Jimeno Jurío y la historia nacional

170

La fina ironía de las siguientes palabras de José Mari Jimeno Jurío, sirven de frontispicio de toda su obra a la vez que muestran la difícil e inteligente postura del, a la fuerza, subordinado navarro ante la prepotencia del dominador español:

“Hay que repetir con insistencia a los navarros que a Castilla [España] debemos libertades, riqueza, honor y gloria. Que, sin ella, hubiéramos seguido siendo los cavernícolas de siempre. Hay que proseguir sin desmayo esa tarea misionera. Porque aún quedan despistados que no se han enterado de que Castilla [España] es el único y verdadero Dios a quien todo navarro está obligado a adorar, amar y obedecer”.

Navarra por el contrario, es el concepto jurídico de la territorialidad vasca y el Estado europeo garante de la sociedad vasca soberana; su conquista y subordinación a España y a Francia no son precisamente motivos de agradecimiento a las mismas. Navarra sociedad política, cuya verdadera y simultánea  comunidad cultural es Euskal Herria.

El estilo, directo y firme, del autor nos conduce a través de los hechos que jalonaron el acontecer histórico de la sociedad navarra, de la que fue miembro activo y  parte consciente, a la que sentía y amaba profundamente.   Desenmascaró los mitos de la Navarra supuestamente feliz, sin clases, así como las patrañas de la entrega voluntaria y el pacto con Castilla, descubriendo la violenta invasión y ocupación militar de los vascos por Castilla-España y Francia.

El concienzudo y arduo trabajo de recoger todas las versiones historiográficas deja en evidencia con rotundidad la vigencia de la estalidad y de la soberanía de la sociedad navarra, concluyendo por ello Jimeno Jurío que “Las violencias, colonizaciones y manipulación de la historia y la cultura, no matan de raíz en los pueblos la memoria de unos hechos; podrán permanecer soterrados, ocultados quizás, desconocidos por los más. Pero están ahí, esperando sin prisas al desapasionado amante de la verdad”.

Oihenart, Moret y Alesón sentaron solidamente las bases de la historiografía de Navarra en los siglos XVII y XVIII. En el XIX sobre todo los miembros de la Asociación Éuskara, encabezados por Arturo Campión y siguiendo su estela en el pasado siglo, Hermilio de Oloriz, Jesús Etayo, José Mª Lacarra y otros. Con José Mari Jimeno Jurío la historiografía navarra se consolida de forma multidisciplinar, aunando todos los campos de las humanidades, desde la lingüística a la sociología, pasando por las mentalidades, política, arqueología, patrimonio, paleografía, historia local, cultura popular y etnografía. Contempla la historia general de Navarra entera, no se limita a los hechos circunscritos únicamente al territorio de la Navarra reducida actual.

José Mari establece la influencia de las distintas clases sociales tanto en la Alta como en la Baja Edad Media. Señala como cambio entre las dos edades la influencia de la Iglesia en el año 1060 a raíz de las declaraciones del Papado sobre el poder temporal, con la recuperación de un supuesto contenido imperial romano, que aquí se impone a través de la influencia del obispo de Pamplona de origen francés. La visita del futuro rey de Pamplona Sancho Ramírez a Roma, el año 1068, es también un hito en esta inclinación política.

Las política antinavarra se consolida  a la muerte de Alfonso I el Batallador con el levantamiento de Ramiro el Monje frente a García Ramírez y la división del Reino pirenaico por la influencia  y el poder de la Iglesia. La restauración del Reino en 1134 con García Ramírez se presenta frente a las excesivas injerencias del poder de Roma.

Jimeno Jurío desenmascara la versión interesada de la historiografía española, pero muy extendida, que sostiene el abandono o desamparo voluntario del territorio de la Navarra continental o “tierra de vascos” por parte del emperador Carlos I de España.  Así se lo exige su mito de que son invencibles para lo que necesitan ocultar la derrota y la retirada, pero de los documentos descubiertos concluye José Mari: “que la segregación fue consecuencia de una reconquista militar llevaba a cabo por Enrique II de Navarra en 1526”.

José María Jimeno Jurío encarnó el alma del pueblo navarro. Eso lo saben los navarros y también los que en la práctica con malicia niegan las evidencias de la Navarra real para poder dominarla. Esta sociedad, aún con enorme dificultad, quiere descubrir la verdad sobre sí misma y lo está logrando gracias a la labor de quien como él ha conseguido calar en sus entrañas y descubrir lo que le ha pasado, qué es y cómo es, hasta ir recuperando la memoria engañosamente perdida. Hoy gracias a Jimeno Jurío la Navarra real está en mejores condiciones para aventar la impostura virtual, ya cuestionada como la mala pesadilla que es.

Al analizar el renacimiento que supuso la constitución en Pamplona-Iruñea de la Asociación Éuskara en 1878, comenta “Del estudio de la historia propia y de nuevas corrientes culturales brotaron reivindicaciones forales y la conciencia de que, por debajo de las divisiones político-administrativas internas, e incluso de las diferentes influencias culturales y lingüísticas, en Euskalherria subyacía una raíz común y unificante”.

Tuve muchas ocasiones durante más de treinta años de disfrutar de su amistad y de sus conocimientos, que compartía con la generosidad de un alma siempre abierta a todos. En el año 1.970, delante del Museo de Navarra, con José Miguel de Barandiaran y José Mª Satrústegui, que nos esperaban para asistir a una reunión de Etniker, José Mª Jimeno Jurío hizo algún comentario a la vista del Palacio Real que se erguía delante, a lo que José Miguel de Barandiaran comentó que en su pueblo, Ataun, había un castillo navarro.

En 1.973, siendo Director de la Biblioteca de  San Pedro que pertenecía a la Caja de Ahorros Municipal de Pamplona, cuyo director era Miguel Javier Urmeneta, publicó la “Historia de Pamplona”, la primera que hacía realmente honor a dicho título. Su publicación no estuvo exenta de problemas, muy significativos del ambiente sociopolítico de aquella época. El Consejo de Administración de la Caja de Ahorros Municipal, de la que formaban parte el eclesiástico Pedro Alfaro, se opuso por desagradarle a éste último lo que decía sobre los orígenes del cristianismo en la ciudad y su preponderante teocracia durante mucho tiempo.

Un día del año 1977, estaba en la Biblioteca de San Pedro visitando a Jimeno Jurío, cuando se presentó Jaime Ignacio del Burgo, cuyo padre era Director de la colección “Temas de Cultura Popular” de la Diputación, en la que Jimeno Jurío era autor de cuarenta y cinco títulos. Como era costumbre en ambos, con sátrapa insolencia le manifestó su malestar por el camino que estaba siguiendo en la investigación y divulgación de la verdad sobre el oculto genocidio navarro de 1936 y de la cultura éuskara. Aviso que escuchó con paciencia, pero sin que influyera en la independencia de sus investigaciones.

El año 1.977 quiso contrastar “académicamente” sus conocimientos, pero la única Universidad que entonces había en Pamplona no le aceptó por motivos ideológicos. Los manipuladores de la historia tenían un miedo  insuperable al que ya se había convertido en el gigante de la cultura navarra.

En 1987, poco después de haber recibido de sus manos el testigo de la vicepresidencia de Eusko Ikaskuntza por Navarra, preparamos “El 475 aniversario de la Conquista de Navarra”, con un ciclo de conferencias que luego fue publicado, encargándose él del capítulo titulado “La guerra de 1512-1522 y su repercusión sobre los territorios de la Corona de Navarra”.

El año 1994 fuí con José Mª Jimeno Jurío a la Institución Príncipe de Viana a entregar un Informe sobre el enorme valor histórico, monumental y patrimonial del Palacio Real de Pamplona y exigir al Director de la misma, que impidiera su demolición. La decepción de José Mª y la mía propia fue inenarrable, ante la actitud claudicante, si no activa, de los responsables oficiales de la defensa del Patrimonio navarro, en el atentado que de inmediato perpetraron contra el citado monumento emblemático de Navarra.

En 1995 José Mª se manifestaba a una con el movimiento popular,  ante la amenaza de eliminación absoluta de los elementos de la urbanización histórica de Pamplona, a pesar de que las Ordenanzas municipales protegían el adoquinado como pavimento tradicional del casco histórico de la capital de Navarra. So pretexto de la peatonalización, cuando ya estaba prevista en las citadas Ordenanzas su conservación aunque se quitaran las aceras, se produjo el expolio al patrimonio, tal como el anterior del Palacio Real y el posterior de la plaza del Castillo, barbaridades que dejaron nuevamente inerme y empobrecida a la sociedad navarra.

El año 1.982 participó decisivamente con su libro Amaiur, editado por él mismo, en la reinaguración, tras la reconstrucción del monumento que las Diputaciones habían levantado el año 1.922 a los héroes que defendieron la independencia de Navarra en aquel lugar, por ello resaltaba que:

Toda Navarra parecía orgullosa de poder exaltar la memoria de sus héroes, que encarnaban el valor de un pueblo y su amor a la libertad. Sobre el cerro, durante la colocación de la primera piedra, compartieron emociones y propósitos fraternos los representantes de las Diputaciones de Alava, Gipuzkoa, Bizkaia y Navarra. Parecía que en Amaiur quedaban enterrados para siempre las antiguas diferencias políticas que enfrentaron a los navarros entre sí”.

Pero Jimeno Jurío refiriéndose a Victor Pradera y a sus seguidores actuales tuvo que decir magistralmente:

De pronto alguien dejó caer la cizaña de la discordia en el sembrado prometedor. La hermandad, la colaboración, el esfuerzo común y la esperanza quedaron agostados. La intransigencia, la división interna, los odios y, al final, la dinamita, convirtió el monolito de Amaiur en un montón de escombro. Las ruinas seguían siendo símbolo. La unión de los navarros quedaba triturada”.

Victor Pradera ataca despiadadamente a lo que el llama “nacionalismo navarro”, defiende a Fernando el Católico y denomina a sus adversarios “Falsarios de la Historia”. Jimeno Jurío considera dichas afirmaciones “fruto de la actitud intransigente y parcialista, más que un análisis objetivo de la historia, el libro [en Madrid] “obtuvo el premi o al talento” según noticia publicada en la Enciclopedia Espasa”.

Nótese como hoy a los antinavarros seguidores de Victor Pradera, de manera absolutamente impropia, se les está llamando “navarristas”. Inicua confusión que perjudica la defensa legítima y democrática de la sociedad navarra.

Sobre la conducta de los patriotas navarros en el castillo de Amaiur Jimeno Jurío manifiesta:”Considerar hoy igualmente aceptable la conducta de los navarros agramonteses defensores de Amaiur -que arrostraron el ataque del enemigo y sufrieron confiscación, destierro y muerte por lealtad al juramento-, con la de los navarros beamonteses que rompieron la fidelidad, apoyaron al invasor y recibieron mercedes y honores, puede partir de concepciones políticas modernas marginadoras de la realidad histórica y su contexto, pero que silencian o destruyen principios éticos esenciales, equiparando al leal con el traidor, la rectitud moral  con la perfidia”.

Al juzgar la destrucción en 1931 del monumento de Amaiur, levantado en 1922, José Mª Jimeno Jurío señala: “Quienes pusieron la bomba y destruyeron materialmente el obelisco atacaron un símbolo. Pero este tipo de violencia no destruye ideales; los rebustece. De ahí que Amaiur y su significado en la historia de Navarra, hasta entonces apenas conocidos, se convirtieran en símbolo de libertades para todo el Pueblo Vasco”.

Su irrefrenable inquietud intelectual y su inagotable ansia de saber la verdad, convertidas pronto en conocimiento enciclopédico, han puesto en las manos de los navarros, que es lo mismo que decir vascos, como nadie hasta ahora, la riqueza y variedad de su patrimonio. El fue respetuoso con todos a pesar de que algunos fueran intolerantes con él. Forma ya parte de la orla de los  más preclaros hijos de esta Nación, junto con José Moret Mendi, Arnald Oihenart, Arturo Campión y José Mª Lacarra, por su aportación personal a la recuperación de la historia y de la memoria colectiva del ocultamiento forzado a que son sometidas.