De la inanidad de la autonomías a la soberanía del Estado propio

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De la inanidad de las Autonomías a la soberanía del Estado propio

          No nos referimos a la Navarra recortada, a la ahora llamada Comunidad Foral, sino a la Navarra entera. La minorización actual de Navarra, trascendiendo a  su sociedad, es consecuencia de las conquistas militares que ha padecido el Estado navarro, acompañadas de largos procesos de nacionicidio, lingüicidio, colonización, primitivización y marginación, que han traído el actual resultado de la Navarra “motza”, recortada, domesticada, acartonada, mojigata, oscura, provinciana, sectaria, caciquil y dominada, tanto física como espiritualmente, que no tiene nada que ver con la Navarra plena, entera, plural, democrática, culta, rica, integradora, soberana, generosa y libre.

             Pero atención, cuando estamos hablando de Navarra nos estamos refiriendo a toda la comunidad cultural propia, ya que Navarra es la manifestación de su sociedad  nacional, o nación política. Navarra y Euskal Herria, valga el reiterado símil, son las dos caras de la misma nación, la política y la cultural, respectivamente. Siempre que utilizamos el concepto navarra o navarro, nos referimos al contenido político; así la sociedad navarra, ciudadanía navarra, Navarra, Estado navarro, Reino de Navarra. Por lo tanto la minoración política de Navarra, hace referencia a la Navarra marítima -bizkaina, alavesa y gipuzkoana-,  a la Navarra norpirenaica, a la Navarra aragonesa, o a la Navarra riojana.

             Tan Navarra recortada son los llamados “Estados vascos”, como  el “irurak bat”, el “laurak bat”, el “zazpiak bat”, el “seiak bat” o la llamada actual Navarra, pues son fruto de los procesos nacionalicidas expuestos. No saldremos de esta cortedad, si no nos libramos de las ataduras que se han entretejido durante la dominación, lo que sólo es posible en la soberanía del Estado propio, el Estado navarro..

          Si a nivel social amplio, no tenemos unas esenciales referencias comunes, es prácticamente imposible que los trabajos sectoriales, las acciones parciales, realizando remiendos,  tanto como el calor de las generosas reivindicaciones, -en suma las actitudes forzadas por la necesidad imperiosa de apagar fuegos- se convierten en labores de esfuerzos gigantescos y frutos más bien mínimos,  y todo ello por  que se ofrecen  descontextualizados y son fácilmente arrollados por el sistema de la nación dominante y sus poderes conexos, cuando no son convertidos en involuntarios complementos del poder imperialista. En cambio, si sabemos descubrir el dibujo del edificio general, que no unitario,  donde realmente se ubica la sociedad sobre la que queremos tratar, luego serán mucho más eficaces los planteamientos puntuales, pues la cuidadanía sabrá valorar la importancia que tienen para el mantenimiento del conjunto donde reside esta sociedad concreta. Se trata de reencontrar el poder nacional para conseguir el bienestar para los ciudadanos en su propio Estado, ante los poderes reales de los Estados gran-nacionales, que se visten constantemente de retórica globalizante y seudo moderna para desposeer a las comunidad nacional dominada del auténtico poder.  No se trata únicamente de una aculturación, sino también de una suplantación de la centralidad social y política.

           Nos centramos en el ámbito de la cultura política, no en una mera disquisición de historia  y de filosofía jurídica. El cual, en este caso, además de haberse desarrollado durante  muchos siglos de independencia, también se ha visto obligado a sobrevivir bajo el dominio político de varios Estados.

            Las fuentes documentales especialmente en el caso de la carta del Emperador romano Honorio, enviada a Pamplona en el año 408, y en la genealogía del Códice de Roda, de hacia el año 992 según Lacarra, reflejan un realismo histórico, que sobresale, todavía más, como una firme isla en medio de las turbias aguas de las leyendas que conforman los orígenes historiográficos de las naciones vecinas expansionistas. La existencia de dichos documentos no es algo anecdótico o meramente casual, sino que son claves objetivas de la fundamentación del poder político, de su legitimación y centralidad en el caso de Navarra. Así como, que durante seiscientos años (408-992) hubiera sido la carta de Honorio utilizada como documento justificativo y fundamento en manos de los dirigentes políticos de Pamplona, precisamente en el periodo histórico  denominado tardo-antiguo; da fe incuestionable de la clara conciencia de su ser político, y su diferencia política y de intereses con respecto a las nuevas realidades políticas cincundentes.

             Es un reto proporcionar todo lo más importante que tenemos a nuestro alcance para conocer el ser de la Navarra entera, construida contra viento y marea, por decenas de generaciones de una comunidad ansiosa de libertad.

           Las pesadas losas de la desinformación y de la taimada tergiversación ocultan una realidad palpitante. La existencia de la nación navarra, que es todavía omnipresente a pesar de las desproporcionadas presiones, seculares e intensas, para hacerla desaparecer,. La publicación de estos libros va dirigida a descubrir una visión de la Historia, hasta ahora aquí, demasiado permisiva y contemplativa con los clichés solidamente establecidos, fabricados para justificar los planteamientos políticos dominantes. Se trata de descubrir con la máxima solidez científica posible, el hilo conductor de la historia de la cultura política de Navarra.

           Adrián Hastings en su reciente libro “La construcción de las nacionalidades” demuestra que en la mayor parte de los casos la nación es anterior al nacionalismo, al contrario de lo que sostienen los llamados modernistas Eric Hobsbawm, Benedict Anderson y Ernest Gellner, entre otros. Asimismo sostiene que la nación-Estado no nace en 1.789, como dogmatizan los citados modernistas, sino que su origen en algunos casos se remonta a la llamada Edad Media, como es el caso de Navarra.

             No se trata de “particularismos” ni de “sanos regionalismos” como torticeramente pretenden desde los Estados ocupantes. Ante nosotros aparece un organismo vivo, el verdadero “leviatán”, cuyas células se renuevan continuamente y que, a pesar de hallarse ahora convaleciente,  tras padecer un largo cautiverio, manifiesta una sorprendente vitalidad ansioso de volver a ser libre.

            La cordillera pirenaica al ser paralela al ecuador se convierte en el núcleo vertebrador del poblamiento para las poblaciones situadas al norte y al sur de la misma. La complementariedad de sus hábitats y recursos favorece el asentamiento y la relación humana de las dos vertientes. Estas condiciones geográficas resultan históricamente determinantes. Así, según se desarrolla la correlación con las fuerzas adversarias, el centro del poder político propio se situaba al norte o al sur de los Pirineos.

             Para la época inicial del primer milenio antes de C., con los datos de que disponemos, podemos afirmar que ante la fuerte penetración en las llanuras aquitanas de los pueblos celtas el poder de los pueblos euskaros se reagrupa al sur de los Pirineos, hasta la cordillera  que separa el valle del Ebro del Duero y la mantienen precariamente en permanente enfrentamiento con los invasores. El choque de la civilización pirenaica con los pueblos celtas se prolonga durante siglos, acrecentando su crudeza a los últimos cuatrocientos años hasta la llegada de los romanos.

             La llegada de Roma cambia la situación, los vascones surpirenaicas se hacen primero  aliados y luego romanos sin dejar de ser vascones, y van recuperando lo perdido frente a los celtas. Esta situación política se plasma en el estatus jurídico político que se ve reflejado por ejemplo en la existencia de Tarraga, ciudad federada a Roma y en el resto de las civitas romano-vasconas. Al norte, los romanos tardan casi siglo y medio en ocupar el territorio después de vencer a los galoceltas. Los euskaros norpirenaicos se resisten, pero obtienen de Roma más tarde un reconocimiento de su diferencia con La Novempopulania.

           Descubrimos  entre romanos y vascones ciertas afinidades en rasgos de la sociología jurídica de ambos, que pueden estar en el origen de la consolidación de los vascones a lo largo de los siglos que duró el Imperio romano. Estos puntos de contacto, por aparentemente mínimos que fueran, quedaban visiblemente realzados ante la notable diferencia con la organización social de los pueblos celtas. Lo que trajo una comunidad de intereses facilitada por la existencia de un enemigo común: los pueblos celtas, tanto iberos, galos como celtíberos.

          Dos procesos de urbanización sobresalen: el primero con las civitas, o municipalización romana; el segundo, mil años más tarde, con los burgos. Ambos episodios presentan diferencias y semejanzas, pero su  influencia fue decisiva.

             El largo conflicto bélico con los visigodos, tras la derrota de estos en la batalla de Vouillé, inclina el centro de gravedad del poder vascón al Norte, donde se consolida el ducado de Vasconia, reino independiente con Eudón el Grande de Aquitania que extiende su territorialidad al valle del Ebro en gran parte y del Garona en su totalidad, siglos  VII y VIII.

             El fortalecimiento y expansión de los francos en la segunda mitad del siglo VIII obliga a los vascones a situar el centro de su poder soberano al sur de la cordillera en el territorio de Pamplona, siglos IX, X y XI, cuyo poder con Sancho III el Mayor vuelve a ser como en tiempo de Eudón el Grande una de las primeras potencias europeas.

             El expansionismo de los neogodos de León y Castilla a partir de finales del siglo XI, obligará nuevamente a buscar un apoyo al norte de la Cordillera, pero al poco tiempo la presencia de los ingleses frustrará esta posibilidad, que se verá políticamente compensada por la posesión de los reyes de Navarra de varios feudos al norte de Francia, primero Champagne y luego Evreux, durante los siglos XIII, XIV y primera mitad del siglo XV.

             La unión entre Castilla y la Corona de Aragón y su presión por el Sur, obligarán nuevamente a buscar el apoyo o contrapeso al norte de la Cordillera, pero para este momento ya habían sido desalojados los ingleses de Gascuña, realizando el papel director las dinastías gasconas de Foix y Labrit (Albret) que posibilitarán el mantenimiento de la independencia durante casi dos siglos de 1460 a 1620.

           La realidad política de la existencia  del Estado nacional navarro, está suficientemente acreditada y cuyos residuos se hallan en los restos de la llamada foralidad actual.

           El origen de la conflictividad existente se halla en las conquistas, que en definitiva, España y Francia realizaron sobre Navarra. Las conquistas “manu militari” se hicieron contra un Estado europeo y moderno. De ninguna manera se trataba de la desaparición de un “reino medieval”, “reino hispano” o de un “mero cambio de dinastías”. Aparte de que el Estado y la sociedad navarra se hallaban plenamente asentadas en la Edad Moderna europea, cultural, social, económica y políticamente.

           La periodización histórica, comúnmente consagrada establece la caída de Constantinopla en 1453, en manos de los turcos, o la invención de la imprenta en 1.460, como el fin de la Edad Media y el comienzo de la Edad Moderna; para los franceses la boda de Ana de Bretaña con Carlos VIII de Francia en 1491; pero algunos lo retrasen hasta 1492 con la conquista de Granada y el llamado descubrimiento de América. Sin embargo la conquista del Estado navarro se culmina en 1620, es decir, 170 años después de la toma de Constantinopla, y 130 años después de la conquista de Granada y de la llegada a América por los españoles. La conquista del Estado navarro se produjo pues en plena Edad Moderna.

           Fue precisamente este hecho, que el Estado navarro fuese un Estado moderno con una sociedad consciente de si misma, unas instituciones sólidas y un Derecho propio, lo que obligó a los conquistadores a tener que soportar la existencia de un sistema jurídico, político y social, más avanzado y desarrollado que el suyo propio. De ahí el funcionamiento todavía en nuestros días de residuos institucionales (Fueros) pertenecientes al Estado navarro: hacienda pública, derecho civil, administración local, etc., que no son propiamente creación, delegación o transferencia del Estado español.

           Y esto ocurrió no porque les faltara voluntad y medios para hacer desaparecer todo vestigio de soberanía política, como hicieron en América y Filipinas, sino porque los costes económicos y militares de tal eliminación eran insoportables para ellos. Como consecuencia optaron por la estrategia de prometer el respeto de la legalidad navarra y de sus instituciones, viéndose obligados a conformarse con el dominio político y militar, no sin permanentes exigencias de integración absoluta.

           La visión religiosa o sacralizada de la historiografía española y su influencia en los planteamientos políticos y en las leyes es patente. Existe una dogmática de la intangibilidad de los considerados principios fundamentos de la nación española. Se analizan las imposturas historiográficas sobre la unidad de Hispanía, la reconquista, la llamada división del Reino por Sancho III el Mayor, los mitos del Imperio Leonés y de Castilla…

           Es preciso contemplar con cierta separación la visión sociológica, la histórica y la jurídica. Por obedecer cada una de ellas a técnicas y tiempos diversos. Así el tiempo jurídico es algo más pausado que el también convencionalmente llamado histórico. Las instituciones jurídicas evolucionan de forma mucho más lenta que el precipitado acontecer histórico.

           La política que desarrolla actualmente el nacionalismo del Estado español  además de inventar la nación, es mostrarse muy agresivo para poder forzar la existencia de una identidad sociológica basada en el enfrentamiento a los nacionalismos periféricos. Estamos viviendo una guerra sucia, donde todavía existe la pena de muerte, cuyo objetivo, oculto pero real, es la creación y reforzamiento de identidades sociológicas.

           El proceso de recuperación de la soberanía, no se puede confundir con la inanidad autonómica. Son antitéticos. El soberanismo rompe con la legitimidad del Estado extranjero dominante y en práxis soberanista, intrínsecamente democrática, ejerce y recupera la estatalidad propia. En cambio el autonomismo no cuestiona la legitimidad, la centralidad y la territorialidad del Estado gran-nacional ocupante.

           Los derechos sociales, económicos, culturales y políticos de los navarros no se hallan garantizados por las frívolas soluciones autonomistas, únicamente con la soberanía pueden ser suficientemente ejercidos y tutelados. Soberanía, tanto individual de cada uno de los ciudadanos como colectiva del conjunto de la sociedad, cuya garantía se halla en la Constitución del propio Estado navarro.

           Aún siendo víctimas de todas las violencias, de todas las mentiras y de todos los odios, y sufriendo todas las manipulaciones, ocultaciones e ignorancias, nos queda la verdad desnuda como abrigo y argumento.