La cultura política estatal de Euskal Herria

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Sumario:1.- La impostura historiográfica gran-nacional, española y francesa. 2.- La comunidad cultural y la sociedad política. 3.- El concepto jurídico-político de navarro. 4.- Territorialidad. 5.- La Comunidad circumpirenaica. 6.- La conformación de Navarra como Estado europeo.  7.- Las conquistas. 8.- Nacionalicidio y minorización. El engaño del pacto político. 9.- Constitucionalización. Soberanismo y recuperación de la estatalidad. 10.- Mirada diacrónica a las relaciones entre navarros y catalanes. 11.- El Conde de Barcelona Ramón Berenguer IV y la división del “Estado pirenaico”. 12.- Ahora le toca a la Europa occidental y a los Estados de “la Tarraconense”

1.- La impostura historiográfica gran-nacional, española y francesa.

Los autores, y las escuelas historiográficas, de las Universidades españolas y francesas, por lo general, con toda impunidad han hecho la historia oficial, desde el siglo XIX; pues, según Jacques Heers, se hallan “comprometidas desde hace mucho tiempo en la lucha por desacreditar todo lo que, en el pasado, no cuadra con su ideal de Estado centralizador, todo lo que les parece extraño al “progreso” industrial, comercial, burgués”.

Ya Engels calificó a las naciones supuestamente sin Estado, refiriéndose al caso de los pueblos eslavos, como “naciones sin historia”. A su juicio carecieron de las “elementales condiciones históricas, geográficas, políticas e industriales de la independencia y de la vitalidad”, con lo que creaba inconscientemente un paralelismo entre historia y estatalidad. Estas afirmaciones totalmente arbitrarias y rebatidas por la realidad de los hechos históricos, sin embargo,  todavía se mantienen entre los gran-nacionalistas, sedicentes “constitucionalistas”, españoles con respecto a las otras naciones peninsulares dominadas.

Los precedentes de las pertinaces tergiversaciones historiográficas, comienzan al poco tiempo de la dominación de los pueblos germánicos, visigodos y francos. Fue San Isidoro de Sevilla el primero que rompe con el concepto tradicional de la unidad de la historia y separa de la Historia universal a la “Historia Gothorum”, para él es un pueblo en el sentido étnico, grupo humano genéticamente definido y con un destino providencial. Así su historia comienza en las remotas tierras de donde venían  y continúa en su vagar por el mundo, como el pueblo de Israel, hasta llegar gracias a la providencia divina a la Provincia de Hispania, tras arrebatársela a los romanos.

El reino de León, al crear su historiografía  en el siglo X, pretende que la monarquía astur-leonesa es una realeza goda en el exilio, continuando la historia del pueblo godo escrita por San Isidoro. Esta concepción leonesa será adoptada por Castilla desde el siglo XII, con capitalidad en Toledo, como sucesora de la Hispania goda. El mito fue desarrollándose en la historiografía castellana posterior, cambiando a los godos por los “hispani”.

Pero lo más grave es que desde finales del siglo XIX la historiografía española ha tomado decididamente el relevo del mito de la Hispania visigoda, como legitimación de una supuesta unidad territorial, social, cultural y política de la península, excepción hecha de Portugal, Andorra y Gibraltar. A pesar de que en la realidad los visigodos no dominaron en Vasconia, ni en el Sureste donde estaban los romanos de Bizancio ni en el Reino Suevo al Noroeste durante mucho tiempo.

Por el contrario, en el ámbito del Reino de Pamplona continuó la concepción unitaria de la Historia universal de tradición greco-latina y bíblica. Los códices y los glosarios de los monasterios navarros del siglo X reflejan esa visión universal. La legitimidad del Reino de Pamplona, como se puede apreciar en el Códice de Roda, redactado en el “palatium” de los reyes de Pamplona hacia el año 992, tiene sus raíces en el Imperio romano, así lo demuestra la carta del Emperador Honorio a las milicias de Pamplona del año 408, conservada con el citado Códice, en la que les alecciona contra los bárbaros invasores. Los “navarri” aparecen en los documentos francos como los vascones que se mantienen independientes. Los documentos navarros los denominan también “los naturales”, que significa los de la tierra, los autóctonos, para distinguirlos de los  que han venido más tarde: francos, godos o musulmanes. Paul Ourliac constata como todavía en el siglo X los “ricos hombres” de Wasconia se consideran “romanos”.

Dicha legitimidad contrasta con la de la Hispania visigótica basada en el pacto federativo con el mismo emperador Honorio unos años más tarde en el 418, pero que fue quebrantado unilateralmente por los godos. La historiografía española se basa a su vez en la de Castilla con el contenido al que nos hemos referido. Eduardo Hinojosa, Ramón Menendez Pidal, Claudio Sánchez Albornoz, Justo Pérez Urbel, entre otros, o José Ortega y Gaset, como filósofo político, han creado la historiografía oficial española sobre grandes imposturas. Las cuales han sido puestas de relieve por José Mª Lacarra, Antonio Ubieto Arteta, José Goñi Gaztambide, Pierre Narbaitz, Anacleto Ortueta Azkuenaga, y ya desde antaño denunciadas por José Moret Mendi, Arnald Oihernart Echart y otros.

 

2.- La comunidad cultural y la sociedad política.

En toda realidad colectiva hay dos aspectos, la comunidad cultural y la sociedad política, véase Ferdinand Tönnies “Comunidad y asociación” (Barcelona 1979) ambas se hallan en Navarra -Euskal Herria- muy afectadas por presiones exógenas.

Cuando estamos hablando de Navarra nos estamos refiriendo a toda la comunidad cultural propia, ya que Navarra es la manifestación de su sociedad  nacional, o nación política; Euskal Herria es la comunidad cultural. Navarra y Euskal Herria, valga el reiterado simil, son las dos caras de la misma nación, la política y la cultural, respectivamente.

Siempre que utilizamos el concepto navarra o navarro, nos referimos al contenido político; así la sociedad navarra, ciudadania navarra, Navarra, Estado navarro, Reino de Navarra. Por lo tanto la minorización política de Navarra, hace referencia a la Navarra marítima -bizkaina, alavesa y gipuzkoana-,  a la Navarra norpirenaica, y a otros lugares como la Navarra aragonesa, o a la Navarra riojana. Tan Navarra recortada son los llamados impropiamente “Estados vascos”, como  el “irurak bat”, el “laurak bat”, el “zazpiak bat”, el “seiak bat” o la llamada actual Navarra, pues son fruto de los procesos de conquistas nacionalicidas

Las pesadas losas de la desinformación y de la taimada tergiversación ocultan una realidad palpitante. La existencia de la nación navarra, que es todavía omnipresente a pesar de las desproporcionadas presiones, seculares e intensas, para hacerla desaparecer. Se trata de descubrir una visión de la Historia, hasta ahora aquí, demasiado permisiva y contemplativa con los clichés solidamente establecidos, fabricados para justificar los planteamientos políticos dominantes.

Adrian Hastings en su reciente libro “La construcción de las nacionalidades” demuestra que en la mayor parte de los casos la nación es anterior al nacionalismo, al contrario de lo que sostienen los llamados “modernistas” Eric Hobsbawm, Benedict Anderson y Ernest Gellner, entre otros. Asimismo sostiene que la nación-Estado no nace en 1.789, como dogmatizan los citados modernistas, sino que su origen en algunos casos se remonta a la caída del Imperio romano y la llamada Edad Media, como es el caso de Navarra.

También es preciso no confundir el significado de los términos Navarra y Euskal Herria, ambos sólidamente  asentados sobre el verdadero acontecer histórico. Pues mientras Navarra nació como concepto político para denominar a la Vasconia soberana e independiente. Euskal Herria surge en los primeros libros  en euskera de los escritores navarros del siglo XVI, en la Navarra que permanecía independiente, para abarcar a todos los vascohablantes, aunque residieran ya fuera del territorio independiente navarro, en territorios dominados por España, buscando con ello resaltar la existencia de la Nación cultural y lingüística, que ya no era englobada por la Nación política.

Es decir, cuando las potencias anexionistas estaban terminando de ocupar, demoler y suplantar a la nación política, que es Navarra, se afirma desde su propio seno la nación cultural y lingüística, que es Euskal Herria, en una voluntad de resistencia, esforzada y de una larga duración multisecular, aferrada en la defensa metro a metro de los restos y jirones de la soberanía política y de la cultura vasca.

Tiene repercusiones muy graves, la no toma en consideración de esta dualidad real de la misma nación: la comunidad cultural (euskal herria) y la sociedad política (Navarra). En un proceso de recuperación de la soberanía no se puede atender únicamente a uno sólo de los aspectos de la realidad nacional, forzosamente es preciso contemplar las dos a la vez. Lo que no significa caer en “historicismos” o por el contrario en “culturicismos”.

Al igual que navarro y vasco, se refieren a las mismas gentes que residen en el mismo territorio, sobresaliendo uno u otro nombre en función de los tiempos históricos que no dejan de ser circunstanciales; Navarra y Euskal Herria son también denominaciones que se refieren al mismo país, aunque reflejan conceptos complementarios, Navarra abarca a la estatalidad de la nación política y Euskal Herria a la comunidad cultural nacional.

 

3.- El concepto jurídico-político de navarro

El nombre de navarro no es geográfico, ni étnico, sino que es eminentemente político. La denominación de navarro como la de vasco, son formas de designar a lo largo de los siglos a las mismas gentes y además sobre el mismo territorio. Por lo que hoy  todos los vascos son navarros y todos los navarros son vascos.

En su origen, cuando según las fuentes documentales comienza a utilizarse, se emplea desde el área del Imperio franco para poder distinguir a los habitantes del Reino de Pamplona, llamándolos navarros, por que permanecían independientes de los francos, para no confundirlos con el resto de los vascones que todavía estaban dominados. Navarro era el vascón, hablante y poseedor de su lengua y cultura vasca, y que vivía en territorio independiente, pues simultáneamente había vascones que continuaban sometidos a los francos.

Pero a partir del siglo XII las denominaciones navarro-a para las personas y Navarra para el conjunto de la territorialidad, adquieren el significado de integración nacional como ocurrió en el resto de los Estados europeos desde aquella época. Ya no serán utilizados para un área geográfica determinada o  para culturalmente denominar sólo a los vascohablantes, sino que se convierte en el nombre político nacional, plural e integrador. Un judío, como Benjamín de Tudela en 1.170, escribía en su universal libro “Los Viajes” que el era del País de Navarra, lo mismo que lo decían los francos de los burgos. Navarra designa a la territorialidad del Estado y navarros son todas las personas que viven en su territorio, sin importar su origen y su lengua, -aunque ello no se consiguiese sin algunas tensiones- ya se hallen en Tudela, Nájera, Durango, Vitoria, San Sebastián o Pamplona.

Aimeric Picaud en el conocido Codex Calixtinus (1.134) llamaba navarros a los habitantes de Araba y Bizkaia, lo mismo que hasta los Montes de Oca y Atapuerca, en donde comienza Hispania. En el Fuero de San Sebastián de mitades del siglo XII se llama navarros a los naturales. Igualmente Castilla llamó navarros a las gentes de dichos territorios hasta que los conquistó, convirtiéndolos en un principio en castellanos.

Fue, como consecuencia de las conquistas realizadas inicialmente por Castilla sobre  territorio navarro, que los habitantes de las zonas conquistadas no pudieron seguir diciendo que eran navarros, bajo la amenaza de la comisión de un delito de alta traición y lesa majestad, al conquistador, lo que conllevaba severísimas penas disuasorias, pues todavía podía quedar para los sojuzgados la tentadora alternativa de un resto de Navarra independiente.

Aunque en aquellos tiempos la soberanía estuviese encarnada en el rey. Tras la conquista se sustituyó, expresa y formalmente, la soberanía navarra por la castellana o española, y en el caso de los territorios hoy llamados de Iparralde por la francesa, lo que fue el motivo de un continuado nacionalicidio, prolongado hasta nuestros días.

Juan Mª Torrealday en “El Libro negro del euskera” (Donostia, 1.998) recoge las “Instrucciones secretas” de 1.716 que, el Fiscal del Consejo de Castilla José Rodrigo Villalpando, dio a los “corregidores” para la introducción de la lengua castellana en Catalunya, para que en lo tocante al idioma catalán se condujeran con el disimulo que sobre el mismo tema lingüístico se practicaba en la  Navarra ocupada, así debían utilizar “instrucciones y providencias mui templadas y disimuladas, de manera que se consiga el efecto sin que se note el cuidado”, ya que debían comportarse como lo hacían los castellanos en Navarra: “Porque en Navarra se abla Basquence en la maior parte. Y van a governar Ministros Castellanos”.

 

4.- Territorialidad

La territorialidad política coincide con el ámbito de la comunidad cultural. Los musulmanes llamaban a la Cordillera Pirenaica, monte de los vascones “Yabal al-Baskunis”. Una cadena de tratados internacionales la reconocían, el año 1016 se suscribió el acuerdo entre el representante del Rey de Pamplona y el del Conde de Castilla los límites iban de Santander a la divisoria de aguas del Ebro con el Duero. Esta frontera fue ratificada en 1127 por el tratado de Támara, suscrito entre el Rey de Pamplona Alfonso I el Batalador y Alfonso VII de Castilla. Los navarros defendieron siempre dicho límite, así tanto en el Laudo arbitral de Londres de 1.176, como en 1540 en las conversaciones entre el rey Enrique II de Navarra y el Emperador Carlos V para celebrar el matrimonio entre Juana de Labrit hija del primero y el futuro Felipe II. Sin olvidar los testamentos de estos dos reyes españoles que ordenaban el estudio de la devolución de Navarra.

La actual desestructuración territorial y jurídico-política, no es consecuencia de la voluntad de sus habitantes, en algún remoto momento supuestamente manifestada, ni mucho menos del determinismo ciego del destino. Las actualmente llamadas Comunidad Autónoma del País Vasco, Navarra y los territorios de Iparralde, como de todos es sabido, no son  entes cuasi eternos, ni tampoco lo son Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, ni Lapurdi y Zuberoa. Una cosa es desear la unión, el seiak bat y, otra muy diferente, pensar equivocadamente que dichas regiones han sido alguna vez de por sí entes soberanos o Estados independientes.

El origen de la partición en territorios o provincias. Cuando el territorio de lo que hoy es Araba, Bizkaia y Gipuzkoa era independiente por ser navarro, estas provincias o territorios no existían como tales y los naturales que allí vivían eran navarros. Navarra era un Reino soberano en el que no había una división territorial como ahora la entendemos. Existían las circunscripciones de los Valles y Tenencias, con Batzarres (Juntas) Los tenentes, que no eran señores feudales, gobernaban en nombre de  su soberano natural las distintas comarcas y plazas, pero no de forma  hereditaria sino sustituidos periódicamente. Fue siglos después de la pérdida de la independencia, cuando se fueron configurando las tres provincias tal como hoy las conocemos. La ruptura de la unidad territorial es fruto, única y exclusivamente de una conducta antijurídica, violenta, contraria al “ius gentium“, quebrantadora de todos los tratados internacionales, a través de la conquista, ocupación y dominación por una potencia extranjera, siguiendo sus exclusivos intereses, efectuada progresivamente sobre Navarra entera, especialmente en las señaladas fechas de 1.200 y 1.512 por Castilla-España y 1.621 por Francia, sin olvidar la conquista de la parte oriental por el Conde de Barcelona Ramón Berenguer IV entre 1137 y 1150.

Dentro del Reino de Navarra había valles o tierras, que eran  acordes con el funcionamiento del sistema jurídico-político navarro, como Yerri, Tudela, Baztán, Roncal, Bizkaia, Gipuzkoa, Nájera, Lizarra, Durango, Treviño, La Sonsierra o Araba, pero ninguno de dichos territorios fue sujeto soberano, ni mucho ni poco.  La realidad es que las demarcaciones territoriales mencionadas han cambiado, aumentado o disminuido su espacio, y aún modificado su nombre. Las merindades también fueron surgiendo y modificando su ámbito con el tiempo. Pero siempre fueron divisiones administrativas, nunca con soberanía política. Sobre el origen de las provincias vascongadas nos remitimos al Libro “La Navarra marítima”(Ed. Pamiela, 1.998).

 


5.- La Comunidad circumpirenaica

La cordillera pirenaica al ser paralela al ecuador se convierte en el núcleo vertebrador del poblamiento para las  poblaciones situadas al norte y al sur de la misma. La complementariedad de sus hábitats y recursos favorece el asentamiento y la relación humana de las dos vertientes. Estas condiciones geográficas resultan históricamente determinantes. Así, según se desarrolla la correlación con las fuerzas adversarias, el centro del poder político propio se situaba al norte o al sur de los Pirineos.

Para la época inicial del primer milenio antes de C., con los datos  que disponemos, podemos afirmar que tras la fuerte penetración en las llanuras aquitanas de los pueblos celtas, los pueblos euskaros se mantienen al sur de los Pirineos, hasta la cordillera  que separa el valle del Ebro del Duero en permanente enfrentamiento con los invasores. El choque de la civilización pirenaica con los pueblos celtas se prolonga durante los últimos cuatrocientos años hasta la llegada de los romanos.

La llegada de Roma cambia la situación, los vascones surpirenaicas se hacen primero  aliados y luego romanos sin dejar de ser vascones, y van recuperando lo perdido frente a los celtas. Esta situación política se plasma en el estatus jurídico político que se ve reflejado por ejemplo en la existencia de Tarraga, ciudad vascona federada a Roma y en el resto de las civitas romano-vasconas. Al norte, los romanos tardan casi siglo y medio en ocupar el territorio después de vencer a los galoceltas. Los euskaros norpirenaicos se resisten, pero obtienen más tarde de Roma un reconocimiento de su diferencia política con La Novempopulania, como lo acredita la lápida de Hasparren.

El largo conflicto bélico con los visigodos, tras la derrota de estos en la batalla de Vouillé, inclina el centro de gravedad del poder vascón al Norte, donde se consolida el ducado de Vasconia, reino independiente con Eudón el Grande de Aquitania que abarca su territorialidad a los valles del Ebro en gran parte y del Garona en su totalidad, siglos  VII y VIII.

 

6.- La conformación de Navarra como Estado europeo.

La expansión de los francos en la segunda mitad del siglo VIII obliga a los vascones a situar el centro de su poder soberano al sur de la cordillera en el territorio de Pamplona, siglos IX, X y XI, pues el poder con Sancho III el Mayor vuelve a ser como en tiempo de Eudón el Grande, entre los más importantes de Europa.

El expansionismo de los neogodos de León y Castilla a partir de la segunda mitad del siglo XI, obligará nuevamente a buscar un apoyo al norte de la Cordillera, pero al poco tiempo la presencia de los ingleses frustrará esta posibilidad, que se verá políticamente compensada por la posesión de los reyes de Navarra de varios feudos al norte de Francia, primero Champagne y luego Evreux, durante los siglos XIII, XIV y primera mitad del siglo XV.

La agresión militar concertada entre Castilla y la Corona de Aragón y su presión por el Sur, el Este y el Oeste, obligarán nuevamente a buscar el apoyo o contrapeso al norte de la Cordillera, pero para este momento ya habían sido desalojados los ingleses de Gascuña, realizando el papel director las dinastías gasconas de Foix y Labrit (Albret) que posibilitarán el mantenimiento de la independencia durante casi dos siglos de 1460 a 1620.

La realidad política de la existencia  del Estado nacional navarro, está suficientemente acreditada y cuyos residuos se hallan en los restos de la llamada foralidad actual.

 

7.- Las conquistas

El origen del conflicto político hoy en día existente se halla en las conquistas, que en definitiva, España y Francia realizaron sobre Navarra. Las conquistas “manu militari” se hicieron contra un Estado europeo y moderno. De ninguna manera se trataba de la desaparición de un “reino medieval”, “reino hispano” o de un “mero cambio de dinastias”. Aparte de que el Estado y la sociedad navarra se hallaban plenamente asentadas en la Edad Moderna europea, cultural, social, económica y políticamente.

La periodización histórica, comunmente consagrada, establece la caída de Constantinopla en 1453, en manos de los turcos, o la invención de la imprenta en 1.460, como el fin de la Edad Media y el comienzo de la Edad Moderna; para los franceses la boda de Ana de Bretaña con Carlos VIII de Francia en 1491; pero algunos lo retrasen hasta 1492 con la conquista de Granada y el llamado descubrimiento de América. Sin embargo la conquista del Estado navarro se culmina en 1620, es decir, 170 años después de la toma de Constantinopla, y 130 años después de la conquista de Granada y de la llegada a América de los españoles. La conquista del Estado navarro se produjo pues en plena Edad Moderna.

Fue precisamente este hecho, que el Estado navarro fuese un Estado moderno con una sociedad consciente de sí misma, unas instituciones sólidas y un Derecho propio, lo que obligó a los conquistadores a tener que soportar la existencia de un sistema jurídico, político y social, más avanzado y desarrollado que el suyo propio. De ahí el funcionamiento todavía en nuestros días de residuos institucionales (Fueros) pertenecientes al Estado navarro: hacienda pública, derecho civil, administración local, etc., que no son creación, delegación o transferencia del Estado español.

Y esto ocurrió no porque les faltara voluntad y medios para hacer desaparecer todo vestigio de soberanía política, como hicieron en la Corona de Aragón, América y Filipinas, sino porque los costes económicos y militares de tal eliminación eran insoportables para ellos. Como consecuencia optaron por la estrategia de simular el respeto de la legalidad navarra y de sus instituciones, viéndose obligados a conformarse con el dominio político y militar, no sin permanentes exigencias de integración absoluta.

Sobre la ilegitimidad de la conquista de Navarra está la opinión de Thomas Höbbes que en el “Leviatán” de 1640 considera como nula la injustificada transmisión de Navarra. A partir de la conquista “no existe la posibilidad de un desarrollo espontáneo ni natural. Es una colonización en toda regla”, en palabras de la historiadora Mª Puy Huici.

 

8.- Nacionalicidio y minorización. El engaño del pacto político

Uno de los síntomas del nacionalicidio es la amnesia de la propia historia. Navarra es víctima de dos grandes procesos simultáneos: uno de nacionalicidio y otro de lingüicidio. Al ser privada de las integradoras y pluralistas instituciones de su sistema jurídico nacional, suplantando su estatalidad y al mismo tiempo sustituirle sus lenguas, el euskera, mediante su desvalorización forzada, prohibiciones y castigos, y el romance navarro-aragonés-riojano sustituido por el castellano. Todo ello con el objetivo premeditado de dividirla y englobarla en las naciones española y francesa.

El mito del pacto político y su reutilización puede llegar a concebir que, como consecuencia del supuesto Contrato, las partes, es decir, la nación dominante y la dominada, compartan la soberanía.

La gran nación ocupante, al objeto de adormecer a los conquistados por la fuerza de las armas, trata de hacerles creer que lo que han firmado no es una capitulación sino un pacto, o tratado, aunque sea desigual, por el que pueden seguir viviendo como cuando eran independientes, e incluso mejor, gracias a la protección y a las posibilidades de futuro del proyecto común de la gran nación en la que han tenido la dicha de entrar a formar parte.

La nación ocupada, por su parte, se aferra al documento firmado como mal menor. Pronto acabará llamando “pacto” a la capitulación fruto del armisticio, llegando a defender con ahínco que en realidad fue un pacto entre iguales, libre y conscientemente suscrito, que obliga a ambas partes y que ninguna de ellas puede incumplirlo unilateralmente. De ahí surgen mitos como “la voluntaria entrega”, “los estados vascos” o “los derechos históricos”.

 

9.- Constitucionalización. Soberanismo y recuperación de la estatalidad

El principio constitucional que afirma la preeminencia de la ley sobre quien detenta el poder tiene una larga historia en Navarra. Así como la constitucionalización del sistema jurídico que superpone los derechos subjetivos, tanto individuales como colectivos, al Poder. En la época contemporánea eran dos los motivos, que fundamentalmente, los constitucionalistas navarros tenían para proclamar su propia constitución, por un lado la necesidad interna del sistema jurídico propio de actualizarse y, dos, de fuera, la presión de los llamados constitucionalistas gran-nacionales de España y Francia.

El del año 1.838 es un Proyecto de Bases redactado por la dirección de los carlistas navarros, mientras el ejército carlista de Navarra llevaba seis años enfrentado al ejército de España, que básicamente propone la actualización institucional al derecho constitucional comparado de la época, quedando la relación con España únicamente a través del monarca, a la manera de la monarquía Austro-Húngara.

En el año 1.839, el máximo responsable jurídico institucional de las garantías constitucionales de Navarra, el Síndico de las Cortes de Navarra, Angel Sagaseta de Ilurdoz, publicó los “Fueros Fundamentales del Reino de Navarra”, una recopilación de las normas constitucionales, con el objeto de que fuera reconocido el constitucionalismo de Navarra. Lo que evidentemente no se hizo a través de las Leyes españolas de 1.839 y 1.841 de abolición y suplantación de los Fueros.

En el año 1.866 la Diputación de Navarra, asesorada por euskaros (Iturralde, Obanos…), propone formar una unidad de servicios públicos y fiscalidad con las  provincias de la Navarra occidental, o marítima. Iniciativa que no consigue el apoyo de sus destinatarios de las Diputaciones de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa.

En el año 1.883 el Partido Federal de Navarra, liberal progresista, presidido por Serafín Olave, aprobó unas Bases constitucionales del Estado navarro, que contemplan la reunificación de Navarra.

En el año 1.940, en plena segunda guerra mundial, el Consejo Nacional Vasco desde Londres, presidido por Manuel Irujo Ollo, redacta un Anteproyecto de Constitución para toda la Navarra peninsular, incluyendo la Navarra marítima y la autodeterminación de los territorios navarros de Aragón, Moncayo, Rioja Bureba y la Montaña.

El proceso de recuperación de la soberanía, no se puede confundir con la inanidad autonómica. Son antitéticos. El soberanismo rompe con la legitimidad del Estado extranjero dominante y en práxis soberanista, intrínsecamente democrática, ejerce y recupera la estatalidad propia. En cambio el autonomismo no cuestiona la ilegitimidad de la centralidad y la territorialidad del Estado gran-nacional ocupante.

Los derechos sociales, económicos, culturales y políticos de los navarros no se hallan garantizados por las frívolas soluciones autonomistas, únicamente con la soberanía pueden ser suficientemente ejercidos y tutelados. Soberanía, tanto individual de cada uno de los ciudadanos como colectiva del conjunto de la sociedad, cuya garantía se halla en la Constitución del propio Estado navarro.

 

10.-  Mirada diacrónica a las relaciones entre navarros y catalanes.

Un artículo para L´Avenç me obliga, aunque sea de forma breve, a tratar sobre los importantes lazos, en lo referente a la historia política, que han existido entre lo que ahora es Cataluña y la Navarra entera.

En las epigrafías romanas halladas en Taragona se encuentran testimonios de la presencia, al más alto nivel político, de vascones en el foro provincial de la Tarraconense. Lo que es un indicio, como ya expongo de forma extensa en el libro sobre “El Estado navarro”, de dos cosas, la no superficial romanización de los vascones y su total implicación en la política romana. Las ciudades vasconas de Pompaelo, Calagurris y Cara, entre otras, resaltan por la presencia destacada de sus hombres y mujeres. Así fueron elegidos “flamen” por la Asamblea Provincial de la Tarraconense: Cneus Pompeius Pompaelonensis, miembro de la burguesia pamplonesa, C. Sempronius Fido que era de Calagurris (Calahorra) y T. Porcius Verrinus vecino de Cara (Santacara).

La federación política era la trama constitutiva del Estado romano, ver  Otfried Höffe en su “Derecho intercultural” (Gedisa, 2000) como lo demuestra Jean-Michel Carrié en el libro titulado “L´empire romain en mutation: des Severs a Constantin, (192-337)” (Points-Histoire, Seuil-1999). En relación con esta participación política se halla  la permanencia de la ciudad, la difusión de su sistema de valores hasta en el campo y la culminación de un Imperio universal  respetuoso de los particularismos, muy al contrario de lo que se había pensado hasta ahora.

Esta “federación” política que hemos visto en la época romana, se quiebra con la aparición en escena de los visigodos tras su traición al pacto de Faedus con el Emperador Honorio en el 418 y entrega en “hospitalitas” de la Aquitania Segunda, su  asentamiento en la Septimania, la creación del Reino de Tolosa, su repliegue a la Península tras su derrota, el año 507, en Vouillé y su enraizamiento en Barcelona. Mientras los vascones, como lo prueba la carta del mismo Emperador Honorio del año 408, dirigida a las milicias de Pamplona, inician un largo proceso de enfrentamientos militares con todos los pueblos bárbaros que sucesivamente vienen, Suevos, Vándalos, Alanos, Visigodos y Francos, enlazando con la llegada de los musulmanes. De ahí que, desde los territorios ocupados por dichos pueblos germanos una vez que han asentado su dominación étnica y jerárquica, comiencen a calificar despectivamente a todos los habitantes del área circumpirenaica -Novempopulania (Wasconia) y Pamplona (Vasconia)- que reiteradamente rechazan sus intentos de conquista y control.

A la llegada de los musulmanes en el 713, las dos áreas (Barcelona y Pamplona), que estamos comentando, continuaban en diferente y encontrado poder político: en el reino visigótico Barcelona y con su propio poder Vasconia-Pamplona. A este respecto, aquí es preciso salir al paso de las infundadas afirmaciones de algunos historiadores españoles que, en contra de lo que atestiguan las fuentes documentales y arqueológicas, se empeñan en sostener la presencia visigoda en Pamplona o Vasconia durante los siglos de la Antigüedad tardía VI, VII y VIII.

En la expulsión del poder musulmán de Perpiñán, Gerona y Barcelona intervienen los carolingios con los vascones, llamados por los cristianos mozárabes de dichas ciudades.

Es de la misma estructura de poder político militar que durante los siglos VI, VII y VIII mantuvo independiente a Vasconia, con respecto a visigodos y francos, que surge, en un proceso largo y natural de evolución política, el Reino de Pamplona. A lo largo de los siglos IX, X y XI se va recomponiendo el poder vascón, tras las presiones carolingias y musulmanas, en toda la cordillera pirenaica y recuperando sus tierras bajas.

 

11.- El Conde de Barcelona Ramón Berenguer IV y la división del Reino de Pamplona.

El territorio político del Reino de Pamplona llega desde el monasterio de Cudeyo junto a la actual ciudad de Santander hasta Andorra y el Pallars, haciendo coincidir la comunidad cultural vascona, véase Corominas, con la sociedad política del reino de Pamplona. Dicha territorialidad se mantiene hasta el año de 1134 en la que se produce la muerte de Alfonso I el Batallador en Fraga.

La génesis y el desarrollo de lo que se acabará llamando la Corona de Aragón tiene una enorme relación con Navarra. La guerra civil en el Estado pirenaico, que se desencadena a la citada muerte de Alfonso I el Batallador, será instigada y alentada por Alfonso VII de Castilla y su vasallo el Conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, de la que ambos  obtendrán  pingües beneficios. Ni Ramiro II “el Monje” ni Garcia Ramirez “el Restaurador” lograrán, a pesar de sus coincidentes deseos, mantener la unidad del Reino pirenaico -que no dividieron Alfonso I el Batallador en 1.134, ni Sancho III el Mayor en 1034-. En el llamado Pacto de Vadoluengo (1135) suscrito por ambos pretendientes a la Corona pirenaica se buscaba el aseguramiento de la unidad, para ello se establecían las reglas por las que Ramiro II era Rey de todo el pueblo como “padre” y García Ramirez era “hijo del rey” y jefe del ejército, siendo sucesor del “Reino unido” a la muerte de Ramiro II, lo que era acorde con el derecho sucesorio pirenaico.

Sin embargo, debido a las injerencias del rey de Castilla y del Conde de Barcelona entre 1.134 y 1.150, la ocupación por Alfonso VII de entre otros territorios de La Rioja y del Reino de Zaragoza, episodios como la desaparición de siete tenentes partidarios de García Ramírez el Restaurador, que eran: en Huesca, Mequinenza y Alfajarín, Fortún Galindez; en Ayerbe, Martín Galindez; en Ejea, Luna y Ainsa, Bertrán; en Monzón y Pomar de Cinca, Miguel de Azlor; en Perarrúa, Miguel Aznarez de Rada; en Napal (Naval) y Castro, Eneko Lopiz; en Loarre, Cecodin de Arrosta (Ruesta), asesinatos políticos que siglo y medio más tarde se desdibujaron y cambiaron de sentido en la leyenda de “La Campana de Huesca”, manipulándolos como un ajuste de disciplina feudal y no como lo

El exilio de Ramiro II en Besalou, bajo la protección del Conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV. El matrimonio del obispo de Barbastro, Ramiro II,  autoproclamado rey, con Inés. El matrimonio de Ramón Berenguer IV de veintiseis años con Petronila de cinco meses de edad, hija de Ramiro II. La reanudación de la guerra civil con la intervención directa de Ramón Berenguer IV al mando de sus tropas y del castellano Alfonso VII de las suyas.

Al final convierten lo que había comenzado como una guerra civil, por la intervención de Castilla y Barcelona, en la división del Reino, en dos reinos, el de Pamplona y el de Aragón como consecuencia del Tratado de Carrión de los Condes entre Alfonso VII de Castilla y Ramón Berenguer IV de Barcelona.

Los intereses comunes frente a Castilla en el siglo XV, o la dinastía Trastamara de Juan y Fernando, acercaron a navarros y catalanes en la persona del Príncipe de Viana, Carlos.

A partir de 1876, Juan Iturralde y Suit, Arturo Campión y Hermilio de Oloriz, de la “Asociación Euskara de Navarra”, establecieron intensas relaciones con el movimiento  catalanista. El hermanamiento entre las dos naciones se fortalece en el infortunio de la guerra de 1.936, así . Barcelona acoge al gobierno autónomo de la Navarra occidental    -vascongadas- hasta el final de la guerra.

12.- Ahora le toca a la Europa occidental y a los Estados de “la Tarraconense”.

El profesor inglés Adrian Hastings en su reciente libro titulado “La Construcción de las Nacionalidades” recuerda como en la Europa occidental existen naciones adormecidas que pueden despertar, cita los casos de Navarra y Escocia, como ya lo han hecho todas las de Europa Central y del Este. De la misma manera todos los Estados europeos occidentales que se hallan hibernados, tienen su imprescriptible derecho, a recuperarse, librándose de las humillaciones, vejaciones, nacionalicidios, lingüicidios y marginaciones de que son víctimas, y a que rehabilitados se respete su puesto en el tablero de ajedrez europeo del que fueron echados por la violencia de las armas, las cuales se siguen empleando como disuasión en la dominación que padecen, que ciertamente es de imposible legitimación democrática.

En la época del Imperio romano tenemos el siguiente precedente, según Sayas Abengoechea: el vascón “Caius Cornelius Valens” de Pompaelo, esposo de la flaminica “Sempronia Placida”, fue nombrado por la Asamblea Provincial de Tarragona para encabezar una delegación provincial cuyo objeto era ir ante el Emperador, posiblemente Marco Aurelio, en “Simium”. Los “mauri” procedentes de Africa, habían invadido la Península. Lo que obligó a trasladar la legión “VII Gemina” a la Bética y a colocar ambas provincias, la Citerior y la Ulterior, bajo un mando único. Una vez pasado el peligro moro, los miembros de la Asamblea Provincial Tarraconense quisieron volver al estado anterior de Provincia romana vinculada directamente con Roma, separada de la Bética, y acordaron hacer un censo y enviar una “legatio censualis” ante el Emperador, la Asamblea puso encabezando la delegación al pamplonés “Caius Cornelius Valens” quién la llevó a feliz término, obteniendo el reconocimiento de la Provincia Tarraconense.

Dicho ejemplo clásico, nos alecciona sobre las grandes posibilidades políticas, sociales, económicas y culturales, que tiene la colaboración entre las naciones que comparten la gran Cuenca del Ebro y la Cordillera Pirenaica en ambas vertientes. No olvidemos que el precedente más directo de la Unión Europea está en aquella federación de la Europa romana.

 

Tomás Urzainqui Mina