Navarra Estado europeo

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No podemos resignarnos a tener que vivir desconociendo para siempre la verdad, ocultada por una historiografía cuya meta es respaldar la impostura establecida de los Estados gran-nacionales, cuando sencillamente la historia es la realidad.

La falsedad de la división entre lo navarro y lo vasco ha sido desenmascarada en obras tan innovadoras como La Navarra marítima y Navarra sin fronteras impuestas. Su autor muestra ahora la realidad del Estado pirenaico de Navarra.

Este libro recoge hechos irrefutables que demuestran la existencia de Navarra como Estado en el ámbito europeo, con una organización social que se plasma en su cultura pública o política y en la evolución del sistema jurídico propio.

Hay quienes sólo consideran el etnos –comunidad cultural o Euskal Herria– como la nación, cuando Navarra es realmente el demos o cuerpo político del conjunto de la sociedad.

La impostura historiográfica que amamanta el nacionalismo español y francés, tergiversa impunemente los documentos, y busca el ocultamiento de la Navarra real para sustituirla por otra, falsa y sumisa, consecuencia de las conquistas, divisiones y dominación que padece.

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ÍNDICE

Introducción. Pag. 13

I. El desenmascaramiento de las grandes imposturas historiográficas. 23

  • I.1. La falsificación de la Historia universal. Pag. 23
  • I.2. La impostura españolista: la supuesta unidad política de Hispania. Pag. 29
  • I.3. La realidad de Vasconia frente al imperio godo de Toledo. Pag. 38
  • I.4. La llamada reconquista y la verdad de las cruzadas europeas de la Iglesia contra la España musulmana. Pag. 42
  • I.5. El mito del Imperio leonés. Pag. 46
  • I.6. La escuela pos-romántica española y el engrandecimiento de Castilla. Pag. 49
  • I.7. La historia social y la piedra filosofal del «feudalismo» Pag. 51
  • I.8. La nación no nace a partir de 1789. Pag. 54
  • I.9. La falsedad de la voluntaria entrega, del pacto político y de los derechos históricos. Pag. 55
  • I.10. La antinavarra virtual para camuflar la dominación de la sociedad navarra real. Pag. 58

II. Prehistoria. Pag. 67

  • II.1. La Europa preindoeuropea. Pag. 67
  • II.2. La comunidad circumpirenaica. Pag. 70
  • II.3. Poblados. Pag. 71
  • II.4. El choque con lo celta. Pag. 74

III. Vasconia (del siglo II a. C. al siglo VIII). Pag. 77

  • III.1. Vasconia romana. Pag. 77
  • III.1.1. De la civilización circumpirenaica eúskara, a las civitas romano vasconas. Pag. 77
  • III.1.2. Acuerdos con Roma. Pag. 80
  • III.1.3. Los vascones se romanizan. Pag. 83
  • III.1.4. Participación vascona en la política romana. Pag. 90
  • III.1.5. Carta del Emperador romano Honorio a las milicias de Pamplona, año 408. Pag. 93
  • III.1.6. Las transformaciones socio-económicas, religiosas y políticas en la época Bajoimperial y su trascendencia. Evolución y reconstitución de Vasconia en época romana. Pag. 97
  • III.1.7. «De Laude Pampilona». Pag. 104
  • III.2. Vasconia de nuevo. Pag. 110
  • III.2.1. Vasconia ante los nuevos pueblos europeos, tras la derrota de los visigodos en la Batalla de Vouillé, año 507. Pag. 110
  • III.2.2. Eudón el Grande, príncipe de los vascones y aquitanos, pone freno a francos, godos y musulmanes (710-735). Pag. 116
  • III.2.3. De vascones a navarros. Origen de la consolidación de los nombres navarro y Navarra. Pag. 118
  • III.2.4. Destrucción de las murallas de Pamplona por los francos y Batalla de Orreaga, año 778. Pag. 122

IV. Estado europeo de Navarra. Pag. 129

  • IV.1. Legitimidad, centralidad y territorialidad del Estado pirenaico. Pag. 129
  • IV.1.1. Legitimidad e ilegitimidad de origen, los casos navarro, español y francés. Pag. 129
  • IV.1.2. La centralidad política del Reino de Pamplona. Pag. 134
  • IV.1.3. La independencia política en el texto del «Códice de Roda», año 992. Pag. 137
  • IV.2. Las instituciones de un Estado europeo. Pag. 140
  • IV.2.1. La institucionalización. Pag. 140
  • IV.2.2. Reyes y texto de su Juramento previo a la Coronación. Pag. 145
  • IV.2.3. Acta de la unión de las ciudades y villas de Navarra con la Junta de Infanzones de Obanos, año 1297. Pag. 148
  • IV.2.4. La Justicia. La soberanía fiscal. La Cámara de Comptos, año 1258. Pag. 149
  • IV.2.5. La capitalidad de Pamplona. Pag. 152
  • IV.2.6. La Universidad de la Cuenca de Pamplona su extensión en el Fuero General y su independencia de las Merindades según una Ordenanza del Consejo Real de 1512.Pag. 153
  • IV.2.7. La Reforma política. Pag. 154
  • IV.3. Sistemas de medida navarros: monedas, pesas, medidas y calendario. Tecnología. Pag. 161
  • IV.3.1. La moneda y la soberanía política. Pag. 161
  • IV.3.2. Sistema monetario. Pag. 164
  • IV.3.3. Política monetaria. Pag. 167
  • IV.3.4. Sistema de pesas y medidas. Pag. 169
  • IV.3.5. El calendario atributo de la soberanía política. Pag. 171
  • IV.3.6. Tecnología. Pag. 173
  • IV.4. La lengua de los navarros. Pag. 176
  • IV.4.1. Extensión territorial. Pag. 176
  • IV.4.2. Lengua nacional. Pag.  177
  • IV.4.3. Derecho lingüístico de los navarros. Pag. 184
  • IV.4.4. Los romances vascones. Pag.  185
  • IV.5. Patria y símbolos. Pag. 190
  • IV.5.1. Patria. Pag.  190
  • IV.5.2. Evolución del símbolo nacional. Pag. 191
  • IV.5.3. El escudo y la bandera del Estado. Pag. 195
  • IV.5.4. Otros símbolos políticos. Pag. 197
  • IV.6. La soberanía navarra. Pag. 200
  • IV.6.1. El marco europeo. Pag. 200
  • IV.6.2. La génesis de la soberanía nacional. Pag. 201
  • IV.6.3. La ideología política en la Navarra del siglo XVI, «las libertades son anteriores al rey». Pag. 205
  • IV.6.4. El sistema de participación política. Pag. 208
  • IV.6.5. La lucha por las libertades en Europa. Pag. 210
  • IV.6.6. Resistencia soberanista frente a la anexión. Pag. 212
  • IV.7. La Iglesia «nacional». Pag. 214
  • IV.7.1. La cristianización. Pag. 214
  • IV.7.2. La sagrada unción. Los Concilios de Pamplona y Acta de uno del año 1027. Pag. 216
  • IV.7.3. La Iglesia metropolitana del Reino. Pag. 219
  • IV.7.4. La exigencia legal del exequátur de las Bulas papales. Pag. 220
  • IV.8. Navarra y la cultura universal. Pag. 221
  • IV.8.1. Roma. Pag. 221
  • IV.8.2. La floración cultural navarra de los siglos X al XII. Pag. 228
  • IV.8.3. Dante Alighieri. Pag. 239
  • IV.8.4. La presencia navarra en la literatura europea en lengua romance, occitana, francesa e inglesa. Pag. 241
  • IV.8.5. Martin Zalba, Martín de Azpilicueta, Francisco de Vitoria, Juan Huarte y Miguel Servet. Pag. 251

V. Negación del Estado navarro. Pag. 261

  • V.1. Conquista, nacionicidio, lingüicidio, expolio y censura de libros. Pag. 261
  • V.1.1. Conquista. Pag. 261
  • V.1.2. Muertes violentas de los Reyes de Navarra. Pag. 266
  • V.1.3. Feudalización y oligarquías urbanas como instrumentos de dominación. Pag. 266
  • V.1.4. Nacionicidio. Pag. 268
  • V.1.5. Expolio artístico, archivístico y bibliográfico. Pag. 271
  • V.1.6. La censura de libros. Pag. 272
  • V.2. La Iglesia en la conquista y dominación de Navarra. Pag. 274
  • V.2.1. Injerencias políticas de Roma. Pag. 274
  • V.2.2. La depuración de la Real Colegiata de Roncesvalles, realizada por el rey de España Felipe II en 1590. Pag. 275
  • V.2.3. Excomuniones de los Reyes de Navarra y «transferencias» del Reino. Pag. 278
  • V.2.4. Papel de policía política de la Santa Inquisición española. Pag. 280
  • V.3. El desmantelamiento jurídico, minoración y primitivización.Pag. 287
  • V.3.1. La contrarreforma política. La hibernación de la soberanía. Reordenación del Consejo Real y Cámara de Comptos.
    Las Cortes Generales. Pag. 287
  • V.3.2. La suplantación institucional, en 1789 por Francia y en 1841 por España. Pag. 293
  • V.3.3. Primitivización del sistema jurídico. Pag. 297
  • V.3.4. Mantenimiento del Derecho civil, fruto de la resistencia foralista. Pag. 302
  • V.3.5. La fiscalidad como tributación colonial o residuo de la propia soberanía. Pag. 303
  • V.3.6. La uniformación jurídica españolista.
    El seudoparticularismo jurídico. Pag. 320
  • V.3.7. Condicionamientos físicos, demográficos y económicos. Pag. 322
  • V.3.8. Los «olvidos» de los sedicentes modernos. Pag. 323
  • V.4. Una muestra de nacionicidio sobre el patrimonio navarro. Pag. 325
  • V.4.1. El Palacio Real de Pamplona un ejemplo de minoración nacionicida. Pag. 325
  • V.4.2. Las hipotecas del Palacio para los gastos de la defensa de Navarra. Pag. 331
  • V.4.3. El Palacio Real de Pamplona. Pag. 333
  • V.4.4. Fases constructivas del Palacio.Pag. 337
  • V.4.5. Dependencias del Palacio. Pag. 347
  • V.4.6. Residencia de la Autoridad española. Pag. 349
  • V.4.7. Proyectos de rehabilitación. Pag. 350
  • V.4.8. La demolición del Palacio Real. Pag. 351
  • V.4.9. Patrimonio vivo. Pag. 358
  • V.5. Permanente esfuerzo de recuperación de la independencia. Pag. 361
  • V.5.1. Las negociaciones diplomáticas y el proyecto matrimonial de 1540. Pag. 361
  • V.5.2. La carta del Papa de 1560 y represión subsiguiente. Pag. 366
  • V.5.3. El levantamiento independista de 1837 en Pamplona. Pag. 368
  • V.5.4. La resistencia de los navarros que no querían ir a la Cortes de Madrid, porque ya tenían sus Cortes Generales o Congreso nacional. Pag. 372

Anexos. Pag. 375
Cronología histórica del Estado europeo de Navarra. Pag. 465
Bibliografía. Pag. 473

                                                                      Introducción

Navarra, Estado europeo completa la trilogía iniciada por La Navarra marítima y seguida de Navarra, sin fronteras impuestas. En el presente libro se trata de recoger lo fundamental de los hechos que tienen relación con Navarra como Estado en el conjunto europeo. Como veremos, Navarra no es una comunidad cultural ni una provincia autónoma, es sobre todo una sociedad política estatal europea. La Navarra marítima y Navarra, sin fronteras impuestas sirven de pórtico y antecedente, por lo que es conveniente conocerlos antes de entrar en estas páginas. Si en La Navarra marítima se desenmascara documentalmente la supuesta división entre lo navarro y lo vasco (dos caras de la misma moneda), en Navarra, sin fronteras impuestas se recogen sus verdaderos límites políticos.

      El presente tiene el valor de un libro blanco, donde documentalmente se muestran los sólidos testimonios que prueban cómo el hecho navarro es una realidad estatal europea. Se descubre, por lo tanto, la endeblez que tienen las denominaciones políticas ocultadoras y minorizadoras impuestas, cargadas de eufemismo, como lo son «provincia foral», «territorios forales», «territorios históricos», «comunidad foral o autónoma», «autonomía constitucional», «derechos históricos», «regiones y nacionalidades» y «estatutos de autonomía».

      Hay quienes dicen: «Sí, Navarra fue un Estado europeo, pero ya no lo es», manifestando más o menos condescendencia con hechos que atribuyen a un remoto pasado, admitiendo incluso que Navarra fue independiente y que los navarros lo eran entonces.

      En cambio, les resulta políticamente incorrecta la segunda parte, la realidad de la conquista española y sus secuelas, la dominación, la pervivencia de tal conflicto y el sometimiento impuesto. Unos hechos que les incomodan, porque ponen en solfa su dificultoso y virtual acomodamiento de estar como españoles o franceses. Se encierran en un presente totalmente acientífico por el que trasladan la actual dependencia al pasado, empeñándose en querer ver los hechos históricos desde sus prejuicios actuales.

      Además, como afirma Colin Renfrew (1990):

      «Nos damos perfecta cuenta de que nuestra identidad, o al menos nuestro sentido de ella, radica en nuestro propio pasado. Somos lo que el devenir ha hecho de nosotros. Para comprender esto, y sus procesos, necesitamos saber también, o al menos empezar a comprender, lo que fuimos y de donde venimos».

      En estas páginas nos proponemos reflejar y analizar en lo posible, tras breves precedentes, la larga e intensa realidad recorrida durante los últimos tres milenios por el corpus social, plural, vivo y cambiante que conforma la base de uno de los Estados europeos.

      Seguiremos su evolución hasta nuestros días, desde el momento en que tenemos constancia firme de la existencia de una organización jurídica y política. Estudiamos críticamente la cultura pública o política y concretamente el sistema jurídico y los conflictos que sufre, especialmente frente a los sistemas de otros Estados de su entorno.

      Aquí no nos referimos a la Navarra recortada, ahora etiquetada como Comunidad Foral, sino a la Navarra entera. La minoración actual de Navarra, que transciende a su sociedad, es consecuencia de las conquistas militares que ha padecido, acompañadas de largos procesos de nacionicidio, lingüicidio, colonización, primitivización, consuetudinización y marginación. Procesos que han dado lugar a la actual Navarra, falsificada, virtual, recortada, dividida, acartonada, sometida, mojigata, disecada, sumisa, oscura, provinciana y dominada, tanto física como espiritualmente, que nada tiene que ver con la Navarra real, plena, soberana, entera, igualitaria, plural, justa, culta, democrática, rica, solidaria, generosa y libre.

      Pero atención, cuando estamos hablando de Navarra nos estamos refiriendo a toda la ciudadanía propia, ya que Navarra es la manifestación de su sociedad nacional, o nación política. Navarra y Euskal Herria, son las dos caras de la misma nación, la política y la cultural, respectivamente.

      Siempre que utilizamos el concepto navarra o navarro, nos referimos al contenido político; así, con las expresiones «sociedad navarra», «ciudadanía navarra», «Navarra», «Estado navarro», «Reino de Navarra»,… Por lo tanto la minoración política de Navarra, también hace referencia a la partición de la Navarra marítima –vizcaína, alavesa y guipuzcoana–, a la Navarra norpirenaica y gascona, a la Navarra riojana o a la Navarra aragonesa.

      Tan Navarra recortada son los inexistentes «Estados vascos», como el «irurak bat», el «laurak bat», el «seiak bat», el «zazpiak bat» o la actual Comunidad Foral de Navarra, pues son fruto de procesos nacionicidas y particionistas. No saldremos de la situación actual si no nos libramos de las ataduras entretejidas durante la dominación.

      Una reflexión, que considero clave, me ha llevado a publicar este libro, y tiene que ver con la necesidad de conocer primero la propia casa, nuestra propia sociedad. Si socialmente no tenemos unas referencias comunes, es prácticamente imposible que los trabajos sectoriales o las acciones reivindicativas –forzados por la imperiosa necesidad de apagar los fuegos permanentemente provocados por los dominadores– no requieran de esfuerzos enormemente generosos para obtener en muchas ocasiones frutos mínimos. Y todo ello porque se ofrecen descontextualizados y son fácilmente recuperados por el sistema estatal de la nación dominante.

      Pero, si sabemos descubrir la estructura del edificio –político, público, jurídico e institucional– donde realmente se ubica la sociedad que queremos conocer, serán mucho más eficaces los planteamientos puntuales. La ciudadanía sabrá valorar la importancia que ello tiene para el mantenimiento del conjunto donde reside esta sociedad real y concreta.

      Se trata de reencontrar el poder estatal nacional para recuperar la soberanía de los ciudadanos en su propio Estado, frente a los intereses de los Estados gran-nacionales. Estos, niegan a la sociedad nacional dominada su auténtico poder bajo falsas retóricas que aluden a pluralismos, universalismos o a la inconveniencia de nuevas fronteras, cuando lo que pretenden es consolidar las suyas, las que han conseguido tras conquistas y sometimientos. Para normalizar esta situación creada, necesitan que la sociedad pierda conciencia de lo ocurrido y olvide su propia centralidad estatal, siendo suplantada por otra, sumisa y dependiente.

      Las fuentes documentales son la columna vertebral de este libro. Se trata de fuentes centrales, originales y primarias. Su relectura ayuda  a corregir erróneas interpretaciones, repetidas acríticamente por la historiografía gran-nacional.

      Los yacimientos arqueológicos, o fuentes materiales, constituyen asimismo un fundamento de primer rango. Corrigen y dan un mejor sentido a la interpretación de las fuentes escritas, rectificando o confirmando determinados aspectos. Importantes periodos se han clarificado gracias a la arqueología. Por ejemplo, la llamada Edad del Hierro I es ahora conocida con cierto detalle, lo que nos permite tener una idea aproximada de la larga época anterior a Roma y a las invasiones célticas del siglo VI a. C.

      La era romana está siendo reinterpretada en su evolución socio-económica e ideológica. Igual ocurre con la época Tardo Antigua, siglos V al VIII, con los descubrimientos de Buzaga, Aldaieta y Pamplona-Iruñea. Los llamados «siglos oscuros» eran mal conocidos hasta ahora porque dependían de las noticias indirectas de las crónicas francas y en menor medida visigodas, que han sido primadas sobre las fuentes documentales propias. Pero son éstas, las que nos abren de par en par las páginas de la Vasconia previa al Reino de Pamplona, confirmando una realidad documental que recobra toda su autenticidad y significado.

      Reproducimos los documentos que se pueden considerar determinantes. Citamos, entre otros, la carta a las milicias de Pamplona del Emperador Honorio del año 408, el Códice de Roda del año 992, el Concilio de Pamplona de 1027, así como un extenso repertorio documental de los siglo XII al XIX.

      El procedimiento seguido en este trabajo es el estudio de los documentos, buscando en ellos los trazos de las instituciones navarras a lo largo de los siglos. También, los actores u operadores jurídicos de dichas actas, así como su contextualización en la cultura europea y en la historia del pensamiento jurídico-político.

      Las pruebas documentales que se recogen en este libro, reflejan un realismo socio-político, que, paradójicamente, sobresale todavía más, como una firme isla en medio de las turbias leyendas que conforman los soportes historiográficos de las naciones vecinas expansionistas. La existencia de dichos documentos no es algo anecdótico o meramente casual, sino que es la base objetiva de la fundamentación del poder político, su legitimación y centralidad.

      Que los dirigentes políticos de Pamplona mantuvieran durante seiscientos años (408-992) la carta de Honorio como documento justificativo y fundamento, da fe incuestionable de la clara conciencia de su ser político y su diferencia pública y de intereses, con respecto a las nuevas realidades políticas circundantes, de aspiraciones hegemónicas.

      Si los libros La Navarra marítima y Navarra, sin fronteras impuestas pretendían despertar la atención y el interés por conocer nuestra historia real, con éste quisiéramos proporcionarle, del modo más ameno, lo más importante que tenemos a nuestro alcance para conocer el ser de la Navarra entera, construida secularmente, contra viento y marea, por decenas de generaciones que con altibajos han dejado constancia de una sociedad que siempre deseó la libertad.

      Las pesadas losas de la desinformación y de tergiversación ocultan una realidad palpitante. La existencia de la sociedad nacional navarra es todavía omnipresente a pesar de las desproporcionadas e ininterrumpidas presiones para hacerla desaparecer. Se descubre una interpretación de la Historia, que entre nosotros ha sido y es demasiado permisiva y contemplativa con los clichés establecidos, fabricados para justificar los planteamientos políticos dominantes.

      Como opina Jacques Heers, las escuelas historiográficas dominantes en las universidades francesas y españolas abordan la investigación con la idea predeterminada de que el progreso está en el Estado gran-nacional. En consecuencia, buscan ilustración y confirmación para ese prejuicio, ignorando, recortando o manipulando documentos e informaciones indiscutibles, que pueden poner en cuestión la «sagrada» idea de partida.

      Un breve recorrido por el discurso de esta obra, puede comenzar con el influyente marco geográfico. La cordillera pirenaica se convirtió en el núcleo vertebrador para las gentes situadas al norte y al sur de la misma. La complementariedad de sus hábitats y recursos favorece el asentamiento y la relación humana de las dos vertientes. Una mayor complejidad de las necesidades sociales, así como el contexto internacional llevará a la conformación del Estado pirenaico.

      Estas condiciones geográficas han resultado determinantes históricamente. Así, según se desarrolla la correlación con las fuerzas adversarias, el centro del poder político propio se situaba al norte o al sur de los Pirineos.

Apartados del libro

      Navarra, Estado europeo contiene cinco apartados, que nos conducen a través de la génesis, institucionalización y desarrollo de la cultura política propia. En primer lugar las grandes imposturas historiográficas, segundo la prehistoria, tercero Vasconia (siglos II a. C. a VIII), cuarto la conformación institucional del Estado europeo de Navarra (siglos IX a XIX) y quinto la negación del Estado navarro (siglos XIX y XX). Las referencias a las partes de la Navarra entera se incluyeron en el libro Navarra, sin fronteras impuestas.

      El choque de la civilización pirenaica con los pueblos celtas se prolonga del siglo VI al II a. C. La llegada de Roma cambia la situación. Los vascones surpirenaicos se hacen aliados de los romanos y van recuperando lo perdido frente a los celtas. Esta situación política se plasma, por ejemplo, en la situación jurídico-política, que se refleja, entre otras, en Tarraga, la ciudad federada a Roma –cuyas ruinas se hallan a cuatro kilómetros de Sádaba–, y en el importante número de civitas existente en territorio vascón, comenzando en el surpirenaico por Pompaelo (Iruña-Pamplona), Calagurris (Calahorra) y Oiarso (Irún).

      Al norte, los romanos tardan casi siglo y medio en ocupar el territorio tras vencer al norte del Garona a los galoceltas. Los éuskaros norpirenaicos (aquitanos) se resisten, pero obtienen de Roma más tarde un reconocimiento político con la Novempopulania separada de los galos.

      Descubrimos ciertas afinidades de los vascones con los romanos en rasgos de la sociología pública y en las instituciones jurídicas de ambos, que pueden estar en el origen de la consolidación socio-política de los vascones a lo largo de los siglos que duró el Imperio romano. Estos puntos de contacto, por aparentemente mínimos que fueran, quedaban visiblemente realzados ante la notable diferencia con la organización política y social de los pueblos llamados bárbaros. Lo que trajo una comunidad de intereses facilitada por la existencia de un enemigo común: primero los celtas, tanto celtíberos como galoceltas, después los germanos.

      El largo conflicto bélico con los visigodos, tras la batalla de Vouillé, inclina el centro de gravedad del poder vascón al norte, donde se consolida el ducado de Vasconia; frente y en el ámbito franco, extiende su territorialidad a los valles del Ebro en su parte alta y a los del Garona, entre los siglos VI, VII y VIII. Desde entonces desarrolla un importante papel en el contexto europeo y como reino independiente con Eudón el Grande de Aquitania.

      Pero, el fortalecimiento y creciente expansión de los francos obliga a los vascones a situar el centro de su poder soberano al sur de la cordillera, en el territorio de Pamplona –siglos IX, X y XI–, cuyo poder, basado en la unidad vascona, vuelve a estar con Sancho III el Mayor, como en tiempo de Eudón el Grande, entre las primeras potencias europeas.

      El expansionismo de los neogodos de León y su antiguo condado de Castilla, a partir del último tercio del siglo XI, obligará nuevamente a buscar un apoyo al norte de la cordillera, pero al poco tiempo la presencia de los ingleses frustrará esta posibilidad, que se verá reemplazada por la posesión de varios señoríos al norte de Francia, primero los de Champagne y luego los de Evreux, durante los siglos XIII, XIV y primera mitad del siglo XV.

      Las presiones de Castilla, unida con la Corona de Aragón, en el último tercio del siglo XV, inclinarán nuevamente a buscar el apoyo al norte de la cordillera, de donde en ese momento ya habían sido desalojados los ingleses, realizando el papel reunificador y director las dinastías gasconas de Foix y Labrit (Albret), que harán posible el mantenimiento de la independencia del Estado europeo de Navarra desde 1470 hasta 1620.

      Se recoge información sobre manifestaciones de la estatalidad  de Navarra tan significativas como las instituciones del Estado, con su sistema jurídico completo, los sistemas de medición propios: monedas, pesas, medidas y calendario, la lengua nacional, los símbolos, la soberanía, la Iglesia «nacional» y la presencia navarra en la cultura universal.

      La última parte del libro se refiere a lo ocurrido tras las conquistas y la consiguiente negación del Estado navarro. Se describen consecuencias como el nacionicidio, lingüicidio, expolio y censura de libros; la participación de la Iglesia en la conquista y dominación de Navarra; el desmantelamiento jurídico, la minoración y la primitivización de la cultura; o el caso de la destrucción del Palacio Real de Pamplona, entre otros expolios del patrimonio.

      Concluye con el capítulo sobre los permanentes esfuerzos de los navarros por recuperar la independencia.

      Se completa el libro con los anexos, la cronología histórica del Estado navarro y la bibliografía.

Frente al olvido

      La realidad política de la existencia del Estado nacional navarro, está suficientemente documentada y cuyos residuos se hallan en los restos de la llamada foralidad actual.

      El origen de la conflictividad hoy existente se halla en las conquistas, que en definitiva, España y Francia realizaron sobre Navarra. La culminación de las conquistas militares se hizo en los siglos XVI y XVII contra un Estado europeo y moderno. De ninguna manera se trataba de la desaparición de un «reino medieval», «reino hispano» o de un «mero cambio de dinastías». Aparte de que el Estado y la sociedad navarra se hallaban plenamente asentadas en la Edad Moderna europea, cultural, social, económica y políticamente.

      La periodización histórica comúnmente consagrada establece la caída de Constantinopla en 1450, en manos de los turcos, como el fin de la Edad Media y el comienzo de la Edad Moderna; para los franceses la boda de Ana de Bretaña con Luis XII de Francia en 1480, aunque algunos lo retrasen hasta 1492 con la conquista de Granada y el llamado descubrimiento de América. La conquista del Estado navarro se culmina en 1620, es decir, 170 años después de la toma de Constantinopla, y 130 años después de la conquista de Granada y de la llegada a América de los españoles. Por tanto la conquista del Estado navarro se produjo en plena Edad Moderna.

      Fue precisamente este hecho, que el Estado navarro fuese un Estado moderno con una sociedad políticamente cohesionada y unas instituciones sólidas, lo que obligó a los conquistadores a tener que soportar, muy a pesar suyo, la existencia de un sistema jurídico, político y social mucho más avanzado y desarrollado que el suyo propio. De ahí que, todavía en nuestros días, quede el funcionamiento de residuos institucionales pertenecientes al Estado navarro: hacienda pública, derecho civil, administración local, etc., que no son creación, delegación o transferencia del Estado español.

      Y esto ocurrió no porque les faltara voluntad y medios para hacer desaparecer todo vestigio de soberanía política, como hicieron en América y Filipinas, sino porque los costes económicos y militares de tal eliminación eran insoportables para ellos. En consecuencia, optaron inicialmente por la estrategia de prometer el respeto de la legalidad navarra y de sus instituciones, viéndose obligados a conformarse sobre todo con el dominio político y militar, no sin permanentes exigencias de integración absoluta.

      El Estado europeo de Navarra es una realidad jurídico política, que solo puede ser negada desde la ignorancia o desde antidemocráticos planteamientos de dominación nacional. La existencia del Estado navarro, no desaparece por la imperialista, antidemocrática y antijurídica imposición, manu militari, de las instituciones provinciales españolas a partir del año 1841. El sistema jurídico del Estado navarro no fue disuelto, desmantelado, o suplantado por acuerdo de los representantes de Navarra reunidos en sus Cortes Generales, sino al contrario, impidiéndoles que se reunieran, por lo que nunca fue decidido por el pueblo navarro, que tampoco fue consultado de cualquier otra forma.

      En estos ciento sesenta años de secuestro del Estado navarro, éste se halla en hibernación y su energía resulta imprescindible para hacer andar a los restos de la soberanía navarra que todavía están en funcionamiento, tras el desmantelamiento de 1841. Entre los que se hallan, su cultura pública, su sociedad civil, la soberanía fiscal, el euskara o el Derecho civil. A pesar de todo, en este largo  cautiverio de siglo y medio, Navarra nunca ha olvidado del todo su condición de Estado europeo, o de Reino europeo, como era reconocida en Europa hasta mediados del siglo XIX.

                                                                   El autor