La conquista de un Estado europeo

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El libro que acaba de publicar Pedro Esarte, “Navarra, 1.512-1.530 conquista, ocupación y sometimiento militar, civil y eclesiástico”, trata sin duda sobre el hecho más trascendental de la historia de Navarra. Con gran riqueza de detalles, debido al exhaustivo peinado de fuentes inéditas hasta ahora desconocidas, narra los largos años comprendidos entre 1.512 y 1.530, durante los cuales una nación europea es violentamente privada de su independencia. No vamos a detenernos ahora en razonar lo evidente, que Navarra era y es, aunque ahora esté dominada, tan nación europea como Escocia, Dinamarca o Portugal. A este respecto nos remitimos a la obra de Adrian Hastings “La construcción de las nacionalidades” que resulta concluyente.

Esarte hace frente exitosamente, con los acontecimientos fielmente recogidos, a los planteamientos de los “historiadores” españoles que perfidamente han falsificado los hechos para camuflar la conquista de Navarra. La impostura historiográfica, elevada a la categoría de falso axioma, de la supuesta unidad  del territorio del actual Estado español, según ellos si no eterna por lo menos “desde los romanos”, es el dogma al que sacrifican toda la realidad de los sucesos históricos.

El Reino de Navarra a mitades del siglo XII, como los demás Estados europeos de la época, presenta dos aspectos básicos de la soberanía: la territorialidad donde  el Soberano no reconoce superior, que engloba su jurisdicción y la denominación del Reino por la que se llama al conjunto territorial. A partir de 1.162 se recoge tanto en los documentos de la Cancillería navarra, como en los demás poderes soberanos, Papado y resto de los Reinos europeos, únicamente la denominación de Navarra, para referirse al conjunto de los territorios que hasta entonces formaban el Reino de Pamplona (Pamplona, Araba, Bizkaia, Gipuzkoa, Logroño, Tudela) y  a cuyos habitantes se llamaba navarros, como lo atestigua Aimeric Picaud en el Codex Calixtinus de 1.134. Se confiere a la soberanía una acusada proyección territorial. El territorio se considera como un elemento constitutivo esencial de la existencia del Reino que consagra definitivamente la ruptura de la  unidad material de la Europa del Imperio.

Los Concilios generales de la Iglesia hacían el papel de una especie de Asamblea de las Naciones Unidas. Los Estados europeos reconocidos como tales enviaban a los Concilios a sus embajadores y en ocasiones contaban con la presencia física de sus Reyes y del Emperador. Navarra estuvo presente en dichos Concilios y dejó de estar representada oficialmente en los mismos tras la conquista, por las fuertes presiones para impedirlo de España. Ejemplo de ello fue lo ocurrido con los embajadores de Navarra enviados por los reyes, Enrique II “el sangüesino” y posteriormente de su hija Juana de Labrit, que no fueron admitidos en el Concilio de Trento por la presión de los embajadores españoles sobre el Papa.

El Estado europeo de Navarra es una realidad jurídico-política que sólo puede ser negada desde la ignorancia o desde manipuladores y antidemocráticos planteamientos de dominación nacional. La existencia del Estado navarro, no puede desaparecer por la imperialista, antidemocrática y antijurídica imposición “manu militari” de las instituciones provinciales españolas el año 1.841. El sistema jurídico del Estado navarro no fue disuelto, desmantelado, o suplantado por acuerdo de los propios representantes de Navarra, reunidos en sus Cortes Generales, sino al contrario impidiendo que se reunieran, no  fue decidido por el pueblo navarro, que tampoco fue consultado de cualquier otra forma.

Estas conquistas trajeron como consecuencia el estaticidio, nacionalicidio y lingüicidio de la Nación-Estado dominada. Esta, desde la minorización y marginación a que es arrojada, interioriza su postración, confunde aspectos de su forzada primitivización con elementos definitorios de su ser colectivo, padeciendo amnesia de la cultura política propia, actitud fomentada de manera interesada por la nación dominante sobre el jirón de Navarra que usurpan.

Los perversos programas educativos bendecidos por las “Academias de la Historia” y Universidades, españolas y francesas, comprometidas desde hace mucho tiempo en la lucha por desacreditar todo lo que, en el pasado, no cuadra con su ideal de Estado gran-nacional, todo lo que les parece extraño al “progreso” burgués, han compuesto con toda impunidad la historia oficial que se enseña a los estudiantes y se impone desde los llamados medios de comunicación.

Ni la Navarra occidental o marítima, ni la Navarra reducida conquistada a partir de 1.512, realizaron su entrega voluntaria a Castilla. Las particiones territoriales  tienen su origen en las diferentes etapas de las conquistas por Castilla, de donde surgen las divisiones provinciales, que son tan impuestas como los sedicentes derechos históricos.

Las interesadas falsificaciones historiográficas  buscan justificar la supuesta anexión aparentando algo necesario y natural como si ya estuviera predeterminado con anterioridad. Algunos en esa dinámica han buscado ya hasta la lógica de una falsa mejora de la situación de los navarros, todo ello son montajes realizados muy posteriormente.

La obra de Pedro Esarte facilita a los navarros la recuperación de la memoria del hecho clave de la conquista. Se trata de una obra -por documentada, científica, exhaustiva e irrefutable- definitiva, porque además va a ser difícil encontrar documentos e informaciones en los archivos donde descubrir hechos nuevos.

La guerra ocasionada por la invasión y conquista no fue un paseo militar (1.512-1530). Hubo repetidas ofensivas y contraofensivas de los ejércitos conquistadores y de los ejércitos navarros. Largos asedios de ciudades (Estella, Tudela). Asaltos y sitios de fortalezas (El Peñón, Amaiur, Fuenterrabia). Hubo desmantelamiento y demolición de todo el sistema defensivo, fortalezas, castillos, murallas de Navarra. La gran batalla en campo abierto de Noain el 30 de junio de 1.521. Pero sobre todo el sinfín de escaramuzas, saqueos, confiscaciones, detenciones, encarcelamientos, torturas, destierros y asesinatos. Las pruebas de dicha barbarie genocida y terrorista están reflejadas con su crudeza y realismo en los documentos transcritos en el libro. Terrorismo que buscaba la paralización de la capacidad de resistencia y defensa de los navarros.

La ocupación militar permanente que se organiza en base a la construcción durante varias centurias del inmenso sistema fortificado que atenaza a Pamplona. La inmensa ciudadela. Todo un sistema amurallado que es el más grande construido en la Edad Moderna en el mundo, cuya finalidad es mantener la dominación sobre el pueblo navarro.

Fernando “El Católico”, sirviéndose del apoyo y de la injerencia descarada de la Iglesia (bulas de excomunión contra los reyes navarros), aspira a la hegemonia europea. Pronto su nieto Carlos V nombrado Emperador culmina el proyecto. Ambos junto con Felipe II y sus sucesores encabezan el pensamiento más reaccionario y conservador, feudalizante en lo social y económico, contrareformador en lo religioso y cultural e imperialista en lo político. Estas lacras las ha padecido Navarra desde la conquista. Todo ello justificado por un mesiánico providencialismo frente a herejes, musulmanes, judíos y paganos.

Pero sin quererlo no sólo se interponía Navarra en el camino imperial de España, sino también ante los parecidos proyectos de Inglaterra y Francia. Inglaterra pretendía reconquistar la parte norte de los Pirineos, la navarra Gascuña, de la que cincuenta años antes había sido arrojada.  Por lo que en 1.512 desembarcó en Guipúzcoa un ejército de diez mil ingleses, facilitando  la simultánea invasión del ejército mandado por el Duque de Alba. Por otro lado Francia no quiso entrar a fondo en defensa de Navarra pues aspiraba a quedarse con los territorios navarros del norte de los Pirineos.

La conquista es la causa de la sustracción de la soberanía política de Navarra, pero la libertad y la soberanía no prescriben. La recuperación de la soberanía es el legitimador e inalienable derecho democrático de los navarros.

 

Tomás Urzainqui Mina