Construcción o liberación del Estado nacional propio

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Parece como que hubiera llegado una especie de síndrome de “Obras Públicas” también al discurso político. Se habla de construcción nacional como si de lo que  se tratara en realidad fuese la puesta en marcha de un proceso para levantar un edificio “ex novo”. Este error, sin embargo, tiene un origen, pues es consecuencia directa de la situación, todavía no suficientemente visualizada, de minorización cultural, social, económica y política que padece toda nación dominada.

El mal viene de lejos, de cuando algunos se dieron cuenta que no eran libres,  entonces pensaron que era precisamente desde ese momento del que tenían que partir para la emancipación nacional, haciendo “tabula rasa” de lo que había sucedido con anterioridad. Sin apercibirse que el proceso de minorización les había afectado profunda e individualizadamente también a cada uno de ellos, de tal manera que desconocían prácticamente todo sobre el ser nacional. Pero como no podían “construir” de la nada, tuvieron pronto que echar mano de lo que tenían más a su alcance, precisamente de la mercancía más veriada, que era la arquitectura de la dominación, es decir, las instituciones conformadas después de las conquistas para consolidar la ocupación y el sometimiento.

Algunos de estos nacionalistas “fundadores”, sin duda con buena fe, confundieron el tocino con la velocidad. Supusieron que la división territorial político-administrativa en la que ellos habían nacido era originaria y existía desde el comienzo de los tiempos, ignorando que eran divisiones sobrevenidas tras la invasión, surgidas como consecuencia de la dominación nacional. Sobre este tema se trata con más detalle en el libro “La Navarra marítima”.

Pero no se conformaron con dar por bueno ese error de apreciación histórica, sino que, dando rienda suelta a la imaginación, construyeron en el aire el mito de los “Estados Vascos”, como premisa  lógica de las engañosamente justificadoras teorias político-pactistas. Así, la falsedad ya había cerrado el círculo completo: “Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, como Estados soberanos, habían pactado, de igual a igual, de potencia a potencia, con España, su voluntaria entrega”. Planteamiento que en la práctica ha tenido un efecto disgregador y secesionista intra-nacional. Por otro lado ha facilitado el surgimiento del estatutismo constitucional español. En todo el siglo XX sólo se redacta un Proyecto propio de Constitución estatal en el año 1940 por el Consejo Nacional Vasco en Londres.

Una de las consecuencias más palmarias de la minorización de una nación, es que esta puede llegar a no ser en absoluto consciente de hallarse minorizada. A no sentirse, no darse cuenta, no percibir que está primitivizada, marginada y consuetudinizada. Que su Estado nacional, su sistema jurídico, su derecho, sus lenguas, su cultura, su sociedad, su historia, su economía, su población, su política, su territorialidad, etc., han sido sometidas a un nacionalicidio permanente y sus consiguientes lingüicidio, minorización social y psicológica, primitivización cultural, consuetudinización jurídica, marginación de su centralidad, etc.

De ahí probablemente que al actual “tempus” le falta esta fundamental matización y constatación, pues como mínimo no es suficiente afirmar que nos hallamos ante un conflicto histórico de naturaleza política con los Estados español y francés, es preciso dejar bien claro desde el inicio, que ha sido como consecuencia de la agresión, conquista y dominación de dichos Estados que aquí se padece una permanente situación de nacionalicidio y postración, con el proceso de la minorización en todos los aspectos que hacen referencia en su más profundo sentido a la salud psíquica y cultural de la sociedad o ciudadanía y a los derechos humanos individuales y colectivos.

Se está oyendo con insistencia en estas últimas fechas la frase “construcción nacional”, por cierto -y no por ingenua casualidad- con bastante eco en los poderosos medios de los dos Estados gran-nacionales dominantes. Ya hace casi veinticinco años, en la época de la llamada transición del franquismo, que se lanzó la idea, desde algunas de las naciones denominadas periféricas, de “hacer país” y de “construir nación”, que, al paso del rodillo constituyente, quedó en estatutos de autonomía para las “nacionalidades” que conforman la nación única española, contradicción “in terminus” dicho sea de paso.

Quiza sea por eso mismo, que a los medios propagandísticos les han dado la instrucción de aparentar farisaica indignación ante la “construcción nacional” que pretenderían los dominados. Así de tapadillo se sigue manteniendo lo esencial, que se plasma en conceptos intocables como “el Estado”, “la Constitución” y “el Gobierno central”, que se dan por supuesto como si fuesen indiferentes y hasta compatibles con la “construcción nacional”. Aquí se halla el meollo de la cuestión. Pues, de esta manera, la recuperación de la nación dominada la tienen asegurada. Se trataría de una nueva reedición de la vieja receta con el contradictorio y antitético circumloquio de “la nación de naciones”, la falangista “unidad de destino en lo universal”, el “plebiscito cotidiano” o la última consigna del “proyecto común”.

Hoy “el conflicto político con los Estados español y francés”, “la territorialidad” y otros problemas evidenciados, no se pueden contemplar por separado, pues todos ellos se reducen a uno: la realidad del Estado nacional propio secuestrado por los Estados español y francés. De ahí, la importancia fundamental de no entrar en el juego del discurso político tergiversador de las dos naciones dominantes. Si realmente se pretende la liberación de la sociedad nacional dominada, lo primero que tiene que hacer ésta es adquirir y utilizar un lenguaje democrático, que no es precisamente el de los Estados dominadores.

Los conceptos preelaborados con la intención de sustraer, o impedir, el ejerciciio del libre adbedrio a los ciudadanos de la sociedad dominada, deben ser corregidos o reemplazados por conceptos no condicionados por el discurso dominante y su estructurada jerarquía de valores políticos, que están dirigidos a reforzar su representación referencial del Poder. Cuando se habla de “el Estado”, ahora se da por descontado que se refiere al español, o al francés. Lo mismo ocurre con ” la constitución”, o con “el gobierno central”. También estos conceptos hay que rescatarlos.

En un  proceso de clarificación democrática, que ese es el verdadero sentido de la puesta en práctica del soberanismo por la ciudadanía, es preciso quitar de los conceptos políticos, los condicionantes que les sustraen a la libre decisión de los ciudadanos. En una sociedad que busca la democrática liberación de su Estado-nacional, los referentes conceptuales no pueden continuar estando condicionados por significados impuestos desde fuera. Así, si se hace mención de “la nación” a secas, lógicamente se está hablando de la propia, pues de lo contrario se deberá decir “la nación portuguesa” o “la nación española”, etc. Lo mismo ocurre con “el Estado”, si se dice así solo, se está haciendo referencia al navarro (que en este tema es más apropiado que decir vasco), si lo que se quiere es tratar del dominante, se deberá decir siempre “el Estado español” o “el Estado francés”, nunca “el Estado” sólo. La “Constitución”, evidentemente, se referirá a la carta de leyes fundamentales del Estado-nacional propio, pues cuando se quiere hacer referencia a una “Constitución” extranjera, se deberá decir siempre la del país que corresponda..

No se trata de construir la nación, sino de liberar el Estado nacional. Liberar, en el más amplio sentido. El de liberar todas las potencialidades sociales que posibilita el  funcionamiento del Estado-nación propio, a la vez que se libera de las ataduras que le someten a los Estados gran-nacionales dominantes español y francés. El Estado nación propio existe, aunque se halle con su soberania reducida e hipotecada, parado, en desuso, ocupado y dominado. La tarea es poner en marcha el proceso de liberación o arranque del referente legitimador estatal.

Mantener conceptos como “construir la nación”, supone en la práctica admitir la legitimación de la minorización y primitivización que se padece. Los Estados dominantes reinterpretan y asimilan dicho concepto al de construir las regiones, “las nacionalidades” o las autonomías. Construcción y liberación son antitéticas. Porque no se puede liberar lo que no está construido, ni se puede construir lo que no está liberado. De ahí que lo primero es la liberación integral. Es decir, la plena asunción de la realidad del Estado nacional propio, al que ineludiblemente hay que liberar. Pero, al mismo tiempo, se inicia el desarrollo, en un proceso liberador y democrático, de liberar todas las potencialidades sociales que sólo permite el propio Estado nacional. Es preciso romper la rueda infernal legitimadora del Estado dominante, pues la insumisión y la desobediencia civil, aún sin quitarles ningún mérito, como hemos podido ver pueden ser finalmente asimilados y han servido en varios casos para perfeccionar el ordenamiento jurídico dominante.

La estrategia política de construcción nacional, se halla sumida en una rueda fatal que impide avanzar en el proceso liberador. Se confunden elementos corrientes en una sociedad normalizada con objetivos estratégicos y a la vez se relegan el ejercicio de instrumentos esenciales, como las elecciones, al momento en que no haya condicionantes del Estado gran-nacional dominante, a cuando se haya alcanzado la independencia, a cuando funcione el Estado soberano propio. Este es el fenómeno de “la pescadilla que se muerde la cola”. La justa oposición a legitimar el sistema ocupante, puede llevar a no utilizar correctamente los mecanismos electorales, que son específicos de la legitimación democrática.

Es de todo punto necesario, por todo ello, romper con esa rueda infernal y la única forma de hacerlo es recuperar la legitimidad del Estado nacional propio. La recuperación de la soberanía estatal, la legitimidad del Estado nacional, que hasta ese momento había estado secuestrado o hibernado por el Estado gran-nacional ocupante, tanto el español como el francés. A partir de ese momento el Estado nacional propio es el referente legitimador de toda la actividad social. Así las elecciones sólo tendrán legitimidad si se celebran de conformidad y en relación con el citado referente legitimador. Lo mismo ocurrirá con las relaciones de los ciudadanos, entre ellos y con la Administración, que serán realmente democráticas y plurales en la sociedad del Estado-nación propio.

La recuperación del tiempo robado o perdido no es sólo una necesidad acuciante para la nación dominada, sino que lo es también para las naciones dominantes. Con respecto a la primera porque deberá liberar sus potencialidades sociales y recuperar la soberanía arrebatada, restaurando su referente legitimador que es el Estado nacional propio, para poder hablar y negociar en un indispensable plano de igualdad con los otros dos Estados interlocutores, forzosos por no buscados libremente.

A estos segundos porque necesitan recuperar el tiempo perdido para homologar sus imaginarios colectivos y sus ordenamientos jurídicos a los principios democráticos y al respeto a los derechos humanos, y más concretamente a recibir e integrar en sus Derechos internos los tratados que han suscrito nominalmente, pero que hasta ahora han sido incapaces de formalizar y promulgar para que tengan valor dentro de su jurisdicción, por ejemplo, en lo referente a las naciones y las lenguas minorizadas, el derecho a la independencia de las naciones,  las libertades democráticas, etc.

Cuando se habla de contencioso vasco, en realidad se está haciendo referencia desde un punto de vista político a la dominación de los Estados gran-nacionales español y francés sobre el Estado-nación europeo de Navarra, o nación política, siendo Euskal herria la nación cultural, ambas denominaciones obedecen a dos conceptos de la misma Sociedad; pues navarro o vasco hacen referencia al mismo pueblo, pero mientras uno es un concepto jurídico-político, el otro es un concepto cultural.

Por último el engaño de la desaparición del Estado se fomenta especialmente desde los aledaños de la globalización neoliberal dirigida por las naciones dominantes. La desregulación, la homogenización cultural, la liquidación de las conquistas sociales, o el desmantelamiento parcial del Estado, forman parte del bagaje ideológico de la cacareada mundialización, cuyos eslóganes se oyen por cierto en alguna voz muy cercana.

El Estado se metamorfosea, sin embargo, su función es insustituible, pero, según Pierre Bourdieu, los seguidores de la gran utopía neoliberal pretenden “la destrucción de todas las instancias colectivas capaces de contrarestar los efectos de la máquina infernal, de ellas en primer lugar el Estado, depositario de todos los valores universales asociados a la idea de lo público, y la imposición, a cambio, en las altas esferas de la economía y del Estado, o en el seno de las empresas, esta especie de darwinismo moral que, con el culto del ganador, formado en las matemáticas superiores y en el salto de la cama elástica, instaura la lucha de todos contra todos y el cinismo en norma de todas las prácticas” y concluye “la mundialización es ante todo un mito justificador, que sólo es real en los mercados financieros” “la globalización no es una homogenización, sino al contrario es la extensión de la empresa de un pequeño número de naciones dominantes sobre el conjunto de las plazas financieras nacionales”.

 

Tomás Urzainqui Mina

 

 

 

 

 

 

Y si se puede tener alguna esperanza razonable, es que existe, en las instituciones estéticas y también en la disposición de sus agentes, fuerzas que, bajo apariencia de defender simplemente, como a menudo se les reprochará, un orden desaparecido, y los “privilegios” correspondientes, deben en efecto, para cambiar la coyuntura, trabajar, inventar y construir un orden social que no tuviera como única ley la búsqueda del interés egoista y la pasión individual del provecho, y que organizaría colectivos orientados hacia la consecución racional de fines colectivamente elaborados y aprobados. Entre estos colectivos, asociaciones, sindicatos, partidos, tiene una presencia especial el Estado. Estado nacional o, mejor todavía, supranacional, es decir europeo (etapa hacia un Estado mundial), capaz de controlar y de imponer eficazmente los beneficios obtenidos en los mercados financieros; capaz también y sobretodo de contrarrestar la acción destructora de estos últimos ejercen sobre los mercados del trabajo organizando, con la ayuda de los sindicatos, la elaboración y la defensa del interés público, que jamás saldrá de la visión del contable que la nueva creencia presenta como la forma suprema de realización humana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otro paso es la legitimación de las instituciones que ya existen. A este respecto hay que agruparlas en dos: a) las que son residuos de la soberanía plena propia y b) los que son suplantadoras de las instituciones nacionales que habían existido antes de su desmantelamiento durante la dominación. La legitimación de las primeras será de forma inmediata. Así las haciendas forales como instituciones de la soberanía fiscal residual. Por extensión toda la Administración de las Diputaciones. Siempre, que se recupere el referente de la legitimidad nacional ya de forma permanente, ignorando definitivamente  la legitimidad española.

 

Sobre la legitimación de los segundos, podemos fijarnos en dos paradigmas: coerción y justicia.

 

El aparato coercitivo de la legitimidad soberana recuperada deberá tener en cuenta como policias propias a las actuales autonómicas. Que deberán jurar fidelidad al Estado nacional recuperado.

 

Se deberá constuir un servicio voluntario y general para toda la ciudadanía, formado por miembros de ambos sexos. Su objeto es la consecución de la seguridad, defensa, protección, prevención y salvamento de la sociedad civil. Este servicio nacional será gratuito y su prestación será de cuatro horas a la semana durante diez años, de los 18 a los 28 años.

 

Durante la prestación del servicio se formarán los miembros en toda clase de actividades relacionadas con los mencionados objetivos.

 

La extinción y formación del servicio se hará a través de los municipios y concejos. Así las corporaciones locales proporcionarán los inmuebles y las dotaciones materiales necesarias.

 

El servicio tendrá una estructuración por valles, comarcas, mancomunidades, cuadrillas, merindades y herrialdes. Habrá una central de coordinación y dirección de todo el servicio a nivel nacional.

 

La justicia, aparentemente ha sido totalmente suplantada por la Administración de justicia española. Sin embargo, si que hay instituciones recuperables. El primero el Derecho Civil recopilado en gran parte en la Compilación de Navarra.

 

Por lo que la primera labor sería la nueva codificación del derecho civil nacional, que comenzaría por un texto refundido de la Compilación ya citada de Navarra con la Compilación llamada del País Vasco. Que sería el derecho aplicable con una regulación nueva de la prelación de fuentes.

 

Lo mismo ocurriría con los demás Códigos. En cuanto al personal de justicia, se debería dar la opción de adaptar la legitimidad soberana recuperada, mediante un juramento de fidelidad de los jueces y magistrados pertenecientes hasta ese momento en la Administración de Justicia española. Se recrearía el cuerpo de funcionarios de Justicia de Navarra disuelto en 1.837 por Real Decreto del Reino de España.