La necesidad de soberanía en el sistema educativo

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Artículo para la revista “HIK HASI”, en su sección Galdeidazue

Cuestiones inquietantes

Todos somos muy majos y majas, pero nadie se ha dado cuenta que, el Estado independiente de todos los vascos es Navarra, que todos los vascos somos navarros, que fuimos conquistados violentamente por los españoles y franceses, que sin soberanía nuestra sociedad, tanto individual como colectivamente, no puede ejercer democráticamente sus derechos políticos, culturales, sociales y económicos.

¿De quién es el sistema educativo?

A quién sirve realmente el sistema educativo. Ha sido el Estado gran-nacional conquistador de nuestro País, el que ha organizado la educación general como el principal medio para fabricar “sus ciudadanos nacionales”. A través de las diversas formas de gobierno, monarquía “liberal”, repúblicas, dictaduras, como en la actualidad, siempre ha tratado de homogeneizar las ciudadanías, disolviendo las sociedades dominadas en la sociedad dominante, titular del Estado, que permanece.

¿Hay autocensura?

En primer lugar es muy significativa la censura, a menudo autocensura, de estos temas en el sistema educativo. Sistema que está muy lejos de ser el nuestro. La mano de quien retiró las preguntas del panel del centro educativo, aún pudiendo ser inconsciente, es un fiel instrumento de la verdadera, aunque más o menos oculta, labor alienadora hacia los alumnos y docentes, para que esta sociedad se olvide, o no se de cuenta, que está subordinada a otra.

Si queremos que desaparezca la autocensura, es preciso que dejen de intervenir sobre las personas numerosos elementos distorsionantes, perfectamente programados y planificados.

Uno de los efectos más pernicioso y palpable, del nacionicidio es,  precisamente, que el mismo se ha convertido en lo aparentemente normal y natural, como lo es el constante ocultamiento y el miedo imbuido a conocer la historia de Navarra; la privación y sustitución de su sistema jurídico y de su derecho nacionales; la persecución de la lengua vasca, que es la propia, o lingüicidio; la destrucción del Patrimonio, que en realidad es la eliminación física de la memoria colectiva.

Así el nacionicidio se convierte en lo habitual, en lo que se continúa soportando todos los días, como algo que una fuerza intangible obliga a que los hechos sean de esta manera y no de otra diferente. Se fomenta un miedo difuso, pero omnipresente y eficaz, a conocer la verdad. La sociedad vasca no podrá ser sana y libre, tanto colectiva como individualmente, mientras no sea consciente de que es víctima y objeto pasivo de un nacionicidio continuado.

La planificada supremacía del castellano.

A la vez que se preparaba la conquista de Navarra, ya existían los planes para la creación de una Navarra virtual española que, bajo la hegemonía castellana, fuera la negación de la sociedad dominada. Así, Nebrija argumentaba que su gramática serviría para castellanizar a los navarros, que entonces eran vascoparlantes prácticamente en su totalidad y parcialmente bilingües con respecto al romance navarro.

La dicotomía de la sociedad subordinada, puede hasta enseñar “en nuestra escuela”, en euskara, por profesores majos, pero los espacios abiertos (la calle, el patio) son para la lengua castellana o francesa dominante.

El lingüicidio es una forma de etnicidio que consiste en la eliminación de la lengua nativa de una población. Hoy, procuran evitarse las técnicas puramente represivas -destrucciones, prohibiciones y castigos-, que han sido profusamente empleadas, porque pueden ser denunciadas como contrarias a los Derechos Humanos. Por ello, los Estados gran-nacionales aplican la enseñanza obligatoria de su lengua oficial que imponen a la nación dominada. Así, las consecuencias de la instrucción obligatoria se extienden indistintamente tanto a las poblaciones autóctonas como a las inmigradas.

La ocultación de la existencia de una sociedad política con su Estado propio.

Desde las conquistas, los interesados en la dominación tratan de imponer una Euskal Herria hecha a su medida, para ocultar a la Euskal Herria real. El esperpento es el modelo al que todos debemos adaptarnos, si queremos ser ciudadanos e incluso personas. El choque de lo virtual con la realidad es permanente y traumático, lo camuflan anatematizando la realidad, negándola o eliminándola.

Si los documentos reflejan la realidad en abierta contradicción con la prefabricada historia, entonces ocultan los documentos, se malinterpretan, se tragiversan, se sustraen e incluso se destruyen. Si los libros descubren la impostura de la historia virtual entonces se esconden, se secuestran o de manera más o menos sutil se persigue y condena a sus autores al ostracismo.

Si aparecen restos arqueológicos o monumentos, son interpretados desde las reglas de medir de la historia virtual, sacrificando las pruebas evidentes de la realidad, a las necesidades de la impostura.

Los libros que se utilizan en el sistema educativo, ¿son realmente nuestros?, ¿reflejan la verdad, la realidad, o lo que otros quieren que se recoja?.

La soberanía educativa

Sin soberanía la enseñanza pertenece, en la práctica, al ámbito del interés de la sociedad dominante, quedando subsumida en la relación de desigualdad entre las sociedades soberana y subordinada. Por ello, lo público y lo privado, sólo es ciertamente público y privado en una sociedad soberana.

Los modelos educativos autonómicos no responden a los derechos de sociedades diferentes, sino que son transmisores de los programas de enseñanza confeccionados para garantizar las esencias identitarias hegemónicas de las sociedades dominantes, española o francesa, organizando con ese fin lo referente a la red, personal, programas, formación y control del funcionamiento.

Los alegatos empleados son simples y reiterativos. Así la escuela nacional francesa, según sus valedores, sería pública, mientras que el sistema que supone la red de iniciativa social de las ikastolas sería privado. Interesadamente, se ciñen a dichos conceptos con sus significados estrictamente jurídicos o administrativas, cuando en la práctica quedan desnaturalizados, al entremezclarse los ámbitos de las respectivas sociedades y sus diferentes culturas, que además se hallan en planos políticos de manifiesta desigualdad. Y ocultan que dicha escuela francesa, nacional y republicana, aunque enseñe euskara, puede responder a intereses tan privados para la sociedad de la Navarra norpirenaica como un colegio inglés en París.

Es preciso conocer la premisa del interés de esa cultura dominante, que efectivamente podrá ser público en el ámbito territorial de su propia sociedad, pero que se convierte en un interés privado cuando se introduce en el seno de otra sociedad diferente y además subordinada. En este caso, esa escuela llamada pública se puede transformar en la escuela particular de la sociedad hegemónica, la francesa o la española, con la clara pretensión de imponerla a otra sociedad, generalmente dominada.

Los agentes y movimientos sociales que se ven obligados a utilizar indistintamente las estructuras «públicas» o «privadas» que pertenecen al Estado gran-nacional y a su sociedad dominante, han conseguido lo que hoy tenemos, por su conciencia, e independientemente del ámbito donde trabajen. Lo verdaderamente importante es que todos los colectivos, supuestamente de lo «público» o de lo «privado», que se sienten pertenecer a esta sociedad dominada trabajen juntos (sin corporativismos, protagonismos o partidismos) por una escuela realmente libre que enseñe nuestra verdadera cultura inserta en la universal, frente a los graves impedimentos que a ello interpone el hegemonismo cultural y de todo tipo del actual aparato estatal gran-nacional y su sociedad dominante, nunca neutrales, pues aunque lo pretendan ocultar son absolutamente beligerantes en su defensa.

La territorialidad.

El problema de la unidad territorial nos obliga a estudiar la distorsión que entre nosotros ha tenido el pensamiento nacionalista vasco más extendido, al hacer caso omiso de la existencia multisecular y europea de la arquitectura estatal de los vascos. El Estado europeo de Navarra, primero como reino de Pamplona, establa plenamente legitimado como sujeto político en las relaciones internacionales; sin que jamás lo hayan estado las porciones territoriales disgregadas del mismo mediante la fuerza.

La territorialidad fue una concreción política que Navarra, el Estado de los vascos, ya tenía pero que en los territorios que le fueron arrancados por conquistas se quebró, como consecuencia de la fuerte dominación de otros sistemas jurídicos desde entonces superpuestos. Ello hizo que los despojos del Derecho propio quedaran supeditados e inerme, y en su mayor parte compelidos al ámbito reducido de lo consuetudinario y lo privado. Fue siglos después de la pérdida de la independencia, cuando se fueron configurando las tres provincias occidentales Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, tal y como hoy las conocemos. Por lo tanto, la ruptura de la unidad territorial es fruto única y exclusivamente de una conducta antijurídica, violenta, contraria al “ius gentium” y quebrantadora de todos los tratados internacionales.

El territorio es el soporte físico donde se ejerce la jurisdicción por el Estado. El sistema jurídico estatal exige la territorialidad. En el Estado europeo de los vascos que es Navarra, se hallaba en vigor el “ius soli”; así nuestro Código Civil, o Derecho privado, se aplicaba en todo el territorio y lo mismo ocurría con el derecho público.

Los intereses económicos y estratégicos del Reino de Castilla le llevaron el año 1200 a conquistar los puertos marítimos del Reino de Navarra. El objetivo era evidente absorber las industriosas villas y ciudades de la Navarra marítima para ampliar la fachada atlántica de Castilla, que hasta entonces sólo tenía una parte de la actual provincia de Santander, pues Asturias y Galicia formaban parte entonces del Reino de León. Para aquella época Inglaterra ya se había apoderado de Irlanda y Gascuña.

La Corona de Castilla fortaleció más tarde su estrategia de dominación en las nuevas posiciones adquiridas por la fuerza en la Navarra marítima, consintiendo la foralidad particionista y provinciana de esos territorios para obtener el sometimiento y de paso impedir el agravio comparativo con el resto de Navarra. Esta política se desarrolló principalmente para favorecer la partición territorial y como balladar contra el Estado vasco de Navarra.

La ciega apreciación de las realidades jurídico-administrativas divididas en dos Estados, es fruto de considerar a las “siete provincias” como las estructuras territoriales originarias y no como lo que son realmente: la arquitectura provincial de la dominación extranjera sobre el Estado de los vascos, fruto de las conquistas militares, particiones arbitrarias y sumisiones impuestas.

No se conformaron con dar por buenos esos errores de apreciación histórica, sino que, dando rienda suelta a la imaginación construyeron el mito de los “Estados Vascos”, como premisa de las engañosamente justificadoras teorías político-pactistas. Así, la falsedad consiguió cerrar el círculo: “Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, como Estados soberanos, habían pactado, de igual a igual, de potencia a potencia, con España, su voluntaria entrega”. Planteamiento desquiciado, que en la práctica ha tenido un efecto disgregador y secesionista dentro de nuestro País, que en el colmo de la fantasía fue considerado como fundamento del “primitivo nacionalismo”.

La apisonadora que crea la idea virtual de Navarra se encuentra  con el apoyo de teóricos del gran-nacionalismo, que, como Renan, dicen que “olvidar y me atrevo a decir malinterpretar la propia historia, son factores esenciales en la construcción de una nación”. La construcción virtual necesita simplificar el camino y por ello proyecta al pasado rasgos personales e instituciones actuales como el único legado patriótico.

La tendencia de colaboración con la monarquía hispánica de los Austrias y Borbones, recogida entre otros por Julio Caro Baroja en su obra La hora Navarra del sigo XVIII es similar a la que practicaron ciertas élites  griegas dentro del Imperio turco, que ejercían de forma decisiva su actividad comercial, industrial y administrativa en los máximos puestos del poder otomano, pero que en el siglo XIX, con el inicio de la emancipación griega, perdieron dicha influencia de inmediato.

La carencia de derechos políticos

Las libertades y los derechos políticos son lo más importante que tiene una sociedad, pues de ahí derivan todos los derechos humanos (culturales, sociales, económicos y democráticos). Una sociedad subordinada a otra, no es soberana y por tanto no tiene democracia. De ahí que nuestra sociedad debe recuperar su soberanía, para ello necesita de su Constitución y de su estatalidad propia.

La sociedad vasca hoy no puede ejercer su soberanía por hallarse subordinada a la sociedad española y a su Estado. Nos hallamos ante un conflicto cuyo origen histórico es político y cuyo reconocimiento debe suponer el inicio de la necesaria recuperación de la soberanía. Las claves para descubrir la salida al contencioso hoy planteado se encuentran en la actual negación del Estado navarro y en la carencia democrática que conlleva. Por un lado, la estatalidad navarra minorizada –con su sistema jurídico suplantado, “consuetudinizado” y primitivizado, en lo que se llama “foralidad vasco-navarra”-, representa el resultado del fraude político recibido; por otro, está el fracaso “democrático” actual. Si realmente se quieren solucionar los problemas que afectan profundamente a la democracia, y aún a la pacífica existencia de todos, se deberán tratar conjuntamente ambas limitaciones fundamentales a los derechos democráticos, es decir, la negación del propio Estado navarro y la carencia democrática.

Tomás Urzainqui Mina

Pamplona-Iruñea, 2006-2-10