Sin soberanía no hay derechos

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Lo que está ocurriendo con el brutal cierre de varios medios de comunicación en euskera no se trata tanto de un nuevo ataque a las libertades y de conculcación de derechos, que sí que por supuesto lo son, como de algo mucho más profundo y básico, la cruda constatación de la falta de soberanía.

Aquí nos hallamos ante el ejemplo más acabado de una sociedad sin soberanía. Sin soberanía no hay democracia y sin soberanía tampoco propiamente una sociedad, o lo que es igual  que aún existiendo, ésta no es reconocida, es negada y ocultada. Ese es el verdadero problema y no otro.

No nos dejemos marear entre los alegatos de los carceleros malos y de los carceleros  buenos. Quienes insisten en aceptar la fractura, ocultamiento, negación y partición social, son los dominadores. Ayudados a veces por nuestros acomplejados colaboracionistas, que hablan de una supuesta sociedad partida y enfrentada. No es una sociedad cerrada, dividida, sin libertades, si no fundamentalmente una sociedad sin soberanía.

La falta de soberanía se evidencia en la incapacidad para normar, para decidir sobre cualquiera  de los aspectos que hacen referencia a la propia sociedad, como  la imposibilidad real de decidir en materias lingüísticas, educativas, mediáticas, culturales, económicas, sociales o políticas.

Los profesores Iñigo Bullain y Juan Luis Crucelegui desde su análisis técnico-jurídico han prevenido sobre la imposibilidad de ejercer las competencias económicas, administrativas y fiscales de la C.A.V. y de la C.F.N, sin estar presentes como Estado, recuperado, en la UE lo que cierra definitivamente el último argumento de los estatutistas.

Ya Ferdinand Tönnies distinguía entre la comunidad cultural y la sociedad política. Nuestra sociedad política nacional es evidentemente negada por el Estado español, pero a pesar de ello es una realidad, existe, aunque más o menos anestesiada. Es esta sociedad la que padece directamente las agresiones desde la sociedad dominante y su aparato estatal, cuyos efectos los padecemos de continuo, en un permanente estado de excepcionalidad pintado de supuesta normalidad, solo sobresaltado por renovadas agresiones como el cierre de medios de comunicación periódica: ilegalidad de Euskalherria Irratia en Iruña, cierres de Egin, Egin Irratia, Ardi Beltza, Egunkaria, Argia, Jakin…

La soberanía como la vida, la salud o la libertad no pueden negociarse ni pactarse. Las sociedades europeas han dado muestras de estar atentas a la defensa de su soberanía, el plante de Alemania y Francia ha supuesto el ejercicio  de las soberanías nacionales europeas frente a la trágala que impone la administración Buch.

La sociedad española también padece la falta de su soberanía. Lo que se manifiesta desde la imposibilidad de desengancharse del carro  de la guerra de Buch, hasta todo lo que conlleva vivir en el sistema político del terdofranquismo prolongado y su renovado imaginario nacionalista y hegemonista. El turno bipartito que sustenta esos valores es una exigencia del régimen predemocrático que se impuso por medio de la legislación electoral vigente  en el Estado español.

Nuestra sociedad padece la propia privación de su soberanía por la imposición de las sociedades dominantes y sus Estados respectivos, el español y el francés, y además por añadidura las privaciones de soberanía que también padecen los ciudadanos de dichos Estados en mayor o menor medida.

En la limitación de la soberanía en las sociedades española y francesa, existe una causa de la máxima influencia cual es la necesidad de ejercer a través de sus respectivos Estados un permanente tutelaje y control sobre los individuos de las sociedades dominadas, léase navarro/vascos, catalanes, gallegos, corsos, bretones u occitanos.  Pero el corsé para imponer y dominar a otros también les afecta a los dominadores.

No solamente  niegan la soberanía los grupos nacionalistas de extrema derecha con su partido político el PP y sus medios  ABC o La Razón, sino que todo el sistema político vigente está estructurado y programado hasta el mínimo detalle para configurar y perpetuar el diseño autoritario. Así el llamado hoy en España constitucionalismo y sus constitucionalistas no son más que la ideología que sustenta un régimen predemocrático configurando un Estado de derecho no muy alejado del que tenía Franco en los años sesenta.

Esta sociedad mártir debe de hacer un dramático llamamiento a las demás sociedades soberanas de Europa. Pues como diría  Bertolt Brecht: primero les ocurrirán las desgracias a los vecinos, pero después nos sucederán a nosotros. Aviso para navegantes. Así como la sociedad europea está a punto de verse arrastrada a la guerra de Irak, si no consigue defender su soberanía imponiendo el  Stop a Buch-Blair-Aznar, también tendrá que verse reflejada como una auténtica premonición en lo que ahora está ocurriendo a esta sociedad directamente dominada por el régimen de Aznar.

 

Tomás Urzainqui Mina