Recuperar la palabra

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En Pamplona los adversarios del referéndum sobre las obras de la Plaza del Castillo han descubierto sus cartas, pues ya no les guía tanto la supuesta bondad del Proyecto como ante todo la inmovilidad a ultranza de sus principios políticos. Es más importante para ellos que se sepa quien manda aquí y correlativamente quien debe obedecer, que la protección o desprotección del patrimonio histórico público o los criterios de bienestar social, calidad de vida y estética urbana.

Los corifeos del sistema establecido se han inclinado por encerrarse en el bunker de “sus principios”, ante la fuerza que ha tomado la contestación que defiende la conservación de la Plaza del Castillo y sobre todo porque cada vez más el tema se está planteando en términos del respeto que se debe hacia la expresa manifestación de la opinión de los ciudadanos, lo que hoy está garantizado con normalidad en las democracias reales.

No están dispuestos a permitir el asentamiento del precedente democrático de un referéndum, que no es lo mismo que un plebiscito del que sí son expertos. Para ellos lo de menos es quien lo gane, lo verdaderamente peligroso y grave es poner en cuestión el actual sistema político, puesto que padece desde su origen de una carencia, de algo que resulta básico e imprescindible en toda democracia, cual es la misma soberanía ciudadana, como veremos a continuación.

Antes de verse forzados a tener que convocar el referéndum solicitado por 25.000 ciudadanos, preferirían sacrificar los cuantiosos intereses económicos en juego y olvidarse del proyecto. Ya nos recordaba hace poco una pluma oficiosa: “los ciudadanos han depositado su felicidad en los elegidos y estos deciden por ello siempre con acierto”, “los que mandan siempre aciertan”.

Este es precisamente el quid de la cuestión. La democracia necesita descansar sobre la voluntad soberana de los ciudadanos. Se insiste en la voluntad ciudadana, pero sin embargo se oculta el requisito de la soberanía. Ya Rousseau partía de considerar a la soberanía como previa a la democracia. Si una sociedad carece de su soberanía no puede disfrutar de la democracia. Soberanía es no depender de otro que decide por ti. Por tanto una sociedad democrática tiene que ser forzosamente soberana. Una nación dominada no puede decidir por sí misma, luego no es soberana, ni puede vivir democráticamente.

Nos hallamos con este asunto ante una manifestación más del déficit democrático que padece la sociedad navarra. El Estado español violentamente consiguió, sin existir una decisión de las Cortes de Navarra, ni consulta previa al pueblo navarro, acabar en 1.841 con las estructuras institucionales del Estado navarro. Desde entonces la principal preocupación del poder de la nación dominante ha sido que los navarros no tengan voluntad política por sí mismos.

Ante la movilización en 1894 de la sociedad navarra, denominada “la Gamazada”, frente a la Ley de Presupuestos del Estado que pretendía la expresa derogación de los residuos de la soberanía fiscal de Navarra, se esperó por parte del Estado español a una ocasión más propicia para salirse con la suya.

Fue en 1.927, con motivo de la negociación del llamado Convenio económico, que sin consultar a la ciudadanía navarra, se volvió a recortar radicalmente del resto de la soberanía fiscal y político-administrativa  conservado en 1.841. Otro tanto sucedió en 1.982 para la imposición del llamado con sarcasmo “Amejoramiento”, que no fue sometido a referéndum.

En todas las ocasiones, en que ha habido un cambio de estatus jurídico-político de Navarra, se ha hurtado a los navarros su derecho democrático a manifestar su opinión al respecto. Evidentemente, esta conducta impositiva y avasalladora arranca de la invasión y conquista iniciada en 1.512, continuada con la “incorporación” a Castilla de forma unilateral, sin la participación de un solo navarro, aprobada por las Cortes castellanas de Burgos en 1.515.

Los antidemocráticos colaboracionistas siempre van a estar departe del que realmente manda. A menudo siendo más papistas que el papa. Las sagas de delatores, depredadores, privatizadores, beneficiarios de confiscaciones, acusadores, han perdurado y se han reproducido hasta hoy desde aquellos años relatados en la exhaustiva obra “Navarra, 1512-1530. Conquista, ocupación y sometimiento militar, civil y eclesiástico”, cuyos autor es Pedro Esarte Muniain, que acaba de editarse por Pamiela, la cual es concluyente al respecto.

La sociedad navarra debido a la conquista se halla dominada por una estructura política ajena, por lo que padece una situación progresiva de minoración, primitivización y pérdida de la propia centralidad, hasta convertirse en la periferia de  otra sociedad política dominante. La organización jurídico política así conformada es la de Estado gran-nacional, que consagra la supremacía de la sociedad política de la nación dominante sobre la sociedad política de la nación dominada.

Navarra hoy es una sociedad nacional dominada y sin voz propia, en estas condiciones recuperar la palabra es comenzar a recuperar la libertad. La soberanía ciudadana se halla secuestrada, por lo que el último referéndum denegado no es un caso aislado o excepcional, es fruto de la dominación nacional permanente.

Las sociedades europeas mínimamente soberanas, y por lo tanto democráticas, ejercen el derecho al uso de la palabra habitualmente en referéndum. Los partidos gran-nacionales españoles PP y PSOE al negar el ejercicio del referéndum, definitivamente suspenden la asignatura de gobernantes democráticos.

 

Tomás Urzainqui Mina