Patriotismo cívico, navarro y euskaldun

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Patriotismo cívico, navarro y euskaldun

Por Tomás Urzainqui Mina – Sábado, 22 de Octubre de 2011.

NAVARROS y euskaldunes del siglo XVI y XVII, como Etxepare, Leizarraga, Axular, Ohienart, Lazarraga, entre otros, fueron quienes pusieron en marcha la defensa del euskera. Así, la propia denominación de la comunidad euskaldun surge en los textos de los citados escritores en euskera, al tiempo que se sentían políticamente vinculados a la Navarra que continuaba independiente, utilizaban el nombre de Euskal Herria para abarcar al conjunto de los vascohablantes, aunque residieran fuera del territorio independiente navarro, en territorio navarro ya conquistado y ocupado por España o Francia. Buscaban así resaltar la existencia de la comunidad lingüística que, como consecuencia de las citadas conquistas, ya no estaba protegida por la nación política, Reino o Estado de Navarra.

Es muy significativo que, cuando las potencias anexionistas estaban terminando de subyugar a la nación política navarra, desde el propio seno de ésta se pusieran las bases de una resistencia aferrada a la defensa de los restos de la soberanía, a la vez que se hacía patente la existencia de la comunidad lingüística vasca como manifestación cultural de la sociedad política y nacional navarra. Hoy, la aparente preponderancia de la comunidad vasca sobre la sociedad política nacional navarra es consecuencia directa de la negación, minoración y subordinación de la nación política que es Navarra a causa de su conquista por España y Francia. Por lo tanto, el patriotismo cívico, navarro y euskaldun ejerce la lucha legítima por acabar con la conquista y sus secuelas, entre ellas la minorización del euskera.

El poeta Belzunce plasmó su interrogante sobre el sentimiento patriótico de los navarros, poco antes de la revolución francesa de 1789, en su verso “nafartarren arraza hil ala lo datza”. Pablo Mendibil, refiriéndose a la persecución al euskera en 1800 que padeció en el colegio de Pamplona, dijo “que mi lengua es la bascongada, y para obligarme a que la olvide como si fuera incompatible con aprender y saber la castellana, me condenan a recibir el maldito anillo si se me escapa una sola palabra…”. En plena guerra civil entre liberales y carlistas, el coronel pamplonés León Iriarte proclamó la independencia de Navarra durante un mes de 1837, tras hacerse con Pamplona. El profesor José Cruchaga Purroy, hablándome de lo que se les enseñaba a los jóvenes patriotas antes de 1936, me contó que se les decía que, “gora Euzkadi azkatuta” significaba “viva Navarra independiente”. Son ejemplos, surgidos en la edad contemporánea, que dan testimonio del patriotismo navarro y euskaldun, que todavía en la Navarra reducida, tras las consecuencias del genocidio de 1936 con tres mil doscientos civiles asesinados, no se ha recuperado del todo.

La perfecta simbiosis de la nación y la comunidad es la base de una sociedad democrática y soberana. Por ello, se deberían dar dos procesos simultáneos en esta misma sociedad, que son la nacionalización navarra de la comunidad Euskal Herria y la euskaldunización de la nación navarra. Privar de la condición de navarros a los vascos supone eliminarles el inmenso acervo estatal, nacional e internacional, quedando reducidos, en el mejor de los casos, a la situación de hablantes minorizados del euskera. No nos engañemos, los que defienden a la vez la libertad nacional y los derechos al euskara son quienes ejercen el legítimo patriotismo. Los euskalzales consecuentes son los patriotas-cívicos, navarros y euskaldunes. No se puede ser abertzale, si no se es al mismo tiempo patriota navarro. Están surgiendo de forma espontánea, y por todo el territorio de la Navarra completa iniciativas sociales y culturales, que reivindican a Navarra como el sujeto político nacional. Esto se debe a la ineludible necesidad social de volver a tener el Estado y nación propios, que garanticen los derechos y la libertad de todos.

El abertzalismo nacido hace cien años ha creído, en alguna medida, que la nación había surgido con la fundación por Sabino Arana del partido nacionalista en 1895, sin tener en cuenta suficientemente la preexistencia del patriotismo navarro, que llevaba nueve siglos defendiendo la patria, la nación y el Estado de Navarra contra la invasión, la conquista y la ocupación española y francesa. En este olvido es donde se confunde el hecho del descubrimiento por Sabino de la nacionalidad y la creación de la misma. Sabino en 1894, a raíz de la Gamazada, dijo que le hubiera gustado trasladar a Bizkaia la unidad del patriotismo navarro, pero la realidad es que él no lo llegó a hacer. Sin embargo, esta importante carencia sobre la comprensión del conjunto del hecho nacional pronto la pusieron en evidencia otros, como Anacleto Ortueta Azkuenaga, uno de los fundadores de ANV, y José Antonio Agirre Lekube, primer lehendakari del gobierno autonómico vasco, que echaron expresamente en falta el reconocimiento del sujeto político de la unidad nacional que es Navarra.

El patriotismo cívico, navarro y euskaldun defiende a la sociedad política, que es Navarra y a su comunidad lingüística vasca, Euskal Herria, que forma parte de la misma nación y estado. El concepto de patriotismo en su sentido primigenio tiene hoy absoluta vigencia. En la actualidad se justifica plenamente un patriotismo cívico defensivo ante el embate global, tanto de la especulación financiera como del renovado expansionismo de los Estados grannacionales, mutuos causantes y responsables del desastre anunciado. El patriotismo quiere el fin de la conquista y de la ocupación, realidades objetivas que tienen menos que ver con las esencias de la identidad y más con lo sustancial y necesario de la libertad, la independencia y los derechos humanos. El patriotismo cívico es el verdadero motor social que conforma y vitaliza el sujeto político diferenciado. El patriotismo navarro se activó desde el inicio de las conquistas y no ha cesado nunca de existir en la larga lucha por la supervivencia individual y colectiva. El sujeto político es la sociedad y sus ciudadanos, que en mayor o menor grado padecen los efectos continuados de la conquista, así directamente la negación de sus derechos individuales y colectivos, entre ellos el derecho efectivo al euskera. El sujeto político por antonomasia, efectivamente, es la nación hoy conquistada y subordinada que es Navarra.