, bailelo leloa çaray leloa

Heuscara da campora eta gaosen oro dançara

Venid al estribillo, sí al estribillo, –pues– el estribillo/sois vosotros

Que el Euskara salga fuera y vamos todos a danzar.

La obra de William Shakespeare (1564-1616) nos da, según Jon Oria Osés, la solución a la continuidad de los círculos humanísticos que tuvieron lugar durante el reinado de Enrique II esposo de Margarita de Navarra pero también al conocimiento de la realidad política y cultural navarra. Su testimonio es el mejor de todos:

Our late edit sahall strongly stand in force:  Nuestro último edicto permanecerá en vigor:

Navarre shall be the wonder of ther world,  Navarra será la admiración del mundo,

Our court shall be a little academe,    Nuestra corte será una pequeña academia

Still and contemplative in living art. tranquila y contemplativa en su arte ingenioso.             «…El Rey de Navarra: Sí que la hay. Nuestra Corte, como sabéis, se halla frecuentada por un viajero español refinado. Un hombre al corriente de la moda universal, cuyo cerebro encierra una fábrica de frases, y que se complace en la música de sus insulseces como en la audición de una armonía encantadora; un caballero de alta prosapia, a quien la equidad y la injusticia han elegido como árbitro de sus contiendas. Este engendro de la fantasía, que se llama Armado, mientras reposemos de nuestros estudios, nos contará, en escogidas palabras, las proezas de muchos caballeros de la grande España, proezas que el mundo ha olvidado. Ignoro hasta qué extraño ha de divertiros, señores; pero afirmo que me placerá oírle mentir, y lo haré mi trovador.

Berowne.– Armado es el más ilustre de los seres; el hombre de las palabras modernistas, el caballero de su propia moda.

Longaville.– El bruto de Costard y él nos servirán de diversión; de suerte que, estudiar en estas condiciones, tres años parecerán cortos…».

Según señala Jon Oria, el autor francés Francisco Rabelais (1493-1553) en su antología del saber y entre citas en danés, holandés, escocés, italiano y español, incluyó una oración de Pamurgo en euskara, uno de los primeros textos impresos en dicha lengua:

«Jona andie, guassa goussyetan behar da erremedio, beharde versela ysser lan da. Anbates, otoyyes nausu,ey nessassu gourray proposian ordine den. Non yssena bayta fascheria egabe, genherassy badia sadassu noura assia. Aran hondovan gualde eydassu nay dassuna. Estou oussyc eguinan soury hin, et darstura eguy harm, Geincoa plasar vadu».

«Señor, nos falta remedio a todos los males; es difícil que todo sea como debe ser. Os lo hemos pedido tan insistentemente: haced que todo ocurra como esperamos; así ocurrirá, sin reyerta, si hacéis que se sacie el apetito.

Después de esto pedidme lo que os plazca. Podéis esperar Lo que os parezca de los dos si place a Dios».

Rabelais debió de recoger, en opinión de Jon Oria, el texto durante una de sus estancias en Navarra; es curioso notar la ambigüedad refiriéndose al apetito, «haced que se sacie el apetito» (Assia), que el refiere al ansia del humanista por el saber.

No es la única ocasión en que François Rabelais describe en sus libros sus conexiones con la Corte de los monarcas navarros Enrique II y Margarita sus protectores; el Libro Tercero de Pantagruel lo dedicó al «esprit de la Royne de Navarre», que calificó de absorto, místico y extásico («Esprit abstraict, ravy et ecstatic»). En su Gargantúa menciona dos veces a un tal Michel, un vasco («le Basque») todavía sin identificar, lacayo y servidor de Grandgousier. Se debe referir Rabelais, sin duda, a algún escritor, servidor de la poesía, pues los humanistas empleaban este tipo de lenguaje ambiguo según Jon Oria Osés. Lo curioso es que insiste más tarde en el llamado Michel, como dándonos una solución al acertijo. No se referirá Rabelais al párroco del Antiguo San Miguel (le Vieux Saint Michel), Bernat Detxepare, autor del primer libro de Poesías Vascas titulado Linguae Vasconum Primitiae. Cierto que el libro de Detxepare apareció diez años más tarde que los textos rabelaisianos de los años 1532 y 1534, el humanista francés bien pudo haber conocido a nuestro poeta navarro y no hay que descartar la teoría de que se refiera a él en su libro sobre Pantagruel.

En la siguiente cita del Leviatan de Thomas Hobbes, argumenta éste contra el derecho que se atribuyen los Papas para intervenir en un reino, exigiendo desobediencia las bulas a los súbditos frente a su rey, y pone como ejemplos entre otros las bulas contra los reyes navarros y la transferencia del Reino de Navarra en 1512 a Fernando el Católico:

El cuarto Concilio Laterano, celebrado bajo el Papa Inocencio III, contiene este canon en el tercer capítulo “De Haereticis”: “Si un rey, ignorando la admonición del papa, no purga su reino de herejes, y siendo por ello excomunicado, no da satisfacción en el plazo de un año, sus súbditos serán eximidos de rendirle obediencia”. Y se ha visto poner en práctica esta regla en diversas ocasiones; cuando fue depuesto Chilperico, rey de Francia; cuando el Imperio Romano fue transferido a Carlomagno; en la caída de Juan, rey de Inglaterra; en la trasferencia del Reino de Navarra; y, en años recientes, en la liga contra Enrique III de Francia; y en muchos otros casos. Creo que habrá pocos príncipes que no consideren esto injusto e inconveniente; pero desearía que todos decidiesen ser una de estas dos cosas: o reyes, o súbditos. Los hombres no pueden servir a dos señores. Por tanto, los reyes deberían ayudarles a resolver esa dificultad, o bien empuñando las riendas del gobierno de un modo absoluto, o entregando esas riendas, también de modo absoluto, al Papa. Así, quienes quieran ser obedientes, estarán protegidos en su obediencia. Porque esa distinción entre poder temporal y poder espiritual es mera palabrería. El poder queda de hecho dividido, con consecuencias de gran peligro, cuando se comparte, tanto con un poder indirecto como con uno directo».

El «Doctor Navarro» tío de San Francisco Javier, Martín de Azpilicueta, jurisconsulto y teólogo, fue célebre en Europa por su importante labor tanto en el terreno de la docencia universitaria como en el de las letras y derecho canónico. Nació en Barasoain, el día 13 de diciembre de 1492 y murió en Roma el 21 de junio de 1586.

En 1570, el Papa Pío V quiso nombrarlo cardenal, a lo que se opuso Felipe II. A. Lambert en su «Dictionnaire d´Histoire et Géographie Ecclésiastiques» da como razón de esta oposición la sospecha del monarca de que Azpilicueta fuera un partidario de la hija de Enrique II, reina legítima de Navarra, Juana de Labrit. El mismo Azpilicueta, en su divulgada autodefensa Carta Apologética al Duque de Alburquerque recoge las cuatro principales acusaciones que se le hacían: 1º.– Declarar injusta la posesión de Navarra por el rey de España. 2º.– Que el rey le odiaba y no le había dado ningún cargo en la Corte. 3º.– El ser navarro y perteneciente a una familia partidaria de los Labrit (Albre)t. 4º.– El ser amigo de Francia y de su cultura. Los principales artífices de su no nombramiento fueron el embajador de España en la Santa Sede, Juan de Zúñiga, y el cardenal Pacheco. En su lugar fue nombrado el arzobispo de Tarragona, Gaspar Cervantes. Dos años después, en 1572, el Papa deseó nuevamente nombrarlo cardenal; Felipe II escribió al embajador rápidamente: «si tal entendiese, lo procurase desviar por todas las vías posibles, por que no conviene en ninguna manera que éste sea cardenal», logrando impedir nuevamente el nombramiento.

Martín Azpilicueta presenta una enraizada concepción de la soberanía popular, según la posición defendida en un célebre debate en la universidad de Salamanca contra impugnadores de la talla de un Francisco de Bobadilla, prefecto de la Universidad, o de un Dídaco de Álava, profesor de derecho canónico de la misma. Su tesis fue: «El reino no es del rey, sino de la comunidad, y la misma potestad regia por derecho natural es de la misma comunidad y no del rey, por lo cual no puede la comunidad abdicar totalmente de ese poder». Teoría central de los monarcómacos. Durante toda su vida fue consultado por reyes, ministros, cardenales y papas, tanto en cuestiones políticas como religiosas.

Ciertos episodios pertenecientes a la obra «EL HEPTAMERON», de la Reina Margarita de Navarra, se ubican en Pamplona y se habla de Tafalla y de Olite. Se trata de la Novela XXVI donde por el consejo y el cariño fraternal de una dama prudente, el señor de Avannes, hermano del Rey de Navarra Juan de Labrit y tío de Enrique II, dejó el amor loco que le tenía a una gentil dama casada que vivía en Pamplona.

En la NOVELA XXXV se trata de cómo la opinión de una dama de Pamplona, quien, creyendo que el amor espiritual no era peligroso, se había esforzado por ganarse la simpatía de un fraile, fue vencida de tal manera por la prudencia de su marido, quien, sin revelarle que supiera nada del asunto, le hizo odiar mortalmente a lo que ella más había amado y se dedicó por entero a su marido.

10.- Símbolo del Estado pirenaico

Es en el siglo XII cuando se producen grandes cambios y desagregaciones en el poder político pirenaico tanto al norte como al sur de la cordillera, pero que traerán la formación de nuevos núcleos: al norte, Bearne, Foix y Labrit, que, con la unificación de los dos primeros en 1.290 y con Labrit y Navarra en 1.48l, supondrán la reunificación en gran medida del poder político pirenaico bajo la Corona de Navarra durante la Edad Moderna. Unidad que se refleja en los cuatro cuarteles de su escudo estatal. Resulta un escudo cruzado: el de Navarra-Evreux con el de Foix-Bearne. Donde el cuartel preeminente, el superior izquierdo, lo ocupa Navarra y en orden decreciente, el superior derecho, Foix;  el inferior izquierdo Bearne y el inferior derecho Evreux, utilizado por los Labrit.

Cada uno de esos cuatro cuarteles simbolizan la legitimidad del poder en un área pirenaica determinada. Navarra (con la cabecera del Ebro y la costa) en la parte occidental de la Cordillera y Foix en la parte oriental (incluido Andorra), Bearne en la parte central del Norte del Pirineo (junto con Bigorra y otros territorios) y Labrit en la Landas. Dicho orden es el establecido a nivel general por la heráldica.

En el escudo de Francia vemos desde 1.590 hasta 1.789 dos cuarteles, el de la izquierda el símbolo de Francia y el de la derecha el de Navarra. En el actual escudo del Estado español, del último siglo, se ha colocado el símbolo de Navarra en un cuarto cuartel, cuando en el del Estado pirenaico propio se situaba en el primero, como hemos visto. Con anterioridad el escudo de España, hasta los inicios del siglo XX, estaba formado por un escudo cruzado con los símbolos de Castilla y León.

A pesar de que en los monumentos, abandonados y maltratados, como el Mausoleo Real de Nájera y en los archivos públicos de todos los Pirineos (arrinconados y sin difundir) se recogen los mencionados emblemas del Estado pirenaico, hoy se obvian se ignoran, o se malinterpretan.

 

11.- Participación navarra en la lucha por las libertades en Europa

El nieto de Enrique II, Enrique III, en 1598, cuando ya también era rey de Francia, promulga por primera vez en la historia de la humanidad, la libertad de conciencia, con el Edicto de Nantes. El asesinato político truncó su gran proyecto de unidad europea,  con tres siglos y medio de antelación, que su ministro Sully nos describe, según François Bairou (París, 1994).

Una consecuencia epigonal de las ideas políticas navarras está en la obra de Enrique III de Navarra y IV de Francia, en su citado Edicto de Nantes y en el «Gran Dessein» de Henri IV y Sully, que lo publicó André Puharré, un bearnés en 1954, con ocasión del IV centenario del nacimiento de Enrique, con el título de «Les Projets d´Organization Européenne d´aprés le Grand Dessein de Henri IV et de Sully». Estos preconizan una Europa Unida a través de un Plan de confederaciones con el fin de impedir que se repitieran nuevas guerras civiles por motivos religiosos, creando un sistema de arbitraje que mantuviera intactos los estados europeos. Se crearía un nuevo mapa político de Europa. La federación de todos los estados de Europa, en que se tolerarían las tres confesiones religiosas entonces existentes, la católica, la ortodoxa y la reformada, pero excluyendo los territorios de Rusia. Con posterioridad al citado proyecto, Enrique III de Navarra y IV de Francia, en Julio de 1607, mantuvo su voluntad expresa de no unir Navarra a Francia. Ver libro «Navarra, sin fronteras impuestas», Cap. VII.4.

En 1597 se editó en Colonia, la obra del alemán Conrad Löw, titulada «Historia de Navarra donde se da la relación de todos los Reyes de Navarra hasta el actual Rey de Francia y Navarra Enrique IV de Francia y III de Navarra», donde se recalca la figura de este rey navarro y su papel en Europa. Dicho libro es un testimonio de los partidarios del navarro en Alemania, enemigos de Felipe II y de su sucesor Felipe III y que habían acordado con el citado Enrique enfrentarse al ejército  español en Holanda.

Poco antes de ponerse al frente de sus ejércitos, junto con los de algunos príncipes alemanes para ayudar a los holandeses a liberar los Países Bajos de los españoles, fue asesinado en 1610. De haber fracasado el complot, qué no hubiera hecho Enrique III de Navarra, tras posiblemente derrotar al rey español Felipe III en el norte de Europa, para liberar la porción de su Patria navarra ocupada por España.

La influencia de la Reforma en la cultura ha quedado reflejada en múltiples manifestaciones: voluntad monarcómaca,  el rey es posterior a las libertades, reforzamiento del sentimiento de pertenencia a un pueblo, arte, literatura, música, folklore, canciones, valoración de la propia lengua, etc.

El «Canto del cisne» del Estado navarro es su participación en la gestación del pensamiento europeo moderno. En las ciudades de la Italia renacentista surge la cultura nueva y el pensamiento político moderno. Navarra acoge a través de su secular integración en el mundo romano, luego occitano, los aportes lombardos, desarrollando un derecho político propio, sustentado en las tradiciones jurídicas pirenaicas. La Corona de Navarra siempre fue consciente de su singularidad jurídico-política en el marco europeo.