El tumor “Los Caídos” metastiza Navarra.

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El tumor “Los Caídos” metastiza Navarra.

El cuerpo social navarro funcionó lo suficientemente sano, por unido, como para que ejerciera con éxito su derecho de defensa en la Gamazada de 1893-1894, hasta que, sin embargo, tres y cuatro décadas después, no lo pudiera conseguir debido a las dos operaciones sucesivas de violencia que padeció la sociedad de la Alta Navarra a manos de los militares españoles, una en 1926-1927, para imponerle manu militari el Convenio, que apretaba todavía más las argollas de su unilateral Ley desmanteladora de 1841, y después -con la participación imprescindible de los absolutistas, carlistas y falangistas- el genocidio civil desatado de 1936, donde se eliminó a 3.500 civiles, asesinados, y se aterrorizó de continuo al conjunto de la sociedad navarra, queriendo dividirla para siempre en vencedores y vencidos, de tal manera que aquí consiguieron privar a la sociedad hasta hoy en día de la capacidad de mantener la necesaria unidad de la ciudadanía navarra en la defensa de sus libertades, y derechos civiles y políticos, a pesar de que así lo proclama como principio libertador navarro el Monumento a los Fueros, levantado desde el año 1903 en Iruña, por suscripción popular y todavía no inaugurado.

La operación tumoral, planificada y ejecutada por los genocidas encumbrados en la Diputación, saqueando las arcas públicas mientras la población padecía graves deficiencias de todo orden, busca entronizar perpetuamente la fractura social entre los vencedores y los vencidos, negando hasta la realidad de la mera existencia de estos últimos, consistió en crear, dominando a la ciudad para que tuviera la máxima proyección y permanencia, el edificio cancerígeno, que llamaron “Los Caídos de Navarra en la Santa Cruzada por Dios y por España”, que pretende justificar la eliminación de la odiada por ellos Navarra libre, la que no les es adepta, y una vez adulterada consagrársela a perpetuidad a la mayor gloria de la criminal banda vencedora. De esta manera, a través de la continua metástasis social inducida desde el tumor de “Los Caídos”, consiguen neutralizar cualquier impulso navarro de unidad, igualdad y libertad, que ya se había logrado cuajar en ciertos momentos como la Gamazada, para poder defender los derechos y libertades, individuales y colectivas, de todas y todos. La secreta y verdadera motivación, que ahora tienen los escasos sustentadores de “Los Caídos”, para mantener erguida sobre los hogares ciudadanos la torpe sublimación de esa apología de los asesinos y de sus asesinatos, vencedores en el genocidio civil, es azuzar la polarización, la división de la sociedad navarra, de tal manera que sólo domine la parte que controlan ellos, los herederos de los venceđores, mientras que la real de la que forman parte los vencidos, no la dejan existir, siendo negada y ocultada.

El amenazante absolutismo encuentra ahora en este icono negacionista un apoyo eficaz para dividir a la sociedad navarra, al objeto de que no pueda reaccionar exitosamente frente a los abusos a que es sometida, configurando un escenario socialmente incompatible con la normalidad. Hoy la dicotomía en Navarra no es sólo entre democracia y su negación, sino sobre todo la de la defensa de la libertad frente a la sumisión impuesta, la dominación de los conquistadores y la subordinación de los conquistados, que perpetúa la suplantación institucional de Navarra, donde se impide el ejercicio entre otros de los tribunales de justicia propios navarros, lo que origina reiteradas situaciones como la de los jóvenes de Alsasua, encarcelados sin juicio bajo la falsa acusación de “terrorismo”, inexistente según los jueces navarros.

Resulta un lacerante sarcasmo, que los que hace poco fueron responsables de la protección del patrimonio navarro cuando éste sufrió gravísimos e irreparables daños, realizándolos a pesar del clamor ciudadano que exigía su salvación, ahora para defender lo indefendible aleguen un inexistente valor histórico, patrimonial o cultural del tumoral inmueble. Son los mismos que cuando estaba en sus manos negaron valor a monumentos que sí lo tenían, como el Palacio Real de Pamplona, el desmontado y sustracción con su beneplácito del adoquinado del casco histórico, la demolición de las termas romanas de la Plaza del Castillo, así como permitiendo el saqueo, expolio y la enajenación clandestina de los hallazgos en cualquier sitio, monumentos y yacimientos arqueológicos, sin el debido estudio de todos sus elementos, o el vaciado sin investigación del subsuelo de la Catedral y de otros elementos patrimoniales con excavadoras y camiones.

Los Derechos Humanos universales fueron pisoteados con saña por las potencias fascistas, derrotadas menos aquí en la última guerra mundial en todos los lugares, por lo que los tumores de aquellos horrores ya han sido extirpados en todas las ciudades del mundo, precisamente

para evitar su reproducción, debiendo por el contrario mostrarse a la ciudadanía y sobre todo a las nuevas generaciones la verdad de la extensísima memoria de la negación de la libertad, que es imprescindible conocer sobre todo en las sociedades sometidas y conquistadas, en cambio aquí todavía tenemos la acusadora excepción global la de “Los Caídos” en Pamplona-Iruña, o también el Museo Público absolutista-carlista en Estella, queriendo con ello sacralizar dos siglos de agresiones absolutistas a los pueblos del mundo y al navarro en particular. Que mayor barbara incongruencia que mantener, sobre la martirizada capital histórica de Vasconia y de Navarra entera, ese instrumento monstruoso de apología de la violencia liberticida y de la guerra genocida, a la vez que se elevan el cívico y patriótico monumento a la unión en la defensa de las libertades del Paseo de Sarasate, las plazas dedicadas a La Paz o a La Libertad, o el monumento a la independencia de Navarra en Amaiur. Se puede llegar a entender que se esté en un proceso de purificación, pero si se mantiene el tumor cancerígeno de “Los Caídos” es como si no se hiciera nada. No vaya a suceder que nuestra ciudad sea capital mundial de la Fiesta y a la vez la única que mantiene en su seno el altar a la gloria de los crímenes del fascismo.

Este brutal tumor, incrustado en el cuerpo social navarro, erigido buscando la permanente metástasis de aquel, para perpetuar la antihumana orgía desencadenada, liberticida y genocida, logrando así subrepticiamente imponer y alimentar la continua fractura, desigualdad, negación, olvido, sometimiento y polarización, por lo que no hay otra salida que la de terminar con esta situación, eliminándolo, demoliéndolo, desmontándolo y quitándolo, sin posibilidad de cualquier resignificación, ni reutilización del mismo, para que cuanto antes puedan volver a ser respetadas la igualdad, unidad, libertad, dignidad, pluralidad, legalidad y memoria, de la sociedad navarra.

Tomás Urzainqui Mina.