La falsificación imperialista de Sancho III “El Mayor”

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En estos últimos días los tercios literarios, tras el toque reglamentario, han iniciado una nueva contraofensiva, dirigiendo esta vez sus hoscos arcabuces contra el bien pensado monumento que el Ayuntamiento de Hondarribia (Fuenterrabia) va a levantar al rey Sancho III el Mayor en el centro de lo que fueron sus dominios, desde el Garona hasta el norte de la cordillera ibérica (Garrai-Montes de Oca-Atapuerca), en medio de toda Vasconia, entre la continental y la peninsular.

Sancho III reinaba en un territorio que en más de las dos terceras partes era norpirenaico, siendo el resto la parte más pequeña la surpirenaica, Pamplona (incluida Araba, Bizkaia, Gipuzcoa), Nájera (La Rioja Alta) y las tierras surpirenaicas centrales (Aragón, Sobrarbe, Ribagorza y Pallars). Los musulmanes dominaban la Ribera, incluida Tudela y el Valle medio del Ebro.

En tiempos del citado Rey de Pamplona Sancho III (1004-1034) llamado “El Mayor”, España era musulmana y entonces se adjudicaba el nombre de hispanos a los musulmanes de la península ibérica.

Como se refleja en el Códice de Roda, del año 992, el Reino de Pamplona tenía su propia legitimidad, centralidad y territorialidad circumpirenaica, figurando de manera preferente los reyes de Pamplona y a continuación dependiendo de ellos los condes de Aragón, Pallars y Gasconia. Sin mención alguna a los reyes de León ni al Conde de Barcelona, en cambio sí habla de los condes de Toulouse y cita a los reyes francos. El vasallaje posterior y coyuntural de los condes de Castilla y Barcelona y del rey de León, bajo la protección del rey vascón, no supone una modificación del Reino de Pamplona.

Sancho III gobernaba sobre toda Vasconia, tanto la norpirenaica como la surpirenaica, en esta última con la excepción de las tierras ocupadas por los musulmanes.  En cuanto a que era rey y emperador de España es otra de las imposturas  históricas interesadas.

El Rey de Pamplona Sancho III el Mayor sostuvo una organización jerárquica con una sumisión de Barcelona, Castilla y León a Pamplona, pero sin una idea de imperio medieval, como ha querido ver Ramón Menéndez Pidal. Gran parte del siglo X se desarrolla con la sumisión de León a Pamplona en contraposición de lo sostenido falsamente por la historiografia española sobre una Pamplona como vasalla del supuesto «Imperio» leonés.

Con cierta periodicidad afloran, de forma recurrente, los tópicos historiográficos que constituyen las falsarias bases del folclore político español. Uno de ellos, junto con los de la hispania visigótica, la cuna del español y los reyes católicos, es el supuesto testamento de Sancho III “El Mayor”.

En tan fantástica historiografía se repite como algo básico que los reinos de Castilla y Aragón nacieron por un testamento del Rey de Navarra, Sancho III el Mayor, quien habría dividido su reino al morir. Dicha falsedad repetida desde el siglo XII ha influido en la conformación de dicha creencia absolutamente errónea.

Los historiadores españoles, Ramón Menéndez Pidal y Justo Pérez de Urbel, se convirtieron en adalides de esta patraña. La visión de estos dos autores, como han probado José Mª Lacarra y Antonio Ubieto Arteta, se basa en el examen de una documentación, que no distingue los documentos originales de las copias, los auténticos de las falsificaciones y que en el caso de Justo Pérez de Urbel presenta incluso el fallo de la carencia de una edición crítica de cada texto.

«Lo cierto es -continúa Lacarra- que la tradición jurídica pirenaica -establecida ya en el siglo X por la dinastía de Sancho Garcés- se basaba precisamente en la no desintegración del Reino, es decir, en trasmitir al sucesor todos los territorios. En el Reino de Pamplona territorios distantes como Aragón y Nájera se mantienen bajo las mismas riendas a la muerte de Sancho Garcés I (905-925). Ahora bien, aún cuando el primogénito era el único que heredaba los bienes patrimoniales, es decir, el Reino, con los acrecentamientos que éste hubiese obtenido, el deseo de dotar a los demás hijos había introducido la costumbre de constituirles un patrimonio con bienes territoriales que podían trasmitir a su herederos, aunque sin desvincularlos del Reino, ya que éstos estaban sometidos a la fidelidad debida al Soberano, y los bienes eran tenidos “sub manu” del primogénito».

Sancho III el Mayor no tuvo que adjudicar nada a su hijo Fernando en forma testamentaria, ya que el condado de Castilla lo había recibido éste, en 1029, directamente por los derechos de su tío el «infant» García, derechos que habían correspondido a la madre de aquél doña Mayor.

Concluye Lacarra «Ramiro recibió, en vida del padre (Sancho III el Mayor), unos territorios para gobernar en “tenencia” o por delegación suya, que en parte coincidían con el antiguo condado de Aragón, a los que se agregaron otras tierras y tenencias repartidas también entre Pamplona y Castilla. Pero Ramiro, al igual que se había hecho en el siglo anterior con el supuesto “rey de Viguera”, aún cuando podía trasmitir estos bienes a sus descendientes, quedaba sometido a la suprema autoridad y lealtad de su hermano primogénito García el de Nájera, a quien algún documento designa como “príncipe por la gracia de Cristo en Pamplona”, mientras que a Ramiro y Gonzalo califica sencillamente de “regulos” en Aragón y Sobrarbe. Otros documentos de Pamplona aplican tanto a Ramiro I como a su hijo Sancho Ramírez, el calificativo de “a modo de rey” (quasi pro rege in Aragone), aunque lo normal es que se les dé a ambos el título de rey, según era costumbre en la dinastía pamplonesa dar a los hijos de los reyes».

La primera vez que se recoge la falsa versión del sedicente testamento de Sancho III el Mayor, otorgado entre sus hijos antes de morir, con el reparto de los reinos, es de más de un siglo después de su muerte. Así el supuesto reparto de origen legendario aparece citado inicialmente en la Crónica del monasterio castellano de Santo Domingo de Silos pensando en la contemporánea política exterior del rey de Castilla Alfonso VII, redactada a mediados del siglo XII, después surge en la Crónica Najerense. Tal falso reparto testamentario se precisa interesadamente en la narración que señala lo supuestamente ocurrido tras la muerte de Alfonso I el Batallador, es decir, un siglo después de la muerte de Sancho III el Mayor,  donde se habían fijado entre los reinos de Aragón y Pamplona las fronteras que a su vez también supuestamente había establecido el rey Sancho III el Mayor.

En tiempo de Ramiro I los límites del dominio del Rey de Pamplona incluyen en su interior las comarcas de Arrosta (Ruesta), Petilla y los nacimientos de los ríos Arba de Luesia y Biel. Mientras que Ramiro I, siempre dentro de la unidad del Reino de Pamplona, se adjudica la zona comprendida entre la villa de Martes, al oeste, y Matirero, al este, con los castillos de Cacabiello, Agüero, Murillo y Loarre, al Sur, límites que incluían el viejo condado de Aragón, Sodoruel, Val de Rasal, y el Serrablo. Gonzalo se adjudicó los condados de Sobrarbe y Ribagorza, más la ribera del Cinca y Tierrantona, desde Matirero, al oeste, hasta Llort (Espot) al este, lindero con el condado de Pallars.

Los notables que en Vadoluengo pretendidamente fijaron las mugas entre Pamplona y Aragón en 1135 no la división del Reino, necesitaron dar cierta autoridad a la línea de demarcación que ellos habían decidido, y se la inventaron mediante su atribución a alguna supuesta división hecha cien años antes por el Rey de Pamplona Sancho III el Mayor, ya que habían oído que el gobierno de la tierra de Aragón lo había adjudicado Sancho III el Mayor a su primogénito natural Ramiro. La necesidad de precisar esa muga iba a hacer surgir una supuesta y falsa división de estados cien años antes por Sancho III el Mayor.

Tal supuesta división estaba en relación directa con la política de profunda intromisión seguida por Alfonso VII de Castilla, el autoproclamado Emperador, con respecto a Pamplona y Aragón, política que culmina tras una larga guerra con la separación en dos reinos en 1150. Unieron el mito de la separación con las leyendas épicas que hablaban de un supuesto adulterio de la esposa de Sancho III el Mayor, Dª Mayor. Así se sostenía que la división se produjo en igualdad de circunstancias, todos los hijos serían reyes, en reinos distintos, algo que es absolutamente falso.

Sin embargo, los documentos existentes demuestran con toda precisión que Sancho III el Mayor no dividió el Reino, que quedó en su totalidad bajo el dominio de su primogénito legítimo García el de Nájera.

El monarca navarro Sancho III el Mayor no repartió la «potestas», el mando, el gobierno sobre esos territorios.  Se confunden dos conceptos como son el «territorium» y la «potestas». Sancho III el Mayor podía dar sus tierras como dueño particular de las que tuviere en Aragón, desde Vadoluengo hasta Matirero, sin dar por ello la «potestas» que como rey tenía sobre esas tierras.

Al morir Sancho III el Mayor, García el de Nájera se encontraba en Roma; en Castilla Fernando continuó sus funciones administrativas como Conde, bajo la «potestas» del rey de Pamplona su hermano Garcia; igualmente en Aragón, Ramiro se encontró en las mismas circunstancias, como dueño de unas tierras, pero supeditado al rex Garcia el de Nájera.

Hoy en día, en cuanto los que ostentan el poder cultural deciden tocar cualquier punto de la cultura dominada de Navarra, surge el esperpento y se descubre la impostura. Hace un par de años fue la cacareada “reforma de las humanidades” presentada a bombo y platillo en el Monasterio de San Millán, pues se basaban en la supuesta cuna del idioma español, falsedad que pronto quedó a la vista. Ahora de nuevo vuelven a la carga con el imaginado agravio al “emperador” Sancho III el Mayor.

Estos gobernantes tienen un irresoluble problema, pues toda su cultura política descansa sobre las arenas movedizas de una gigantesca impostura. Dicha debilidad les lleva a adoptar actitudes en lo histórico-cultural, dogmáticas,  autoritarias y agresivas.

Tomás Urzainqui Mina