Autonomía versus soberanía

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La búsqueda de la paz es una actividad por la que merece la pena comprometerse, sobre todo en el caso de los miembros de la sociedad subordinada. La pervivencia del llamado conflicto político, no se debe a problemas identitarios o constitucionales, sino a la situación de subordinación que padece la sociedad a la que se le niegan, de forma sutil o airada, sus derechos.

La autonomía trata del gobierno de lo propio, pero  sin que se reconozca la existencia de la sociedad diferenciada, mantenida de forma dependiente e integrada bajo un poder ajeno, considerado superior e intangible. Es decir, la autonomía se inscribe en el ámbito interno del Estado ajeno dominante y se halla, de forma antidemocrática,  subordinada al poder estatal de la sociedad soberana no propia. La autonomía trata en la práctica de obviar la justa solución a la problemática autodeterminativa, que siempre es soberanista.

Por el contrario, la soberanía no admite a un poder superior que la subordine. La soberanía se basa en la libertad de decisión de una sociedad no condicionada por otra, lo que hace posible la democracia. Ese es precisamente el sentido que tiene el principio constitucional navarro, anteriormente citado, “para hacer posible la libertad de los ciudadanos, que el Estado sea libre”, significado que completa el contenido del mensaje: ”pro libertate patria gens libera state”, “para que el Estado propio continúe libre, que los ciudadanos sean libres” y viceversa.

La soberanía es la libertad de la sociedad, por la que tiene la capacidad de no ser dominada por otra y de vivir según las reglas que se da a sí misma. No existe soberanía si el Estado propio no es libre, por que una potencia extranjera le dicta sus leyes. No hay democracia sin sociedad soberana. Estas consecuencias tienen su causa en la injusta guerra de conquista, ocupación y depredación del Estado europeo de Navarra, durante ochocientos años, a manos de Castilla-España y Francia.

La Unión Europea algún día llegará a descansar sobre la plural y diversa soberanía de su ciudadanía,  pero antes deberán efectuarse importantes cambios en los Tratados europeos, ya que el actual acervo jurídico europeo hace posible la existencia de situaciones de desigualdad y subordinación, que injustamente padecen sociedades dominadas por otras. Por ello, Irlanda, Navarra (Euskal Herria) o Escocia, entre otras, son problemas políticos nivel europeo.

Las diferencias que se aprecian en los procesos de Irlanda y Navarra (Euskal Herria) se explican por las diversas concepciones que en los respectivos ámbitos se dan de la soberanía. Así, por un lado, mientras la Europa occidental continental está poseída por una esencia absolutista-católica-jacobina, la concepción existente en las islas británicas emerge de una construcción nacional-democrática-protestante. En sus raíces el discurso político en Francia y España, no descansa sobre las mismas bases político  filosóficas que las de las islas británicas. Ello influye en que los comportamientos de los agentes sociales y políticos, en ambas zonas, difieran notablemente.

De ahí que, dentro del área de influencia anglosajona, en Sudáfrica, Irlanda o Canadá, sale adelante el mutuo reconocimiento para dialogar de igual a igual y resolver los problemas. En cambio, observamos que, el Reino de España y la República Francesa, en lo referente al reconocimiento de los derechos civiles y políticos, o a la soberanía de las diferentes sociedades, tienen en la práctica el lastre de unos principios y comportamientos muy alejados con respecto a los del ámbito que fue británico. Un ejemplo paradigmático es qué hubiera pasado con Gandhi, si en lugar de en la India británica, su actividad pacifista se hubiera desarrollado en la Cuba o las Filipinas españolas.

Este asunto de la soberanía es el más serio que tiene pendiente esta ciudadanía. La territorialidad política sólo es un atributo de la sociedad soberana y de su estatalidad. Los territorios, arbitrarias particiones fruto de los Estados dominantes, español y francés, no deciden, ni tienen derecho a decidir, es la sociedad en su conjunto la que puede hacerlo. La soberanía es el faro cuya luz  indica, si se camina en la dirección correcta en igualdad, justicia y democracia.

La diferencia entre soberanía y autonomía es insalvable. La escalera soberanista y la autonomista no son intercambiables. La escalera soberanista conduce a la soberanía, la escalera autonomista lleva a la autonomía. Para no dar palos de ciego, esta sociedad tiene la necesaria legitimación de su propia soberanía y el referente de la estatalidad en Europa, anterior a fechas como 1200, 1512 o 1620.

El proceso soberanista se distingue claramente del autonomista. El ejercicio del derecho a decidir de una sociedad, implica el reconocimiento de la misma, de su existencia y de su soberanía para actuar. Es decir, el paso de la autonomía a la soberanía nunca se podrá dar a través de la ley del Estado impostor dominante. Son escaleras diferentes no existen peldaños comunes. Los peldaños de la escalera de la autonomía, sólo traerán autonomía, por no reconocer que la sociedad está dominada y tiene capacidad de regirse únicamente por las leyes que ella decida.

Pretender alcanzar la soberanía y, a la vez, practicar la autonomía, es cuando menos incongruente. La autonomía tiene su fin en sí misma, dentro del sistema estatal dominante. La autonomía es contradictoria con la soberanía. La soberanía nace del derecho humano a ser libre y a decidir libremente, por lo que no es compatible con la autonomía.

En primer lugar, lo más necesario es asentar los derechos soberanos, políticos y civiles, de los ciudadanos. La autonomía no es un paso intermedio para llegar a la soberanía. No se puede posponer el ejercicio de la soberanía a un futuro. La mera acción de retrasarlo ya implica una decisión, que tiene consecuencias directas en el sujeto, obviando su existencia libre y su capacidad de no estar subordinado a otro.

La naturaleza del problema es interestatal, la solución también lo es. El diálogo tiene que ser interestatal e intersocial. Es decir, entre Estados y entre sociedades soberanas, siempre con el respeto y reconocimiento mutuo. Por ello, la práctica soberanista es inseparable del referente de la recuperación estatal y del abandono del pensamiento autonomista. La soberanía sólo se recupera con soberanía. En cambio la autonomía, es intraestatal, se concibe como un problema interno de un Estado.  La subordinación es hoy el enemigo a combatir. La actitud subordinacionista es el mayor peligro para la libertad y la soberanía, tanto individual como colectiva.

Del gran número de batallas que se ve obligada a librar la sociedad dominada, hasta liberarse de la impuesta subordinación, unas se pierden y otras se ganan. Las tácticas son diferentes y deben ser continuamente mejoradas, pues para que las victorias sean reales, deben ser actos sociales de soberanía, hasta llegar a la definitiva recuperación plena.

En el proceso de recuperación de la soberanía pueden surgir ámbitos de autonomía, que en un gran número de veces pueden resultar negativos para el proceso soberanista, pues lo anulan o sustituyen, pero que en algunas ocasiones suponen una solución temporal, y sólo utilizable como mal menor, en el único camino liberador que es el de la soberanía.

Las tácticas soberanistas desarrolladas por la sociedad dominada, ya sea en los campos político, cultural, social o económico, pueden conseguir victorias que consoliden y desarrollen el proceso soberanista hasta alcanzar su objetivo, o por el contrario resultar derrotas, que se convierten en minoraciones culturales, particiones territoriales, expoliación económica o subordinación autonómica.

El actual significado del Estado

El histórico Estado europeo de Navarra es aquí, en los últimos mil años, la  estructura jurídico política soberana, propia de los vascos. Es decir, la estatalidad de Euskal Herria. No me voy a alargar ahora sobre sus diferentes estadios estatales, y por ello me remito a los trabajos ya publicados, especialmente, “La Navarra marítima”, “Navarra, sin fronteras impuestas”, “Navarra, Estado europeo” y “Soberanía o subordinación”.

Creo que ahora es más urgente profundizar sobre el actual papel del Estado, relacionado sobre todo con la sociedad civil, la garantía de los derechos  (políticos, económicos y culturales), individuales y colectivos, y la soberanía ciudadana. Que no tiene nada que ver con el de guardianes del esencialismo identitario, al que se van reduciendo los Estados gran-nacionales, como el español y el francés.

Tomás Urzainqui Mina